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Me dices que tengo que someterme a un escáner del cerebro. Lo dices con toda naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. Como si estuviéramos tomando el té.
—¿Por qué? —pregunto.
—Eso ha sido solo una prueba de calibración —dices—. Para comprobar si sois compatibles. Ha sido un éxito, lo que está bien, pero si queremos llegar más a fondo, necesitamos obtener puntos de paridad más claros a fin de garantizar la fidelidad.
—No entiendo ni una palabra.
—Lo entenderás —me aseguras, y ahora estoy enfadada.
¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo en la habitación?
No me refiero al recuerdo, Hassan. Estoy enfadada en este momento, aquí, porque ya he vivido esta conversación, el mismo tira y afloja, pero ahora lo veo desde fuera.
Es un patrón que se repite: tú no me cuentas cosas, me ocultas información como si fuera idiota, y me prometes que más tarde lo veré todo con claridad.
Pero no se ha aclarado nada, y estoy harta de ser tu títere.
Tenemos que asegurarnos de que Stanley esté a salvo.
Eso repites una y otra vez, hasta que me asustas lo suficiente para que te haga caso.
Pero en realidad no sé qué significa eso.
Así que ¿sabes lo que te digo? No voy a hacer una mierda hasta que respondas a algunas de mis preguntas.
No es que no me fíe de ti... Bueno, sí, en realidad sí es eso. No me fío de ti.
¿Cómo puedo aliviar tus preocupaciones?
¿Por qué solo recuerdo estos hechos de forma cronológica?
Por más que me esfuerzo por hacer memoria sobre lo que sucedió justo después de llegar aquí, no lo consigo.
Intento visualizar lo que ocurrió un día o dos después de zambullirme en la mente de Stanley, después de la visita al Instituto, pero no puedo.
Esos recuerdos no están ahí. Solo están aquellos de los que tú quieres que hable, y me van viniendo en el orden en que sucedieron. La memoria no funciona así.
La memoria es más complicada de lo que puede parecer de entrada.
No te pases de listo. Responde a mi pregunta.
Estás experimentando lo que se conoce como memoria horométrica.
Se trata de un estado inducido que ayuda a la conciencia a centrarse en un recuerdo concreto sin distracciones.
Obliga al cerebro a considerar los recuerdos de forma secuencial a partir de un punto de partida determinado, como en un relato, lo que permite al sujeto una inmersión total en dichos recuerdos.
Resulta inmensamente útil para agudizar la concentración y recordar detalles específicos.
¿Y por qué me está pasando a mí?
Por la pastilla que te he dado hace unas horas.
¡Has dicho que me ayudaría a concentrarme, no que alteraría el funcionamiento de mi cerebro!
Teníamos prisa. No he entrado mucho en detalles.
¿Es... es como la pala de memoria?
Se basa en un concepto parecido, sí, pero el resultado es distinto.
Se enfoca a un objetivo diferente. El trabajo del Instituto relacionado con la memoria ha dado origen a múltiples tecnologías que tienen aplicaciones muy diversas.
Y no somos solo nosotros. Por ejemplo, está la tecnología desarrollada por Sunrise para borrarle recuerdos a Stanley, que tú confundiste con alzhéimer.
Dios santo. Y los efectos de esta pastilla... ¿se me pasarán?
Sí. Cuando todo esto termine, recuperarás tu estado normal.
¿Y qué pasa con Stanley? No paras de decirme que corre peligro, que tenemos que encontrarlo. ¿Qué significa eso? ¿Dónde está?
No lo sabemos, Maggie. Ha desaparecido. Hizo algo, aún no tenemos muy claro qué, y se esfumó.
Ese es el momento que buscamos, aquel en el que hizo lo que causó su desaparición.
Lo único que sé es que no está a salvo. Nadie de nosotros lo estará hasta que lo encontremos.
Estamos intentando traerlo de vuelta, pero solo tú puedes conseguirlo.
¿Cuándo desapareció?
No es una pregunta fácil de responder. Seré sincero contigo, Maggie.
Lo que está pasando no es normal. Soy consciente de ello.
Hay muchas cosas que no te he explicado, pero eso es porque no tendrán pies ni cabeza para ti hasta que recuperes algunos de tus recuerdos.
Te faltará el contexto para interpretarlas.
Si quieres respuestas, sigue narrándome lo sucedido de la manera más detallada posible.
Las respuestas llegarán, te lo prometo. Y entonces tendrás plena libertad para marcharte.
Y, con un poco de suerte, volverás a estar con Stanley.
Pero se nos agota el tiempo, y si no encontramos pronto el momento concreto, todo esto resultará inútil.
Todo se habrá perdido. Tenemos que seguir adelante.
Está bien, de acuerdo. Eso puedo aceptarlo. Pero deja de tratarme como si fuera tonta, por favor. La situación ya es bastante difícil de por sí.
Te aseguro, Maggie, que no creo que seas tonta. Y ahora, haz memoria. Estamos en el Instituto. ¿Qué pasa después?
Tengo agarrada la mano de Stanley. Lo he ayudado a levantarse del sillón raro y lo he acompañado hasta una fila de asientos más normales, al fondo de la habitación, que recuerdan los de la sala de espera de un médico.
