10. Stanley 1959 #2
Mientras atravesaban el atrio principal, Stanley se maravilló de lo mucho que habían avanzado en poco más de un año.
Unos empleados que comentaban los datos anotados en sus tablas sujetapapeles inclinaron la cabeza con deferencia al cruzarse con ellos.
Se abrían y cerraban las puertas que conducían a ambientes estériles donde se sintetizaban y ensayaban fármacos nuevos, pequeños quirófanos para roedores y grandes salas de examen.
El último mes Raph había contratado a tres empleados más, lo que sumaba un total de trece.
Stanley por fin disponía de un laboratorio completo y operativo, así como de la libertad para hacer lo que quisiera.
Era un milagro lo que podía conseguirse con dinero.
Sin embargo, al final de la jornada, aún volvía a su deprimente habitación en su piso compartido barato en Brixton.
Pese a que le pagaban un sueldo, seguía durmiendo con toda la ropa puesta por costumbre, porque no quería pagar la calefacción.
Era un hábito difícil de superar. Se sentía como si tuviera los pies en dos mundos distintos, y cada vez le costaba más distinguir cuál era el real.
De vez en cuando aún tenía que luchar contra la sensación de estar atrapado en un lugar en el que no encajaba.
A veces, cuando un técnico de laboratorio —alguien que trabajaba para él— le hacía una consulta, sentía la necesidad repentina de explicarse, de justificar de alguna manera su presencia ahí.
Con el tiempo había aprendido a contener ese impulso, pero seguía bullendo en su interior.
Después de atravesar el atrio a paso veloz, Jacques entró en su departamento del laboratorio, separado del resto del edificio por medio de puertas protegidas con código de acceso.
Durante la etapa inicial del proyecto, a Stanley esta separación le pareció una tontería.
Estaban deliberando sobre qué equipo tenían que comprar y qué hipótesis debían poner a prueba primero cuando Jacques exigió que se le asignara una sección de por lo menos tres habitáculos para su uso particular.
«No quiero tener que pediros el visto bueno cada vez que se me ocurra una idea genial —había dicho—. Quiero un espacio propio para experimentar por mi cuenta.» Ellos accedieron. Había asuntos más importantes de los que preocuparse.
Sin embargo, la zona separada se había ampliado durante el último año, y Stanley apenas había reparado en ello.
Estaba tan centrado en sus propios experimentos —en restablecer las líneas de base y los supuestos sentados por Waldman para luego desarrollarlos— que casi no se fijaba en lo que sucedía en otras partes del laboratorio.
Unos meses atrás se había enterado al escuchar por casualidad fragmentos de una conversación entre miembros del personal: Jacques había cambiado las claves de acceso de su sección, y solo permitía la entrada a algunos empleados.
Estaba construyéndose un reino privado. «Pues muy bien —había pensado Stanley—.
Que lo haga.» Cada uno de ellos debía gozar de libertad para seguir las líneas de investigación que considerara oportunas.
Antes Jacques y Stanley compartían sus resultados, cuando los tenían, pero cada vez tendían más a guardárselos para sí.
Raph, por su parte, no se había volcado en proyectos propios.
Desde el punto de vista científico, se había limitado a trabajar en tándem con Stanley, para sorpresa de este.
En Whelton, se había sentido a menudo como el tercero en discordia que se interponía en la vieja amistad entre Jacques y Raph.
Pero cuanto más se distanciaba Jacques de ellos y del mundo, más gravitaba Raph hacia Stanley.
Lo que no se podía negar de Raph era que poseía un don casi mágico para las finanzas.
Durante los últimos tres años, Raph había aprovechado su posición en la empresa Lazarus para comprar una plataforma petrolífera próxima a la costa meridional de Brasil, una fábrica del sureste asiático que producía equipo ignífugo para vertidos de petróleo, además de una participación mayoritaria en una mina de oro en Argelia.
Aunque a Stanley se le escapaban algunos detalles del tinglado, el caso era que, a través de unas ocho empresas fantasma, tres corredores de bolsa que cobraban sumas obscenas y una compañía de transportes, Raph conseguía desviar una cantidad casi ilimitada de dinero hacia el proyecto.
Siguieron a Jacques por el atrio hasta una puerta con un teclado numérico en el que Jacques introdujo rápidamente una clave y se encendió una luz verde.
Entraron en el laboratorio principal de Jacques, con varios servidores a lo largo de las paredes, discos duros que runruneaban e impresoras que escupían datos a los que Stanley echó un vistazo pero no supo interpretar de inmediato.
A Jacques le había dado por desarrollar una notación propia, un código que solo él entendía.
Elias, que avanzaba en la dirección contraria, inclinó ligeramente la cabeza al cruzarse con ellos.
Era el técnico de laboratorio que había contratado Jacques en persona y su único colaborador; un alemán fornido de rostro plano y serio.
Stanley no recordaba haberlo visto mostrar una expresión que no fuera de diligencia febril o concentración absoluta.
