Disolución 8. Stanley 1957 #3
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8. Stanley 1957 #3

—Le he pedido que llegara veinte minutos más tarde, para tener la oportunidad de hablar contigo antes.

—No te creo.

Raph alzó la vista y la dirigió hacia la puerta, por encima del hombro de Stanley.

Este se volvió justo en el momento en que Jacques —vestido con vaqueros americanos y un jersey de cuello vuelto, el último grito en moda informal pero sofisticada— se acercaba, pasando por delante de la barra.

Cuando llegó, le propinó una fuerte palmada en la espalda que lo hizo inclinarse hacia delante.

—¿Qué pasa, pringados? ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo están mis dos empollones favoritos? —Tras dejarse caer en el sofá al lado de Raph, Jacques arrimó una silla y apoyó los pies en ella con las piernas cruzadas—. ¿Quién paga esta ronda?

Stanley fijó la vista en él, con la mente a mil por hora. Eso no entraba en su plan. No estaba previsto.

Raph se puso de pie.

—Voy a pedirte una cerveza.

Dejó a Stanley y Jacques solos en la mesa. Durante un buen rato, ninguno de los dos abrió la boca.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Stanley al fin, sin levantar la voz.

Jacques se encogió de hombros.

—Raph me llamó. Y, cuando me llama, yo le cojo el teléfono, ¿sabes?

Por toda respuesta, Stanley bajó la mirada y tomó un sorbo de cerveza. Pese a los buenos momentos que habían pasado juntos, no conseguía sacarse de la cabeza lo que había ocurrido la última vez que se habían visto.

—Oye —dijo Jacques—, lo que pasó, pasó, ¿vale?

No estoy orgulloso de aquello. Tampoco voy a quedarme aquí sentado aparentando que somos grandes amigos.

Pero es evidente que Raph está desesperado por convertir esto en un reencuentro pacífico en el que enterremos el hacha de guerra, así que por lo menos hagamos el paripé con un mínimo de dignidad, ¿te parece?

—Lo que tú digas.

—¡Estupendo! —Recogió las piernas y se incorporó, siempre inquieto, siempre en movimiento, como si estuviera lleno a reventar de energía—. ¿Te hace una partidita? Empiezo yo. Peón a cuatro caballo de dama.

—¿Cuatro caballo? —Stanley arqueó las cejas—. Por fin te has vuelto más creativo con tus aperturas.

Jacques desplegó una mueca.

—He mejorado.

Stanley emitió un gruñido suave.

—Eso ya lo veremos. Peón a cuatro rey.

—Vale, vale —terció Raph, sentándose y dejando la cerveza de Jacques sobre la mesa—. Antes de que nos pongamos competitivos, hay cosas de las que tenemos que hablar —dijo, adoptando el tono severo de un profesor, pero con una gran sonrisa en los labios.

—Eso —convino Jacques—. ¿Cómo es que el chavalote ha salido de su escondrijo?

—Tiene un problema y necesita ayuda.

—Raph —dijo Stanley—, te he dicho que no.

—Sí, Stan. Has acudido a mí. Me interesa lo que propones, pero no voy a firmarte un cheque en blanco sin más garantía que una promesa vaga y luego dejar que te marches así como así.

Es... es una oportunidad fantástica, ¿no lo ves?

Los tres juntos de nuevo para trabajar en el problema final de Waldman. Eso es poesía pura. Simetría.

«Ya no es un problema del profesor —pensó Stanley—. Es mío.»

Sin embargo, no dijo nada. Ya era bastante reacio a revelarle el secreto a Raph como para encima tener que contárselo también a Jacques.

—Sea lo que sea, es importante para ti, y lo era para Waldman, así que también lo es para nosotros. Para los tres.

Jacques guardó silencio, observando a Stanley con detenimiento desde el otro lado de la mesa.

Stanley se miró las manos. Aún tenían un poco de mugre de la azotea. No le gustaba ducharse a menudo porque eso disparaba la factura de la calefacción. Incluso en lo más crudo del invierno, prefería envolverse en mantas hasta que se pasara el frío. Sacudió la cabeza con un suspiro.

Pensó en todo lo que había invertido en aquello, desde el día que Waldman le había mostrado el cerebro —o, mejor dicho, los cerebros— que guardaba en su despacho, hasta los experimentos, primero mentales y luego reales, que habían llevado a cabo.

Pensó en las ocasiones en las que ambos se habían quedado trabajando hasta altas horas de la noche, mientras todos los demás dormían, y en los secretos que había prometido guardar.

Pensó en su maquinaria averiada, en los callejones sin salida a los que había llegado, en sus fracasos.

Pensó en el último mensaje de Waldman, la advertencia que había dejado.

«ESTÁ HAMbrIENTA.»

