9 #3
Durante una fracción de segundo, casi me convences. Madre de Dios, qué bien se te da esto.
¿Realizas otra inmersión en la memoria de Stanley?
Sí... No mucho después. Me...
Háblame de eso.
Creía que querías que te contara todos los detalles.
Estos no. Voy a pedirte que te saltes esa parte. No es un momento importante. Se da por supuesto que la calibración me lleva un rato. Despiertas a Stanley, lo acomodamos en la silla y te metes en la bañera, ¿es correcto?
Bueno, sí...
¿Qué instrucciones te doy a continuación?
Dices: «En la inmersión anterior hemos calibrado vuestra memoria valiéndonos de un recuerdo que conservabas con mucha claridad. Ahora tenemos que establecer fidelidad entre las ondas cerebrales. Piensa en un recuerdo que Stanley pueda evocar aún, con todo lujo de detalles».
Estás frente a las pantallas táctiles del fondo, desplazando datos y gráficos de un lado a otro con tanta rapidez que me cuesta seguir tus movimientos.
Stanley está despierto, pero ausente. Es como si no estuviera aquí con nosotros.
Tiene la cabeza en otro sitio. Observo el casco de buzo con suspicacia.
Parece tan pesado que me preocupa que mis hombros no lo aguanten.
—La parrillada en la playa de Portobello.
Te vuelves hacia mí, arqueando la ceja.
—Yo no asistí. Fue antes de que nos conociéramos, pero él me hablaba de ella a menudo.
La famosa parrillada en una playa de Edimburgo con sus amigos.
A veces cree que yo estuve ahí con él o que se encuentra ahí ahora mismo, pero no cabe duda de que es un recuerdo nítido.
En ocasiones... —Miro su rostro, sus ojos vidriosos.
Le aprieto la mano con suavidad—. Cuando me preocupa que se le haya ido la cabeza del todo, le hago preguntas acerca de la parrillada, y él se pone a hablar de ella. Nunca la olvida.
Stanley parpadea.
—¿Una parrillada? ¿En Portobello? Madre mía, hacía un frío que pelaba.
—Sí, Stan. —Le doy un beso en la frente—. Esa misma.
—Perfecto —dices, identificando una onda cerebral en la pantalla y aislándola—. Concéntrate en esa idea, en la idea de ese recuerdo. Concentraos los dos. —Le colocas en la cabeza el casco de los cables y luego te vuelves hacia mí para ponerme el de buzo.
Antes de que me tape la vista, alcanzo a ver que Stanley parece más alerta. Me mira con curiosidad, pestañeando, y juraría que percibo en sus ojos un destello de miedo, de pánico.
Abro la boca para pedirte que pares. Sin embargo, en ese momento el casco desciende y el mundo entero se desvanece ante mí.
El recuerdo me viene por partes, como si me sumiera en un sueño.
Primero, las sensaciones: frío y viento.
El olor a mar. El mundo cobra forma, pero en segmentos disociados: un chiringuito de playa aparece solo en medio de la negrura.
Luego las olas del mar, separadas, sin contacto con la arena o el cielo.
Pronto, los huecos se llenan con las piezas que faltan.
Me encuentro de pie en una playa en la que no he estado nunca, pero tengo la sensación de que la reconozco. Es como un déjà vu . Estoy en un recuerdo de Stanley sobre el que no tengo experiencia fuera de lo que él me ha contado.
Estoy debajo de un embarcadero, a solo unos metros de donde el agua lame la orilla.
Hace frío, el típico del período de transición entre el otoño y el invierno.
Supongo que estamos a finales de octubre o principios de noviembre.
No hace mucho viento, cosa que agradezco, pues llevo la misma ropa que en el Instituto: una rebeca ligera, falda y una blusa.
Menos mal que me he puesto medias gruesas.
La playa está casi desierta. Hay algunas personas paseando perros y caminando sin prisa cerca de la orilla; parejas agarradas de la mano; incluso algún que otro amante de las emociones fuertes nadando en el mar del Norte.
Al mirar hacia atrás diviso a Stanley como a unos cincuenta metros de distancia.
Parece más joven que cuando lo conocí. Aparenta unos veinte o veintiún años, pero tiene la misma constitución menuda e irradia el mismo encanto de empollón de siempre.
Está con otras dos personas: un hombre delgado de tez bronceada, con gafas, que sujeta una cerveza, y un asiático corpulento.
