Disolución 8. Stanley 1957 #4
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8. Stanley 1957 #4

—Galton sostiene que una persona puede mejorar en su actividad física y mental, pero solo hasta alcanzar cierto nivel que «ya no podrá sobrepasar por medio de la educación o el esfuerzo».

Todos experimentamos algo así con el entrenamiento que nos dio Waldman: llegamos a un punto muerto, a partir del cual, por más que lo intentábamos, nos costaba memorizar cosas nuevas. Pero ¿y si no fuera verdad?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Raph, mirándolo absorto.

—Vale, mirad: quiero llevar a cabo un experimento muy breve. —Stanley hurgó en su bolsa hasta sacar una carpeta vieja atiborrada de papeles—. Os mostraré una serie de fotografías, muy rápidamente, cada una durante menos de un segundo. Quiero que intentéis memorizar el mayor número posible de ellas.

Jacques suspiró.

—Eso ya lo hicimos muchas veces con Waldman, Stan. ¿Qué pretendes demostrar?, ¿que eres capaz de recordar más imágenes que nosotros? Hace años que no practico estas técnicas.

—Exacto —respondió Stanley—. Ten paciencia. Olvidaos de las técnicas clásicas, el palacio de la memoria, la personificación, los relatos, y simplemente intentad memorizar, sin más.

Jacques posó los pies en el suelo y se echó hacia delante para fijar la mirada en la mesa sobre la que Stanley se disponía a colocar las fotos.

Este sonrió. La mejor manera de captar el interés de Jacques era apelar a su competitividad.

Y a Stanley cada vez le quedaba más claro que, si quería que Raph lo financiara, no tendría que convencerlo solo a él, sino a los dos.

Fue poniendo las fotografías sobre la mesa con una rapidez extrema, esperando apenas un segundo entre una y otra: Marilyn Monroe sujetándose la falda levantada por el viento; unos zapatitos rojos de bebé; Winston Churchill pronunciando un discurso; un trozo grande de queso azul; la cubierta del libro Ser y tiempo , de Heidegger.

Les mostró casi cien de estas imágenes inconexas a Raph y Jacques, que las miraban con atención.

Después de la última —la fotografía de un gato con gafas—, Stanley las recogió y las guardó de nuevo en la carpeta.

Incluso durante el ejercicio, Jacques continuó cantando sus jugadas, sin despegar los ojos de las imágenes. Resultaba incómodo, y Stanley tuvo que reconocer que Jacques había mejorado, y no poco.

—Y ahora, vamos a esperar —dijo Stanley, mirando el reloj de la pared—. No mucho. Solo lo suficiente para que actúe la curva del olvido. Bastará con treinta minutos.

Jacques negó con la cabeza.

—Claro. Madre mía, me siento como si volviera a estar en el aula de Waldman. —Stanley se volvió hacia Raph, que intentó contener una sonrisita, sin éxito—. Me voy afuera, a fumar. Me gusta el aire fresco.

Mientras esperaban a que regresara Jacques, Stanley y Raph se pusieron a conversar, al principio con titubeos, pero luego más relajados, hasta que acabaron charlando como en los viejos tiempos, rememorando entre risas anécdotas de su época en Whelton.

De entrada, Stanley le siguió el juego a Raph, consciente de que la mejor manera de venderle su proyecto pasaba por evadirse del presente y perderse en el pasado.

Así conseguiría el dinero que necesitaba.

De modo que se metió en el papel; evocó viejos recuerdos de los dos corriendo por el cementerio, imitando y burlándose de los profesores, compartiendo y comentando los libros que habían leído hasta las tantas de la noche.

Sin embargo, al cabo de un rato descubrió que la sonrisa en sus labios no era forzada; su risa era auténtica.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan humano.

Entonces lo invadió una oleada de culpa. Ahí estaba, engatusando a su amigo más antiguo, ¿y todo para qué? ¿Para llevar adelante una causa que el propio profesor había abandonado? ¿De verdad valía la pena?

Stanley ahuyentó estas dudas de su mente. No: estaba ahí por un motivo, para continuar con el experimento, averiguar qué ocultaba Waldman y descubrir por qué había muerto. Si renunciaba a eso, no le quedaría nada.

