9 #4
Entonces pienso: «Tobias Hauata. Me suena el nombre».
Sí que es samoano, lo he visto en una de las listas de contactos de Stanley, las que guardé en mi portátil y en nuestro disco duro compartido antes de que ingresara en Sunrise.
Puedo consultar el número y la dirección en mi móvil, incluso sin cobertura de datos. Están almacenados localmente.
Me vuelvo para comprobar si Stanley sigue mirándome.
Ya no está.
No hay nada ahí.
No están ni Stanley, ni Raph, ni la parrilla. Ni siquiera hay un embarcadero.
Ahora, en vez de todo eso, hay un agujero.
Y está muy vacío.
Se apodera de mí un miedo penetrante que me atraviesa el corazón.
No es un miedo racional, una emoción que pueda explicar, sino algo más profundo, más instintivo, como el temor que experimentamos cuando de pronto nos vemos sumidos en la oscuridad, o cuando miramos por encima del borde de un acantilado.
El corazón me martillea en el pecho. Me entran ganas de gritar, pero tengo la respiración demasiado agitada. No consigo recuperar el aliento.
El vacío va creciendo y su borde empieza a extenderse hacia el mar, a través de la arena, hacia mí.
Retrocedo dando traspiés, intentando alejarme. Al mirar atrás, veo la espalda de Toby, que sigue caminando hacia los aseos. Trato de llamarlo a voces.
Me sale un chillido ahogado, balbuciente y embrollado.
Se vuelve hacia mí, y no tiene rostro .
Ha desaparecido. Solo queda... un vacío.
—Sácame de aquí —consigo jadear y luego, subiendo la voz, repito—: SÁCAME, SÁCAME, SÁCAME DE AQUÍ, JODER.
La negrura lo envuelve todo, pero puedo respirar.
Porque no se trata de la nada que he visto antes. Eso era distinto. Era lo peor que había visto jamás.
El casco se eleva, dejando mi cabeza descubierta, y vuelvo a estar en tu despacho. Estás mirándome desde arriba, con aire preocupado.
—¿Qué ha pasado? —preguntas.
—¿Él sigue ahí dentro? —inquiero, saliendo de la bañera y sacudiendo a Stanley, que aún tiene los ojos cerrados.
—La máquina está apagada. Ya no está inmerso.
Lo sacudo de nuevo, primero con suavidad y luego más fuerte.
—Stan. ¡STAN!
Abre los párpados, y los labios se le crispan de rabia.
—¿Qué pasa? ¿Qué quieres, mujer?
Entonces lo abrazo, fundiéndome con él.
—Ay, Dios mío, Stanley, estás bien. Estás aquí.
Mi abrazo lo irrita.
—Pues claro, atontada. ¿Por qué no habría de estar bien?
—No lo sé. —Estoy llorando contra su cuello y su pecho—. No lo sé. Estaba tan asustada... Es que... estábamos en la playa de Portobello, en la parrillada, y de repente...
—¿Dónde? —dice con voz áspera y ronca.
—En Portobello. En tu recuerdo. En Edimburgo.
—Qué chorrada. Nunca he estado en Edimburgo.
Enderezo la espalda.
—¿Qué has dicho? Repítelo.
Me mira con extrañeza, como si no entendiera lo que digo.
—Nunca he estado en Edimburgo.
Giro en redondo, te agarro de la muñeca y tiro con fuerza hacia mí.
—¿Qué le has hecho? Ya no se acuerda de lo de la playa. Siempre se acordaba de lo de la playa, y ahora me has metido ahí, ha pasado eso y el recuerdo ha desaparecido. ¿Qué has hecho? Dios santo, ¿qué demonios me has obligado a hacer?
No te resistes a mis tirones. Simplemente me sostienes la mirada.
—¿A qué te refieres con que «ha pasado eso»?
—Estaban ahí. Stanley estaba ahí, y de pronto ya no estaba. Solo quedaba un... un vacío. Como si la nada se lo hubiera tragado.
Fijas los ojos en los míos y me taladras con la mirada durante segundos, minutos, horas, no sé cuánto rato.
Es la expresión más intensa que he visto en tu cara.
Más que de ira o de furia, es... de certeza absoluta, de obsesión.
Es... Me cuesta describirla, pero es una mirada que destila fuerza de voluntad.
Me arrancas la mano de tu muñeca como si fuera una pluma y sales del despacho con paso decidido. Cruzas el vestíbulo principal hasta la puerta situada a la derecha, la atraviesas y la cierras a tu espalda.
¿Salgo así, sin más, sin decirte una palabra?
Sí, y no tengo idea de qué hacer, porque le he prometido algo.
¿Qué le has prometido?
Que no permitiría que nadie le hiciera daño, pero tú se lo has hecho.
O yo. Alguno de nuestros actos lo ha perjudicado.
Está perdiendo más recuerdos y no sé por qué.
Pero, al ver esa expresión en tu rostro, una cosa me queda clara: nos obligarás a seguir adelante en caso necesario.
No dejarás que esto termine, por más que te lo suplique.
Stanley murmura para sí algo que no alcanzo a oír bien, y al contemplarlo me doy cuenta de que necesito ayuda. Necesito que alguien —alguien que no seas tú— me ayude a entender todo esto.
Saco mi teléfono y abro la lista de contactos.
Ahí está: la ficha de Tobias, el samoano delgado.
Su dirección. Si sigue vivo, quizá haya estado implicado en este asunto con Stanley antes de que yo lo conociera.
Paseo la mirada por el despacho, por los rincones, las ventanas, los botones y las puertas de un espacio que cada vez parece más una prisión, y entonces tomo una decisión.
¿Qué decisión?
Voy a fugarme con él. Otra vez. Y esta vez tendré que hacerlo sin ayuda.