Había intentado trabar conversación con él varias veces, pero siempre había topado con una actitud práctica que rayaba en la impenetrabilidad.
Por otra parte, no podían darse el lujo de ponerse exigentes.
Lo que hacían ahí no seguía del todo las reglas, no era estrictamente legal, así que la discreción era la cualidad más valiosa entre los empleados del laboratorio.
Eso implicaba que debían tener bastante más manga ancha con las comprobaciones de antecedentes de lo que Raph habría querido.
La única manera de encontrar científicos de la categoría que necesitaban y que además estuvieran dispuestos a correr riesgos con la ley era buscarlos entre los profesionales que no podían trabajar en otro lado: los inhabilitados, los desacreditados, los que habían cumplido condenas.
Tal era el caso de Maria y Toby, y también de Elias, por lo que Stanley supuso que más valía no hurgar demasiado.
Cuando pasó a la siguiente habitación, se paró en seco. En el centro estaba su vieja máquina —el antiguo sillón de dentista con un casco acoplado y cables conectados—, pitando y zumbando.
—¿Qué hace eso aquí? Yo lo había guardado en el almacén.
—Elias lo ha sacado de ahí. Lo estoy utilizando —dijo Jacques.
Stanley negó con la cabeza.
—No funciona. Nunca ha funcionado.
—Discrepo.
—¿Cómo que discrepas? Lo inventé yo. Te digo que no funciona.
Jacques se encogió de hombros.
—A lo mejor te das por vencido demasiado fácilmente.
Una llama se encendió en el pecho de Stanley, un pequeño estallido de rabia. Se le agarrotaron los músculos de la espalda. Cuando se disponía a decir algo, Raph dio un paso al frente.
—¿Qué es lo que querías enseñarnos?
Jacques se volvió hacia los dos.
—Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie cerca para oírlo, ¿hace ruido?
Stanley movió la cabeza con frustración, incapaz de despegar los ojos del viejo armatoste.
—Ve al grano.
—Mientras los dos estabais obsesionados con el aspecto neurobiológico de las cosas, yo decidí probar otros caminos. Enfocar la cuestión desde una perspectiva más general. Después de todo, la biología es un subconjunto de la química, y la química, un subconjunto de la física.
—¿Qué física?
—La superposición y el entrelazamiento. La disparidad entre la física clásica y la cuántica reside, en el fondo, en la observación. La realidad solo existe, o, mejor dicho, solo se crea, cuando es observada. Si nadie oye caer el árbol en el bosque, el árbol ni siquiera existe.
—Conozco los principios básicos de la mecánica cuántica, Jacques.
Una sonrisa se dibujó en los labios del aludido.
—Pues claro. Peón a seis torre de dama.
—Torre a cuatro rey —contraatacó Stanley—. Jaque.
—Es un jaque inútil —se mofó Jacques—. Alfil captura torre. No te estás esforzando, Stan. Te lo noto.
—Si habéis terminado los dos —intervino Raph—, ¿adónde quieres llegar con este discurso sobre la observación?
—Si el presente solo existe cuando lo observamos, ¿no cabe la posibilidad de que el pasado solo exista porque lo recordamos?
Stanley arrugó el entrecejo.
—¿A qué te refieres?
—Creo que el vínculo entre la memoria y el pasado es más estrecho de lo que pensábamos originalmente. Sé que diseñaste tu máquina de la memoria para acceder a los recuerdos perdidos, para penetrar en el subconsciente de la gente y desenterrar lo que han olvidado.
—Sí, y no funciona. Cuando accedes a un recuerdo, lo modificas. Ya no es el mismo que la primera vez que te vino a la memoria.
—Eso creías, pero solo lo habías probado en ti mismo. Las entrevistas con los sujetos parecen indicar que lo que sucede es algo distinto. ¿Y si cada vez que accedemos a un recuerdo, nos trasladamos literalmente a un momento del pasado?
Stanley lo miró con fijeza, parpadeando.
—¿Qué?
—¿Y si...?
—Un momento —lo interrumpió Raph, acercándose a él—. ¿Has estado haciendo pruebas con sujetos humanos?
—Claro que no.
—Acordamos no dar ese paso hasta que estuviéramos totalmente seguros. No podemos ponernos a jugar con la cabeza de otras personas sin más. Hay impedimentos legales, por no hablar de los éticos...
—Te lo prometo, Raph. Era solo un experimento mental.
Raph se quedó callado. Se apartó y echó a andar por la habitación. Abrió algunos cajones y echó una ojeada a varias carpetas. Jacques no le prestó atención; la tenía puesta por entero en Stanley.
—Estás diciendo que, al acceder a los recuerdos, obtenemos acceso al pasado real —señaló Stanley en un tono pausado y tranquilo, pero en cuanto comprendió lo que implicaban las palabras de Jacques, se le escapó una carcajada—. ¿Estás hablando de viajes en el tiempo?
Aunque era una idea absurda, Jacques no se inmutó.