10. Stanley 1959
La rata correteaba por el túnel, olisqueando el suelo.
Cada vez que llegaba a una intersección, se detenía solo un momento —medio segundo de indecisión— antes de doblar a la izquierda o a la derecha.
Incluso alguien que no hubiera estado observando al animal habría sabido cuándo sucedía esto por la reacción de los tres espectadores.
Apretaban un poco los puños, y se les tensaban los tendones del cuello.
—Realmente lo va a hacer —masculló Raph para sí. Se agachó ligeramente, sin darse cuenta, de modo que quedó inclinado sobre el laberinto como la torre de Pisa, y lanzó una exclamación de triunfo.
—Lo creeré cuando lo vea —repuso Toby, con los brazos cruzados en un gesto de incredulidad fingida, aunque tenía los músculos igual de rígidos.
Stanley permanecía callado.
La rata siguió avanzando, con su pequeño casco conectado a los voluminosos ordenadores de la pared a través de un cable fino.
Llamar laberinto a aquello era quedarse corto; la palabra «dédalo» habría resultado más adecuada.
Con su longitud de veinte metros sobre el suelo del laboratorio, era sin duda el recorrido para ratas más complejo que se había construido jamás.
Los miembros del equipo Lazarus se habían tomado su arquitectura un poco como un juego; cada uno intentaba superar a los demás con puertas falsas, pasillos sin salida, trampas y espejos.
Stanley estaba casi convencido de que, si hubiera sido del tamaño de una rata, habría sido totalmente incapaz de encontrar la salida.
—Los circuitos neuronales están al rojo vivo, Stan —dijo Raph, leyendo los datos que iban saliendo de la impresora delante de él.
El laboratorio donde se encontraban era uno de los muchos que albergaba el edificio, alquilados y equipados con fondos del exorbitante fideicomiso de Raph.
El techo era alto y la habitación estaba repleta de aparatos: ordenadores runruneantes y discos duros que ocupaban paredes enteras, lo último en tecnología de mediados de siglo—.
Maria, toma nota: se registra actividad en la capa CA1 del hipocampo, la circunvolución dentada y las cortezas entorrinal y parahipocampal.
Stanley oyó a su espalda el garabateo del lápiz de Maria, que apuntaba las lecturas en su tabla sujetapapeles.
La secretaria personal de Raph era una señora menuda de cabello castaño apagado que llevaba siempre recogido en una cola de caballo.
Permanecía al fondo de la habitación y, salvo por el movimiento de su lápiz, no hacía el menor ruido.
Stanley no levantó la mirada. No podía despegarla de aquella ratita.
«Tú puedes —la animaba en su fuero interno—. Si lo consigues, te habrás ganado todo el queso que necesitas para vivir como un rey hasta el fin de tus días.»
El animalillo dio unos pasos vacilantes y se detuvo de nuevo. Los tres contuvieron la respiración a la vez.
Había llegado a la sala de los espejos de Jacques, donde había dos salidas que no conducían a ninguna parte, cuatro puertas falsas que en realidad eran espejos y tras las que se percibían olores engañosos.
Era imposible descubrir sobre la marcha la manera de escapar de ahí, dar con la solución por instinto.
La rata tenía que recordar con claridad y exactitud qué camino debía seguir, después de haberlo recorrido solo una vez.
Olfateó una de las puertas de espejo.
—No te quedes oliendo eso, idiota —dijo Toby—. No te servirá de nada.
—No la llames idiota. —Raph desplazaba la mirada entre las lecturas de los sensores neuronales y el laberinto—. Pobre criatura.
Por el momento, ni una sola rata había conseguido salir de la sala de los espejos.
Les permitían ver esa parte del laberinto una sola vez, por lo menos cuatro semanas antes de someterlas a la prueba, un tiempo suficiente para que la curva del olvido se hubiera asentado por completo y tuvieran que recurrir a la memoria episódica a largo plazo.
El roedor retrocedió unos pasos y se dio la vuelta, confundido.
«Vamos.»
De pronto irguió la cabeza, y Stanley casi habría jurado ver una bombilla encendida aparecer sobre ella. La rata echó a correr y —maravilla de maravillas— cruzó la puerta correcta.
—¡Sí! —Raph lanzó un puñetazo al aire—. ¡Eres un genio, pequeñín!
—Aún no hemos terminado —musitó Stanley. Faltaba la puerta con código.
Se trataba de un pequeño teclado numérico cuya clave de ocho dígitos variaba en función del color de la habitación, programado para cambiar al azar.
La rata tendría que aprenderse la clave de cada color e introducirla correctamente.
Bastaba con que se equivocara en un solo número para que el laberinto entero se bloqueara.
Esperar que el cerebro de una rata consiguiera semejante proeza era absurdo, totalmente ridículo.
Por otro lado, todo lo que hacían ahí era ridículo.
Esta vez la rata, en vez de detenerse, recorrió a toda velocidad los últimos túneles en dirección a la puerta del código, iluminada en un color verde vivo, y, valiéndose de su nariz erizada de bigotes, procedió a pulsar botones en el panel: seis..., cuatro..., tres..., uno.