Jacques volvió del frío apestando a tabaco rancio.

—¿Qué tal, tortolitos? ¿Lo habéis pasado bien flirteando sin mí?

—Por una vez en tu vida, no seas capullo, Jacques —contraatacó Raph.

Stanley desplegó una sonrisa.

—Como si pudiera evitarlo. Para el caso, es como decirle a un pez que no nade.

—Sí, sí, me parto de risa —farfulló Jacques, dejándose caer de nuevo en el asiento—. Aún nos quedan quince minutos, ¿no? ¿Vas a jugar o qué? Peón a tres dama.

Stanley bebió otro sorbo de cerveza.

—Esa sí que es una jugada rara. Vale..., peón a cuatro rey.

—Peón captura peón.

—Capturo con el caballo.

—Caballo a tres alfil de dama.

La partida continuó con su toma y daca entre comentarios de Raph, que de vez en cuando elogiaba alguna jugada.

Stanley se percató de que la manera de jugar de Jacques se había vuelto impredecible, sorprendente.

Su medio juego era espectacular; tejía en torno a las piezas de Stanley una maraña compleja.

Aun así, este conservaba la calma y, una vez transcurridos los quince minutos, les quedaba solo un puñado de piezas y se aproximaba el final de la partida.

De pronto, Stanley lo vio: una vía clara, los últimos movimientos en los que sacrificaría su torre y acorralaría al rey de Jacques. Era un camino a la victoria, mientras su adversario estaba demasiado centrado en coronar sus peones; los finales siempre habían sido su punto débil.

Vaciló unos instantes. Del mismo modo que veía en su mente las jugadas que vendrían a continuación, también podía ver lo que ocurriría una vez concluida la partida: la expresión hosca de Jacques, su irritación por haber vuelto a perder ante Stanley.

Haría un berrinche, quizá incluso se marcharía.

Y eso sería el fin: sin él, Raph no se implicaría en el proyecto. No al cien por cien.

—Vale, ya está —dijo Stanley—. Ha pasado suficiente tiempo.

—Sí, claro —dijo Jacques—. Justo ahora que estaba a punto de ganarte. Menuda casualidad.

Stanley esbozó una sonrisa de satisfacción.

—Ya seguiremos luego, te lo prometo.

—No —dijo Jacques, con una dureza repentina y una mirada feroz en los ojos—. Acabemos con esto ya.

Stanley suspiró.

—Como quieras. Alfil a cuatro alfil de rey.

—Torre a cinco dama.

—Alfil captura torre.

—¡Ja! —Jacques por poco se levantó de un salto—. Peón a última fila y lo corono dama. Jaque inmediato. Mate en tres.

Stanley puso cara de sorpresa.

—Ostras, pues sí. Tienes razón. Jaque mate. Muy bien; la verdad es que no lo he visto venir.

Jacques se acomodó de nuevo en su asiento, con una expresión de suficiencia pintada en el rostro.

—Ya te he dicho que había mejorado. Bueno, veamos de qué va el dichoso experimento. La curva del olvido habrá actuado ya. Vamos al lío.

Stanley asintió. La curva del olvido era la representación gráfica clásica de la pérdida gradual de retentiva a lo largo del tiempo.

A principios del siglo XX , Hermann Ebbinghaus se propuso cuantificar este proceso y demostró que, una vez memorizado un conjunto de datos detallados, aproximadamente la mitad de ellos se olvidaban durante la primera hora si no se repasaban.

Después del primer día, se perdía otro diez por ciento y, al cabo de un mes, un catorce por ciento más.

Una vez transcurrido ese tiempo, los recuerdos restantes se quedaban grabados en la memoria más o menos para siempre.

Pero los primeros minutos eran decisivos, pues era en ese espacio de tiempo cuando desaparecía la mayor parte de los recuerdos.

Todo lo que les había enseñado Waldman, el palacio de la memoria, el encadenamiento, las técnicas de asociación con imágenes, todo ello se había concebido para luchar contra la curva.