Disolución 9 #2
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—Ah, ya me conoces —contesta, sonriente—. Me apunto a un bombardeo.

Parpadeando para contener la humedad en mis ojos, me pongo de pie y me los enjugo con un pañuelo. Me agacho para limpiarle la saliva que tiene en torno a los labios y le atuso un poco el cabello.

—¿Crees que podrás pasarte a tu silla?

—Bueno, por lo menos lo intentaré.

Lo tomo de la mano y lo ayudo a levantarse y a acomodarse.

Tras sacudir su manta, le envuelvo de nuevo las piernas con ella.

Hace frío aquí, y de pronto me asalta el ansia por ponernos en marcha.

Empujo su silla hacia la puerta, que se abre para dejarnos pasar.

Tú estás ahí, de pie, quieto como una estatua.

—Venid conmigo.

Te seguimos a través del Instituto y avanzamos entre innumerables habitaciones que contienen cosas que no entiendo ni sabría explicar.

En muchas no hay nadie; en algunas veo hombres con bata blanca y tubos de ensayo.

Hay habitaciones con depósitos en los que cabría una persona, con giroscopios y cascos.

Hay quirófanos. Pasamos por delante tan deprisa que apenas consigo echarles un vistazo rápido.

Algunas personas nos dirigen miradas nerviosas, pero no dicen nada. Salta a la vista que te tienen miedo.

Cuando llegamos frente a otro grupo de ascensores, me percato de que no tengo ni idea de la profundidad de este lugar. Hasta donde yo sé, podría llegar hasta el centro de la tierra.

Stanley mira en torno a sí, maravillado, con una expresión de asombro como la de un niño.

Esta es una faceta suya que nunca he entendido.

Cuando trabajaba como técnico de laboratorio, hablaba muy poco del trabajo.

Al principio intentaba explicarme lo que hacía, pero era algo que escapaba a mi comprensión.

Nunca se me dieron bien las ciencias ni las matemáticas, no encajan con la forma en que funciona mi cerebro.

Yo soy una chica de artes y letras; me gustan los museos, el teatro, las novelas.

Siempre he sido así. Los números y las hojas de cálculo me sacan de quicio.

Hay cinco ascensores, cada uno con una indicación distinta en la parte superior. Son letras griegas. Los primeros cuatro están marcados con minúsculas que van de la alfa a la delta: α , β , γ , δ . El último, que está un poco separado de los demás, tiene encima una omega mayúscula: Ω.

Me guías hacia el ascensor alfa, el de la izquierda.

De pronto caigo en la cuenta de que mi teléfono no ha emitido sonido alguno desde que hemos entrado aquí: no he recibido notificaciones, mensajes, nada.

Permanece en silencio, un silencio absoluto por primera vez en años, y esa ausencia de ruido me produce ansiedad.

Las puertas del ascensor se abren cuando nos acercamos.

El interior es lo bastante amplio para los tres, incluyendo la silla de ruedas de Stanley.

Parece diseñado para elevar cargas industriales mucho más pesadas.

Las paredes son de un metal liso, inmaculado.

Lo único que interrumpe el color gris plomo son las dos rayas negras que hay a cada lado. El suelo está reluciente.

—¿Adónde vamos? —pregunto mientras entro empujando la silla.

—Más abajo —respondes—. Hacia las profundidades.

Sin embargo, apenas te escucho; estoy demasiado absorta en el cartel de la pared que tengo delante. Parece oficial, con sus nítidas letras de imprenta y un diseño claro, pero el texto me parece extraño.

¿Qué dice?

«Está usted en un ascensor α . Precaución: es la PRIMERA vez que baja a la Cubierta Inferior. Si ve algo que le resulta familiar, avise de inmediato a un miembro del personal. El Instituto Lazarus valora su seguridad y la de su línea temporal.»

—¿Qué es eso? —pregunto.

Las puertas se cierran a nuestra espalda. Tú no estás mirando el cartel o a mí, sino que mantienes la vista al frente, en la fría pared de metal.

—Puesto de control de déjà vu .

—¿Qué narices significa eso?

Por toda respuesta, esbozas esa exasperante sonrisita tuya sin mirarme. Ya sabes a cuál me refiero; la que me has dedicado tres veces en la última hora de esta entrevista. Esa sonrisita de «no te lo voy a decir, y no hay nada que puedas hacer al respecto».

No me percato de que el ascensor se está moviendo hasta que noto que cambian las luces. Resulta que las dos rayas negras a cada lado de la cabina no están pintadas, sino que son ventanas largas y estrechas. Los pisos se suceden rápidamente. Descendemos a gran velocidad, y ya estamos bajo tierra.

«¿Cómo es que seguimos bajando? —me pregunto, y acto seguido me asalta un segundo pensamiento aún más inquietante—: ¿Qué puede ser tan peligroso como para que haya que enterrarlo a tanta profundidad?»

Tardo un momento en advertir que el ascensor está frenando, debido a la suavidad del movimiento. En este lugar, hasta la inercia de mi cuerpo me resulta engañosa.

