11
Todavía no has salido de la otra habitación, la que no he visto por dentro.
He llevado a Stanley en su silla de vuelta a tu despacho principal —el salón con decoración anacrónica— y lo he dejado al lado del sofá.
Me siento, pero estoy tan llena de energía nerviosa que al cabo de tres segundos vuelvo a estar de pie, andando de un lado a otro, respirando, tratando de controlar mi tembleque.
Mi primer impulso es llamar a Leah. Qué triste, ¿no?
Aunque hace dos años que cortó todo contacto conmigo, me saco el teléfono del bolsillo y empiezo a buscarla en mi lista de contactos hasta que de pronto me acuerdo, y el dolor implacable por nuestro distanciamiento se me clava de nuevo en el pecho como un puñal.
Stanley se ha quedado dormido de nuevo y está roncando.
Dios, cómo odio sus ronquidos. Detesto ese sonido sordo y arrítmico que ni siquiera me proporciona el alivio de una cadencia constante cuando intento dormir; detesto la manera tan repentina como innecesaria en que a veces sube de volumen sin motivo aparente, como si le costara respirar; detesto lo mucho que lo echo de menos cuando estoy sola en la cama por la noche.
Detesto la sensación de soledad que me provoca su ausencia.
¿Sigues planeando «fugarte», sacar a Stanley del Instituto?
Joder si lo sigo planeando. Lo que le has hecho, lo que le hemos hecho o, para ser más exactos, lo que me has obligado a hacerle en esa silla, me ha dejado acojonada.
Tú accediste a hacerlo. No te obligué en ningún momento, según tu versión de lo ocurrido. Te fuiste conmigo por decisión propia.
¿Lo ves? Dices que fue decisión mía, pero en realidad no tenía elección, ¿o sí?
Te presentaste de repente y me tiraste de cabeza a lo más hondo de la piscina —perdón por la metáfora—, y eres el único que tiene respuestas.
Tomo conciencia de una cosa mientras camino de aquí para allá por tu despacho: me doy cuenta de que si te he seguido el juego ha sido solo porque controlas toda la información.
No me queda más remedio que confiar en ti, porque sin tu ayuda no soy más que un pececito nadando en medio de un gigantesco océano vacío.
Si me aparto de ti, me ahogaré y, lo que es peor, arrastraré a Stanley conmigo.
Pero ya no. Después de esa inmersión en sus recuerdos, tengo el nombre —Toby Hauata— y las señas de una persona que podrá darme una versión distinta de toda la historia. Estoy hecha toda una detective. Ahora solo me falta encontrar la manera de llevarme a Stanley lejos de ti.
¿Y no se te ocurre pedírmelo simplemente?
Pues claro. La idea se me pasa por la cabeza. Yo te lo pido con amabilidad y tú dejas que Stanley y yo nos marchemos caminando hacia el ocaso, y te olvidas para siempre de nosotros. Venga ya. No vamos a fingir que tú o yo nos hemos creído eso ni por un momento.
Compruebo tres veces que tengo la dirección, pues una parte de mí teme que desaparezca sin más. Antes no me esperaba que pasaran cosas así, pero últimamente he tenido que modificar mi lista de cosas que no pasan.
Gosforth Way, 262, Kingsbury.
Esa zona no está muy cerca de aquí; a un par de condados de distancia, pero Inglaterra no es tan grande.
Me pregunto si podría pedir un Uber para que me llevara hasta ahí, si encontraría a alguien dispuesto a conducir durante tres o cuatro horas.
Supongo que sí. Se sacaría un buen dinero.
El problema es que no tengo cobertura desde que hemos entrado en el primer ascensor.
Me preocupa sentirme tan perdida sin ella.
Cuando por fin sales de la habitación contigua, luces una sonrisa, pero me doy cuenta de que la estás forzando.
¿Y eso por qué?
Es una sonrisa amable. No destila misterio, picardía o superioridad por poseer información que yo desconozco. No hay subtexto detrás. Por eso sé que no es una sonrisa auténtica. Algo va mal, pero estás poniendo buena cara por mí.
Sonrío a mi vez, fingiendo que no me doy cuenta.
—Hassan, Stan necesita tomar el aire. Mientras estabas ahí dentro le ha dado un pequeño ataque de asfixia.
—Das un paso al frente, preocupado—. Bueno, no hay por qué alarmarse.
Es algo que le pasa desde la madurez. Achaques de la edad.
Los médicos dicen que lo mejor es llevarlo al exterior.
Cuando respira aire reciclado durante demasiado tiempo, se le resienten los pulmones.
No hace falta que esté fuera mucho rato, con unos veinte minutos bastará.
Bajo la vista hacia él adoptando una expresión compasiva. No me gusta usarlo de pretexto, pero no veo otra solución.
—Claro —dices. Antes de que yo pueda protestar, empiezas a guiar la silla de Stanley hacia delante. Mientras os sigo, advierto que sujetas las empuñaduras con un agarre fuerte, casi posesivo.
Lo llevas a un ascensor distinto de aquel en el que hemos bajado. Este tiene una gamma — γ — encima de la puerta, pero por dentro su aspecto es idéntico. La letra es la única diferencia.
