Disolución 8. Stanley 1957 #5
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8. Stanley 1957 #5

—¿Alguna vez os habéis preguntado por qué? —inquirió Stanley, abriendo de nuevo la carpeta—. ¿Por qué elimina el cerebro esos recuerdos tan rápidamente? ¿Qué sentido tiene?

—Es una cuestión de capacidad limitada. De ese modo, el cerebro no tiene que retener un montón de información inútil que no necesita.

—Sí, eso creía yo también. Bueno, ¿cuántas fotografías recordáis?

Tanto Jacques como Raph se esforzaron al máximo, pero hacía años que no ejercitaban la memoria de esa manera. Raph consiguió enumerar diez imágenes. Jacques alcanzó la respetable cifra de diecisiete, pero aun así estaba muy lejos de recordarlas todas.

Stanley revolvió los papeles y abrió otra carpeta.

—Ahora os voy a mostrar varias parejas de imágenes. Una de ellas se encontraba entre las cien que os he enseñado, y la otra no. Quiero que me digáis cuál es cuál.

En la primera hoja, aparecían Churchill a la izquierda y una cabrita a la derecha.

Sin dudarlo, ambos las identificaron correctamente.

Y lo mismo ocurrió con el segundo papel, y con el tercero.

Una y otra vez, tanto Raph como Jacques fueron capaces de señalar la foto que formaba parte de la selección previa con total precisión.

—Este truquillo lo ideamos Waldman y yo.

La verdad es que, aunque hiciera lo mismo con diez mil fotografías, también acertaríais.

El hecho es que no se trata de una cuestión de capacidad limitada.

Vuestro cerebro no ha olvidado qué imágenes ha visto; simplemente no os deja acceder a ellas.

Esto es como una pequeña trampa, un ardid para engañar al cerebro de modo que os permita recordarlas.

Raph movió la cabeza de un lado a otro.

—No lo entiendo.

—Lo que nos inspiró la idea fueron las personas con síndrome del sabio.

Muchos testimonios a lo largo de la historia hablan de individuos con una memoria excepcional, casi infinita, debido a la conformación distinta de su cerebro.

El profesor creía que no se trataba de anomalías, sino que esas personas eran capaces de acceder a zonas bloqueadas del cerebro.

En ese momento, Jacques se puso de pie y echó a andar alrededor de la mesa con la vista fija en Stanley. Seguía pletórico de energía tras su victoria.

—¿A qué te refieres con «zonas bloqueadas»?

—¿Por qué existe la curva del olvido, Jacques?

¿Por qué se nos olvidan las cosas? ¿Adónde van esos recuerdos?

En el contexto de este último experimento o de las personas con síndrome del sabio, la idea de la capacidad limitada de la memoria carece de sentido.

Solo parece tenerlo porque tenemos la tendencia natural a imaginar el cerebro como un archivador, o como un cubo que se va llenando.

Pero no es así. Esa metáfora nos constriñe.

El profesor tenía la creencia, que yo comparto, de que no existe un techo.

No hay ninguna razón que nos impida recordar a la perfección todo aquello con lo que nos encontramos en la vida.

—Entonces, ¿por qué no podemos?

—Esa es la pregunta del millón. Tal vez una parte de nuestro cerebro permanezca oculta, guardada bajo llave.

O a lo mejor... —Stanley respiró hondo, dejando que el momento calara—.

A lo mejor no es que no podamos recordar, sino que algo nos hace olvidar.

A todos. A todas las personas. Si conseguimos identificar ese algo, quizá podamos arreglarlo.

El profesor y yo estábamos trabajando en algo, el germen de una idea, y estaba dando resultado.

Nuestra memoria estaba... Bueno, estábamos muy cerca de lograrlo cuando él se... —A Stanley se le apagó la voz.

Jacques y Raph se quedaron callados. Aunque él no había mencionado las últimas palabras del profesor, aún le resonaban con claridad en la cabeza. «Está hambrienta. Un azote inmortal, terrible, funesto e invencible.» Seguía sin tener la menor idea de qué significaban.

—Creo que él lo había conseguido —dijo Stanley en voz baja—.

Él también lo creía, o por lo menos eso me dijo; había roto ese techo.

Había alcanzado la memoria perfecta. Pero al morir, se lo llevó todo consigo, todos los detalles que tenía en la mente.

He estado intentando recuperarlo desde entonces, pero...

necesito más datos. No soy tan inteligente como él.

Necesito equipo, un laboratorio y dinero.

Necesito ayuda. Pero estoy cerca. Pensad en lo que hemos hablado antes, en lo que Waldman nos enseñó...

sobre la creatividad, sobre el progreso.

Si logramos desentrañar el secreto de la memoria perfecta, abriremos una nueva era para la humanidad.

Será como un nuevo Renacimiento, pero diez veces más grande. El mayor descubrimiento de la historia.

—Y nosotros estaremos al frente —musitó Jacques—. Llevaremos las riendas de todo.

—Juntos —terció Raph.

Stanley cerró los ojos, asintiendo.

—Sí. Juntos.

Jacques dio media vuelta y regresó a su asiento. Después de sentarse, volvió a subir los pies a la mesa y le dedicó a Stanley una enorme sonrisa.

—Bueno, si lo planteáis así, ¿cómo voy a negarme?