10. Stanley 1959 #3
—¿Cómo casa eso con el hecho de que las personas guarden recuerdos distintos de un mismo suceso? —inquirió Stanley.
—Ninguna ley física excluye la posibilidad de que existan múltiples dimensiones o, si lo prefieres, múltiples líneas temporales, que se ven afectadas por la observación del pasado. De hecho, el concepto del multiverso goza cada vez de más aceptación.
Stanley asumió de nuevo una expresión seria, de concentración.
—Continúa.
—¿Y si al acceder a esos recuerdos y alterarlos pudiéramos cambiar literalmente el pasado?
Raph se dirigió hacia la puerta de uno de los cuartos de almacenamiento situados al fondo del laboratorio de Jacques, e introdujo una secuencia en el teclado numérico. Se encendió una luz roja al tiempo que sonaba un zumbido.
—Es un espacio privado —dijo Jacques.
Raph suspiró.
—Justo por eso pedí a los de seguridad que programaran una clave de invalidación en todas estas cerraduras. —Pulsó las teclas de nuevo, pero en un orden distinto, y parpadeó un destello verde.
Al tirar de la puerta, Raph reveló no un armario de almacenaje sino lo que parecía una habitación de hospital.
En la cama yacía un hombre esquelético, con los ojos cerrados y el pecho desnudo pálido y descarnado.
Del brazo le sobresalían sinuosos cables y vías intravenosas, pero él no movía un músculo. Parecía muerto.
Raph giró en redondo, apuntando con un dedo furioso.
—¿Quién coño es?
—Ah... —respondió Jacques—. Pues vendría a ser uno de los sujetos de los que hablaba.
—Pero si has dicho que... —Raph se abalanzó hacia el hombre y le puso la mano en el cuello para comprobar si tenía pulso—. Dios santo, Jacques, acabas de prometerlo.
Jacques se encogió de hombros.
—¡Vaya!
—Lo sabía. Si es que lo sabía, joder. Siempre haces lo mismo. No tienes el más mínimo respeto por los demás...
—¿Está vivo? —lo cortó Stanley.
Jacques se llevó la mano a la cabeza en un gesto dramático.
—¿Cómo no va a estar vivo, idiota? ¿Por quién me tomas? Además, se ofreció voluntario, a cambio de una suma nada despreciable. Simplemente está en coma inducido por fármacos, algo indispensable para...
—¿Lo has puesto en un puto coma? —gritó Raph, girándose con brusquedad hacia él—. No es el único, ¿verdad? Llevas todo este tiempo experimentando con personas. Tendría que haberlo imaginado. Después de tantos años, tendría que haberlo imaginado.
Jacques soltó un suspiro de exasperación, como si Raph fuera un niño que no paraba de hablar.
—Bueno, ¿y qué esperabas? ¿De verdad crees que vas a resolver esto observando roedores? Qué pedestre.
—Eso es una tontería. Siempre se empieza por algo. Sin ir más lejos, el progreso que hemos realizado hoy mismo en el laberinto...
Jacques prorrumpió en carcajadas.
—Raph, yo conseguí que una rata completara ese laberinto hace semanas.
—¡¿Qué?! —Stanley irguió la cabeza de golpe y caminó hacia Jacques—. ¿Cómo?
—Probando vuestros fármacos en cerebros más complejos, en personas con las que podía hablar para recoger datos que me permitieran introducir los cambios oportunos.
¿Me preguntas cómo lo logré? Pues con personas como él.
—Jacques señaló al comatoso—. Te llevo ventaja porque estoy dispuesto a dar los pasos necesarios, y tú no.
—Pero ¿qué dices?
—¿Crees que Waldman te eligió porque eras...
, qué, el más inteligente? ¡Por favor! Eres como un cachorrito perdido.
Te utilizó, Stan, porque eras como un peón que se conforma con que le den órdenes y le indiquen lo que debe hacer en vez de tomar la iniciativa.
Y aquí estamos, empezando de cero porque solo tenías una idea muy vaga de en qué estaba trabajando realmente.
—Eso no es cierto. Confiaba en mí. Me lo contaba todo.
Jacques se inclinó hacia Stanley, a quien le sacaba una cabeza, con una serenidad absoluta en el semblante. Se sostuvieron la mirada, a solo unos centímetros el uno del otro.
—Stan, la única razón por la que ahora tenemos que hacer todo este trabajo es porque claramente él no confiaba en ti, al menos no lo suficiente para revelarte su objetivo de verdad.
No se trataba solo de conseguir una memoria perfecta; eso era solo una cortina de humo.
Había algo más detrás; siempre lo hay. Tú no eras más que un instrumento en sus manos.
No cometas el error de creer que tu colaboración con él iba más allá.
La tensión crepitaba en el aire entre ellos. No se oía sonido alguno. En torno a Stanley y Jacques no había espacio, ni un sillón de dentista, ni un techo; solo la intensidad de su mirada, que eclipsaba todo lo demás.
A Stanley le entraron ganas de pegarle otro puñetazo en la cara a Jacques.
Un hormigueo en los dedos se lo pedía a gritos, pero, al mismo tiempo, las palabras del otro le resonaban en los oídos.
«Te das por vencido demasiado fácilmente.
» ¿Era eso lo que había hecho? ¿Habían conseguido tan pocos avances porque él se había condenado al fracaso desde el principio?
Había habido una época en que habría hecho lo que fuera con tal de llegar al fondo de aquello, pero ahí estaba Jacques, dispuesto a traspasar límites que él jamás se habría planteado rebasar.
Quizá su compañero tenía razón, quizá todo lo que había hecho hasta ese momento —respecto al proyecto, a Waldman y a sí mismo— se había quedado corto.
—¿Por qué nos has hecho venir? —preguntó Stanley al fin, con la voz trémula por el esfuerzo de controlarse.
—El árbol que cae en el bosque, Stan. Quería hacer esto solo, demostrar que podía, pero todo ha cambiado. Ya no me es posible. —Apuntó con el dedo a la figura tendida en la cama—. La última vez que ese hombre...
—¿Cómo se llama? —lo interrumpió Raph—. El hombre al que has inducido un coma tiene un nombre, ¿no?
Jacques frunció el ceño, preso de una irritación momentánea. Se acercó al escritorio que tenía detrás y cogió una carpeta.
—¿En serio no lo sabes? —preguntó Raph, desalentado.
—Se llama Bill —respondió Jacques, cerrando la carpeta y volviéndose de nuevo hacia ellos—. La última vez que Bill realizó una inmersión en sus recuerdos, le pedí que cambiara algo muy concreto. Que cogiera un objeto y lo ocultara o lo enterrara en algún sitio.
Stanley apenas se percató de que estaba conteniendo el aliento.
—¿Y?
—Esto es absurdo —farfulló Raph—. No podemos ponernos a experimentar con seres humanos. Este laboratorio es mío. Esto tiene que acabar.
Jacques se sacó una fotografía del bolsillo y la colocó sobre la mesa.
Stanley se acercó y le echó un vistazo por encima de su hombro.
Al contemplar la imagen, sintió que un engranaje giraba en su cabeza y encajaba en su sitio.
Ahí estaba: un nuevo camino, una nueva oportunidad.
Sin duda eso era lo que había visto Waldman, el boleto dorado que habían estado buscando.
—Lo siento, Raph —dijo Stanley—, pero te equivocas. Tendremos que seguir experimentando con personas. De hecho, creo que tendremos que experimentar con muchas muchas personas para conseguirlo.