Se quedó quieta.
Todos sabían cuál era la clave correspondiente al verde, y los primeros cuatro dígitos coincidían. La rata arrugó la carita —una expresión extrañamente humana para un animal— antes de continuar: ocho..., tres...
Se oyó un pitido, y una luz roja bañó el laberinto. La puerta permaneció cerrada. La rata probó a pulsar los botones de nuevo, pero no hubo suerte. Solo tenía una oportunidad, y la había pifiado.
Stanley exhaló un largo suspiro. El aire salió sibilante entre sus labios, dejándolo un poco más vacío por dentro.
Toby le puso una mano en el brazo. La tenía un tanto húmeda, pero Toby siempre estaba algo sudado.
Era un samoano larguirucho —flaco como un palillo— y, a pesar de que iba siempre en camiseta y bata, transpiraba más copiosamente que cualquier otra persona que Stanley hubiera conocido.
No obstante, era un bioquímico de primer nivel y, poco a poco, se estaba convirtiendo en un amigo.
—No puedes estar decepcionado por eso, tío. —Negó con la cabeza con incredulidad—. Ha sido asombroso. Nunca había visto un caso de recuperación de recuerdos así.
—Tiene razón, Stan —terció Raph—. Los estimulantes en el hipocampo no estaban rindiendo fruto. La cirugía de derivación ha provocado una respuesta mucho más contundente. Maria, introduce los resultados en el sistema, por favor.
Con un breve gesto de asentimiento, la mujer dio media vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra.
—No es suficiente —dijo Stanley cuando ella se hubo marchado.
Toby negó con la cabeza.
—¿En serio? ¿Por qué nunca estás contento con nada? Eso... eso ha sido rompedor. Jamás había...
—Stan tiene razón. —Los tres se volvieron al oír la nueva voz.
Jacques estaba distinto; hacía solo un año, habría entrado contoneándose con arrogancia, o como mínimo se habría recostado contra el marco de la puerta como si estuviera a punto de pedir una copa.
Últimamente mantenía una postura recta. Fue solo cuando dejó de encorvarse que Stanley se dio realmente cuenta de lo alto que era—.
Un fracaso es un fracaso. No basta con una simple recuperación de recuerdos.
Si el resultado no es perfecto, es que el procedimiento no funciona.
Tosiendo, Toby desvió la mirada y agachó la cabeza para hojear unas carpetas. Raph dio unos pasos al frente con expresión ceñuda.
—¿Dónde has estado? Hace días que nadie te ve el pelo. Elias ni siquiera ha sabido decirnos dónde estabas.
—Estaba liado —dijo con una sonrisa.
Jacques pasó por su lado, rozándolo, y se puso a oprimir botones de los ordenadores y a analizar los datos impresos. Cuando la rata soltó un chillido débil en el laberinto, Raph se agachó para recogerla y acariciarla entre sus manos.
—Me imagino que habéis vuelto a probar con los fármacos endocrinos, ¿no? —preguntó Jacques, sin apartar la vista de las lecturas de salida.
Stanley tuvo que morderse la lengua para no responder una impertinencia. Desde hacía un tiempo, Jacques apenas se molestaba en mantenerse al tanto del curso de los experimentos.
—Cirugía —respondió—. Derivación en las conexiones neuronales entre los lóbulos parietal y occipital y el lóbulo temporal medial.
—Esto, chicos... —Toby reculó unos pasos en dirección a la puerta—. Voy a hablar con el resto del personal para preguntarles cómo van los otros grupos de pruebas de fármacos.
—Claro —dijo Raph—. Adelante.
Stanley se había percatado de que había algo en Jacques que incomodaba a Toby.
Aunque nunca hablaba de ello ni sacaba el tema, cada vez que aparecía Jacques, buscaba una excusa para marcharse.
Pese a que Stanley no acababa de entenderlo, esto lo había llevado a advertir el cambio en Jacques, si bien no acertaba a identificar exactamente de qué se trataba.
Jacques posó de nuevo la mirada en el laberinto.
—Mmm. Esta ha conseguido salir de la sala de los espejos.
—Así es.
—Así que por fin vais por buen camino. Caballo a cinco dama.
Stanley pestañeó. A Jacques le había dado por ahí últimamente: jugaban una partida en su cabeza durante varios días y aguardaba el momento más inesperado para sorprender a Stanley con una jugada. Nunca daba resultado.
—Alfil a dos caballo de rey —contestó, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Y sí, estamos haciendo progresos, pero no los suficientes.
—No. —Asintió—. No los suficientes.
Raph se dirigió al rincón y, tras dejar que la rata entrara corriendo en su jaula, se volvió.
—Jacques, ¿dónde te habías metido?
El aludido se giró y los miró a los dos de verdad por primera vez, con una intensidad repentina en los ojos. En realidad, siempre había estado ahí, pensó Stanley, oculta bajo la chulería y las payasadas. Sin embargo, trabajar con aquellos laboratorios y centrarse en aquel problema la hacía aflorar.
—Elias y yo queremos enseñaros algo —anunció, y salió de la habitación. Los otros dos lo siguieron.