«Está usted en el ascensor γ , que conduce hacia arriba y el exterior. Si acaba usted en cualquier lugar que no sea la planta baja, avise de inmediato a un miembro del personal. El Instituto Lazarus valora su seguridad y la integridad de sus instalaciones.»
Nos quedamos callados durante el trayecto en ascensor.
No decimos nada. Y, aunque ya hemos mantenido silencios largos antes —en el coche, por ejemplo—, este está cargado de pensamientos no expresados, de preguntas sin formular.
Sé que me ocultas cosas, pero también sé que interrogarte al respecto no serviría de nada.
Por otro lado, no me cabe duda de que sabes que yo también te oculto cosas a ti.
A lo mejor estoy paranoica, pero me preocupa que, si pasamos demasiado rato en este espacio reducido, la mera presión de las sospechas lo haga estallar.
Las puertas se abren, y volvemos a estar en la superficie.
La luz —auténtica luz del sol— entra a raudales por las ventanas, lo que me tranquiliza de inmediato.
Aunque a lo largo de mi vida he visto cómo las construcciones artificiales han ido arrebatando terreno a la naturaleza, al menos nadie ha sido capaz de tocar la luz solar.
Todo intento de reproducirla se queda muy corto.
Tras salir del ascensor y avanzar un par de metros empujando la silla de Stanley, te detienes.
—¿El aparcamiento está bien?
Jugueteo con los dedos.
—Lo ideal sería salir a la calle. Le gusta mirar los coches. Eso lo relaja.
—Está dormido.
—Tiene usted unas dotes de observación extraordinarias, señor Blake —digo—. Pero resulta que se despierta de vez en cuando.
Por unos instantes espero que sueltes una carcajada, solo para aliviar la tensión, pero eso no sucede. Me dedicas esa enervante sonrisa vacía y lo llevas hacia la derecha. Se me ocurre que a lo mejor ni siquiera sabes quién es Sexton Blake.
Sé quién es Sexton Blake.
Ah, sí. Solo estás borde. Llevo ochenta y tres años en este planeta, Hassan. Lo mínimo que podrías hacer es seguirle la corriente a una anciana.
¿Adónde llevo a Stanley?
Salimos a través de unas puertas cristaleras a un pequeño jardín situado a un lado del edificio.
Está vallado, pero cerca de la calle. Fingiendo que estiro las piernas, doy una vuelta en busca de una salida.
Hay una verja al fondo, pero tengo que acercarme para comprobar si tiene cerradura o no.
Me imagino a Stanley y a mí lanzándonos a la fuga al estilo Bonnie y Clyde, para ver nuestro intento frustrado por una cerca de jardín.
Respiro varias veces, y el olor del césped recién cortado me inunda la nariz.
Al pasar junto a la verja, advierto que está entornada. No tiene cerradura. Podría abrirla de un empujón, y en un santiamén estaríamos en la calle.
Cuando regreso junto a Stanley, me lo encuentro descansando al sol, con los ojos aún cerrados. Tú estás detrás, asiendo todavía con fuerza las empuñaduras de su silla.
—Hassan —digo—, tengo que ir al aseo de señoras.
—Pasaremos por uno cuando volvamos a entrar.
Te sonrío con languidez.
—Me parece que no lo entiendes. Perdona, esto es un poco embarazoso, pero a mi edad... digamos que no podemos permitirnos el lujo de la paciencia.
Te vuelves ligeramente para mirar al interior del edificio.
—Si regresas por el pasillo por el que hemos venido, pasas por delante de los ascensores y doblas a la izquierda, encontrarás...
—¡Huy, no me voy a acordar de todo eso! ¿De verdad vas a dejar que una pobre vieja se ponga a deambular sola por ahí dentro y se pierda?
Arrugas el entrecejo.
—Está bien. Podemos volver a salir una vez que...
Y, justo en ese momento, como si supiera exactamente lo que estoy haciendo, Stanley suelta uno de sus espantosos ronquidos.
Antes se le escapaban dos o tres cada noche, y yo despertaba sobresaltada a causa de aquellos estertores vibrantes que sonaban como si sus pulmones estuvieran a punto de colapsar.
Huelga decir que se encuentra perfectamente.
Me abalanzo hacia él.
—¡Ay, Stan! —exclamo, llevándole las manos a la cara—. Hassan, no puede entrar, le está dando otro ataque de asfixia. Necesita aire fresco, al menos durante unos veinte minutos más.
—Has dicho que no podías esperar.
—Y la verdad es que no puedo. Sé que es una pesadilla para ti verte atrapado entre las indisposiciones geriátricas de dos carcamales.
Oye, yo ya estoy acostumbrada a lidiar con esto.
Dejemos a Stan aquí, en el jardín. No le pasará nada.
Que disfrute un poco del sol. Acompáñame al baño y, cuando me guíes de vuelta aquí, volveremos a llevarlo dentro.
Te quedas cavilando un momento, pero no quiero darte tiempo a pensar.
—¡Por dios santo, Hassan! ¿Quieres que me lo haga encima?
—¡Vale, vale! —Alzas las manos, dándote por vencido. Levantas el pie para accionar los frenos de la silla de Stanley—. Acabemos con esto de una vez.