Cuando las puertas se abren de nuevo, se presenta ante mí una escena totalmente distinta: no hay ni rastro de las asépticas paredes de color blanco y gris ni de los técnicos en bata con sus siniestros instrumentos metálicos.

Ocupan su lugar un papel pintado verde grisáceo y una moqueta granate que parecen salidos de una antigua casa de huéspedes georgiana.

Veo un sofá en el rincón y unas sillas en torno a una oscura mesa de centro de madera sobre la que descansa un tablero de ajedrez que reluce bajo las múltiples lámparas.

En el rincón también hay una estantería repleta de libros, aunque tengo la vista demasiado débil para alcanzar a distinguir los títulos.

Flota en el aire un aroma cálido a leña ligeramente quemada con toques de lavanda.

A la izquierda hay un espejo grande y recargado junto a una puerta cerrada; a la derecha hay otra.

—Bienvenida a la Cubierta Inferior —dices, guiándonos al interior de la habitación—. Supongo que podrías considerar esto mi despacho.

Stanley exhala un breve suspiro de satisfacción, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante todo el trayecto y ahora que hemos llegado pudiera relajarse por fin. Como si se encontrara en casa. Entiendo por qué.

—Hassan, no había visto un papel pintado como este desde los setenta. Y ya entonces estaba pasado de moda.

—Responde a una estética muy particular, desde luego.

Te acercas a la mesa de centro, y noto algo distinto en tu manera de andar.

Parece un poco más despreocupada y, si se me permite decirlo, más humana.

Te sientas y haces lo último que habría esperado de ti.

En serio, si elaborara una lista de las acciones que jamás te imaginaría llevando a cabo, esta ocuparía el primer puesto.

¿Qué hago?

Subes los pies encima de la mesa y te repantigas en el sofá.

No diré que se te ve relajado, porque sería mentira.

Incluso ahora percibo ese trasfondo de ferocidad que desprendes, y sería una imprudencia por mi parte olvidarlo.

Pero, por el momento, es solo un trasfondo, como una tetera que aún no hierve, o un león dormido.

Tu actitud me tranquiliza, y de inmediato me pregunto si eso es bueno. Cuando bajo la mirada hacia Stanley, descubro que se ha dormido en su silla. Le cae un hilillo de baba y me agacho para limpiarlo.

Sonriendo, lanzas una mirada elocuente a la puerta cerrada.

—Es la hora de su cita, ¿no, señora Webb?

—El escáner.

—En efecto. No te dolerá, te lo aseguro. Y, una vez concluido, podrás utilizar mi pala de memoria personal para efectuar otra inmersión. Nos estamos acercando a la raíz del problema de Stanley, de su pérdida de memoria.

Arrugo el entrecejo.

—¿Por qué no hemos bajado aquí directamente?

—Tenía que asegurarme de que funcionaría. Aquí no baja cualquiera. Antes había que comprobar que fueras del todo compatible con su química cerebral. De lo contrario, todo esto sería inútil.

Al otro lado de la puerta hay una habitación similar, con la misma moqueta y el mismo papel pintado, aunque aquí hay varias pantallas al fondo.

En la pared hay un viejo tablón de corcho con varios recortes de titulares de prensa, como los que se utilizan en investigaciones de asesinatos: un suicidio en un colegio privado, un gran incendio en el centro de Londres, una expedición espeleológica en Grecia.

No tengo la menor idea de qué relación hay entre ellos.

En el centro hay un asiento, no un sillón de dentista, como el de arriba, sino una butaca con reposapiés, más mullida y confortable.

Tiene encima un casco semejante al del otro, aunque de aspecto bastante más antiguo.

De él cuelgan unos cables conectados a unos puertos en el suelo.

Ya casi nunca se ven aparatos con cables.

La bañera que está a un lado parece casi victoriana; exenta, con bordes curvados hacia fuera y grifería de latón.

Sobre una mesa hay lo que parece un casco de buzo del siglo XIX .

—Es un modelo más viejo, pero funciona prácticamente igual.

—¿Por qué conservas un modelo más viejo?

—pregunto, aunque en realidad no me importa.

Solo intento darte conversación para rebajar la tensión.

Esta vez me siento en la butaca en vez de sumergirme en el líquido.

El casco con cables está a punto de descender sobre mi cabeza, y luego sabe Dios qué pasará.

—Digamos que por nostalgia.

En un visto y no visto, el escáner está hecho. Apenas me he dado cuenta: el casco ha vuelto a subir con la misma rapidez con que había bajado. Han sido solo unos segundos. Suelto una larga exhalación.

—Pues sí que ha sido fácil.

—No pretendo complicarte las cosas, Maggie —dices. Me tocas el hombro, y la calidez de tu mano me sorprende. No sé por qué, siempre había imaginado que la tenías fría—. Estoy de tu parte. Intento ayudaros a los dos.

—Perdona, es que... todo esto es muy nuevo para mí. Y con lo de Stanley y... Tengo miedo, Hassan. No sé en quién confiar.

Clavas los ojos en mí, y no puedo apartar la mirada. Me tienes como hipnotizada.

—Confía en mí, Maggie.