Se le ve perdido, desorientado y un poco aturdido.
Es algo que le pasa de vez en cuando. Le doy un leve apretón en la mano y noto su fragilidad; los huesos se me antojan más pequeños, como los de un pájaro, y tengo la sensación de que se quebrarían si los apretara más de la cuenta.
No me gusta hacerlo pasar por esto. Es una crueldad.
—Tenemos que trasladarlo a otra zona de las instalaciones —dices—.
Para el escáner. Después podemos proporcionarte más datos sobre tu siguiente inmersión en la memoria.
—Te yergues ante nosotros como un monolito, observando en silencio.
Es curioso, pero, a pesar de tu imponente presencia física, a veces me olvido de que estás ahí.
—Déjanos solos un momento —te pido.
Emites un chasquido de impaciencia. Nunca te había oído hacer ese ruido antes, y me sienta mal.
—Insisto en que tenemos que...
—¡Que nos dejes un momento, joder!
Reculas un paso. No es por la impresión (me cuesta imaginar que te hayas llevado una impresión alguna vez en la vida), sino un movimiento calculado para cederme espacio, para mostrarme tu aquiescencia.
—Estaré al otro lado de la puerta cuando terminéis.
Me vuelvo hacia Stanley, dándote la espalda. Aunque no te oigo salir de la habitación, cuando echo un vistazo por encima del hombro ya no estás.
—¿Qué tal estás, Stan? —pregunto. Tiene la mirada perdida en la lejanía.
No espero que me responda, pero sé que le gusta oír mi voz.
La sombra de una sonrisa se dibuja en su rostro; no en los labios (no es tan evidente), sino a los lados, en la leve vibración de los músculos de las mejillas y la curvatura de las arrugas en torno a los ojos.
Con un suspiro, me siento a su lado y me acerco su mano al corazón—. Qué raro es todo esto.
—Mmmm —dice, como si reflexionara largo y tendido sobre ello, aunque lo cierto es que su cabeza podría estar en cualquier parte.
Conoces la típica pregunta de qué le pedirías a un genio que se ofrece a concederte un deseo, ¿no? Si me lo hubieras preguntado hace seis meses, mi deseo habría sido asomarme al interior de su cabeza aunque solo fuera durante un minuto, solo para saber adónde se va cuando me abandona.
Ahora que lo he hecho, me he dado cuenta de que quiero más. Necesito más. A pesar de la conmoción y el horror, la emoción de la experiencia todavía me hierve en las venas. No te he hablado aún del extraño ritual que le vi realizar.
¿Por qué no?
He pensado que es conveniente que yo también tenga mis secretos.
Está claro que no sabes exactamente qué vi ahí dentro; tendrás una idea vaga, quizá, basada en mi ritmo cardíaco y mis reacciones emocionales.
Por otro lado, sigo necesitando tu ayuda.
Resulta evidente que Stanley recordó cosas después de que yo entrara en su memoria, que esto lo ayudó a recuperar recuerdos que yo creía desterrados para siempre de su cabeza.
Ahí estaban: bien escondidos. Le escudriño el rostro.
«¿Por qué no puedes acceder a ellos, Stan? —pienso—. ¿Qué te lo impide?»
Haría cualquier cosa con tal de averiguarlo. Estoy dispuesta a lo que sea.
Cuando él se estremece ligeramente, caigo en la cuenta de que le estoy oprimiendo la mano con una fuerza un poco excesiva.
Se la suelto, comprendiendo de pronto el peligro que entraña lo que acabo de pensar.
Era algo que mi madre me repetía a menudo cuando era joven: «Estoy dispuesta a lo que sea por ti».
Aunque lo decía como una expresión de cariño, sonaba más bien como una carga, como una cruz que llevaba sobre los hombros.
En vez de sentirme querida, me sentía asfixiada por su necesidad de estar a mi lado, de librar mis batallas y tomar mis decisiones por mí.
En aquellos momentos, me entraban ganas de gritar: «¡Pero si yo no quiero que hagas eso!
». Sin embargo, no podía, así que, en vez de eso, empecé a ocultarle cosas, a alejarme de ella, aunque solo fuera en mi mente.
O sea que, sí, aunque estaría dispuesta a caminar sobre brasas ardiendo para recuperar a mi Stanley, no tengo derecho a esperar lo mismo de él.
—No permitiré que nadie te haga daño, Stan —susurro, inclinándome hacia él—.
Incluida yo. Quiero prometértelo ahora mismo.
Lo digo en voz alta y no solo en mi cabeza, porque así la promesa se vuelve real y estoy obligada a cumplirla.
Por muy lejos que llegue esto y me digan lo que me digan, no dejaré que nadie te haga daño, ¿de acuerdo?
Él se sorbe la nariz.
—Bueno, todo eso suena razonable. De acuerdo.
Me río. A veces tiene extraños momentos de lucidez como este, pero son solo semánticos, fragmentos de conversación. Ni por un momento pienso que entiende a qué acaba de dar su conformidad, pero sus palabras me proporcionan un curioso alivio.
—Pues me alegro —digo—. No me gustaría que estuvieras preocupado.