Revolotean en torno a una pequeña parrilla que han montado en la playa y que intentan encender.
Nunca había visto a ninguno de los dos, y me pregunto por qué.
De hecho, la única persona de su pasado que me había presentado mi marido era Hugo, su excompañero de colegio, e incluso entonces me dio la impresión de que Stanley no quería que llegáramos a conocernos bien, como si se avergonzara, aunque nunca logré desentrañar el porqué.
Echo a andar hacia ellos con cautela, deseosa de estar un poco más cerca de Stanley y oír su voz.
El hombre delgado —de entrada me parece indio, o quizá polinesio, tal vez samoano— mira hacia mí y luego desvía los ojos.
Al fin y al cabo, no soy más que una intrusa en el recuerdo.
El cerebro se explica mi presencia tomándome por una persona que pasea por la playa, una estatua o vete tú a saber qué.
Se están riendo. Cuando me aproximo, percibo la calidez de sus carcajadas y veo sus sonrisas.
Pero a Stanley le ocurre algo. Su risa no es como la de los otros dos.
La de ellos es auténtica, fruto de un alborozo real, y en cambio la suya es falsa.
No se le arrugan los ojos como a ellos. Tiene la mirada triste.
¿Cómo lo sabes?
He vivido más de cuarenta años con él. Sé qué cara pone cuando está triste.
—Solo digo que vosotros lo conocéis desde hace más tiempo que yo —señala el hombre delgado—. ¿Siempre ha sido así de rarito?
El corpulento niega con la cabeza.
—No sé, Toby. Jacques siempre ha sido poco convencional, pero no sé si «rarito» sería el término adecuado. Además... —Le da unos golpecitos al hombre delgado en las costillas con ánimo juguetón—. En cierto modo es tu jefe. Deberías andarte con tiento.
—Bueno, sí, Raph, pero tú vendrías a ser su jefe. —Toby se vuelve hacia Stanley—. Y Stanley vendría a ser tu jefe, ¿no? ¿O es al revés? Nunca me queda claro.
—Ha cambiado —dice Stanley en voz baja. Los otros dos lo miran—. Jacques... ya no es el de antes.
Estoy a solo un par de metros de ellos y me dispongo a pasar por su lado. Cuando lo hago, echo una mirada por encima del hombro, pues no quiero perder de vista a Stanley. Entonces me ve.
¿Te ve?
Me mira directamente a los ojos y me reconoce. Sin lugar a duda. Una extraña mezcla de consternación e inquietud asoma a su rostro. Dura solo unos segundos, pero es una expresión tan extraña y furiosa que casi me parece una acusación, como si su cara me gritara: «¿Qué haces aquí?».
Tengo que desviar la mirada. Aprieto el paso, solo para alejarme.
Oigo al fondo la voz del hombre delgado, Toby.
—Tengo que ir a mear. Ahora vuelvo.
Me tiembla todo el cuerpo. Intento racionalizar lo ocurrido, diciéndome que es el cerebro de Stanley que intenta encontrarle una lógica a mi presencia en ese recuerdo. Simplemente está confundido y trata de expulsarme de él. Pero algo no me acaba de cuadrar.
Algo en su mirada me infunde dudas sobre ti. Me hace cuestionarme lo que me has contado.
Toby me adelanta por la derecha, caminando a paso veloz hacia unos lavabos públicos que están en la otra punta de la playa. Decido hacer algo drástico.
—Disculpa... —digo.
Él se para en seco y se vuelve hacia mí.
—¿Sí?
—¿Puedes verme?
Frunce el ceño.
—Qué pregunta más rara. Perdón, señora, pero me estoy meando encima. —Da media vuelta, pero acto seguido se detiene y suspira antes de girarse de nuevo hacia mí—. ¿Se encuentra bien? ¿Ha venido acompañada?
—Ah, no te preocupes. —Agito la mano—. No estoy loca ni nada por el estilo. Lo que pasa es que... Te llamas Toby, ¿verdad?
—¿Cómo lo ha sabido?
—He oído por casualidad parte de vuestra conversación.
—Ah —dice, desconcertado—. Ya. Pues sí. —Inclina la cabeza con aire incómodo—. Toby Hauata, para servirla. Pero de verdad que tengo que orinar. ¿Seguro que va todo bien?
—Sí —miento—. Todo bien.
Tras dedicarme una última sonrisa, se aleja a toda prisa.