Y todo aquello lo había llevado hasta ahí: era el momento decisivo. O salía de ahí con el dinero de Raph, o salía sin nada.

—Está bien, pero esto requerirá algunas explicaciones.

Con una mueca, Jacques se retrepó en la silla y echó los pies hacia atrás.

—Intentaremos seguirlas lo mejor posible. Peón a cuatro alfil de dama.

Stanley asintió.

—Alfil a cinco caballo. Bueno. Vale. Sí.

A ver... Creo que conviene que os ponga un poco en antecedentes antes de pasar al meollo del asunto.

Algunas cosas ya las sabréis por haberlas oído en boca del profesor, pero todo está relacionado: los ejercicios de memoria, las pruebas y los retos.

Tenéis que entender que no éramos solo sus alumnos, sino también sus conejillos de Indias.

Raph arrugó el entrecejo.

—¿A qué te refieres?

—Dediquemos un momento a repasar la historia de la memoria.

La memorización de cantidades ingentes de datos no es algo nuevo.

De hecho, en la Antigüedad era el principal indicador de inteligencia.

En un tiempo en el que casi no había libros, la memoria era el punto de referencia para entender el mundo.

Las personas dotadas de una memoria excepcional eran objeto de gran admiración y respeto.

El rey Ciro era capaz de recitar el nombre de todos los soldados de su ejército.

Lucio Escipión se sabía el de cada uno de los ciudadanos romanos.

Incluso en el cristianismo ocurre algo similar: la cualidad más habitual entre los santos, aparte de su extraordinario altruismo, suele ser su memoria sobrehumana.

—Sí, claro. —Jacques agitó la mano—. Todo eso ya lo sabemos. Una memoria fuera de lo común representaba la interiorización de un universo de conocimientos externos; la máxima expresión posible de la inteligencia. ¿Adónde quieres llegar con todo esto?

—Quiero llegar al porqué —dijo Stanley, clavando los ojos en Jacques—. ¿Por qué era así? ¿Por qué se consideraba tan importante? Porque la memoria es la clave de la creatividad y, por tanto, del desarrollo y el progreso, ¿verdad?

Frunciendo el ceño, Raph tomó un trago de cerveza.

—¿A qué te refieres?

—Bien —dijo Stanley, gesticulando animadamente—.

La creatividad, tanto en las artes como en las ciencias, puede definirse como la capacidad de establecer relaciones entre ideas e imágenes, de crear algo nuevo a partir de lo viejo, ya sea un edificio, una hipótesis científica o una novela.

Si el meollo de la creatividad reside en conectar datos diversos entre sí, cuantos más tengas en la cabeza, mejor se te dará concebir ideas nuevas.

No sucede lo mismo con las ideas externalizadas, al menos de un modo tan intuitivo.

Hay una razón por la que Mnemósine, la diosa de la memoria de la Antigüedad, era la madre de las musas.

Poseer una memoria privilegiada es la esencia de la creatividad, que, a su vez, constituye la piedra angular de todo progreso humano.

—Eso me parece una hipérbole —intervino Raph, y sonrió—. Para serte sincero.

—En absoluto —dijo Jacques, inclinándose hacia delante—.

A Stan no le falta razón. Caballo a tres alfil de dama.

Piénsalo bien: desde el punto de vista fisiológico, somos seres humanos exactamente iguales que los cavernícolas que pintaron caballos y bisontes en la cueva de Lascaux.

Nuestro cerebro no es más grande ni más complejo que el suyo.

Si alguien raptara a uno de sus hijos al nacer y lo diera en adopción a una pareja del Londres del siglo xx, cuando creciera nada lo distinguiría del resto de las personas.

Stan está en lo cierto al señalar que lo único que nos diferencia de ellos es nuestra memoria colectiva.

—Y sin embargo —repuso Stanley, levantando un dedo—, nuestra cultura actual está edificada sobre los falsos dioses de la memoria externalizada.

La gente cada vez tiene menos necesidad de memorizar cosas.

Pero imaginaos que mañana desaparece la tinta de todos los libros, junto con toda la información almacenada por medios distintos.

Nuestra cultura entera se desmoronaría. Nos veríamos transportados de nuevo a la época de las pinturas rupestres y los mitos transmitidos oralmente al calor de la hoguera.

¿Dónde están los gobernantes y retóricos con una memoria prodigiosa, personas como Plinio y Lucio Escipión? Ya no existen. Pero ¿por qué?

Jacques se encogió de hombros.

—Ahora tenemos televisión, radio, nuevas tecnologías. Simplemente ya no los necesitamos. Te recuerdo que te toca mover.

—Es una respuesta fácil —replicó Stanley, lo que provocó que Jacques pusiera los ojos en blanco—.

Y peón a cuatro dama. La pregunta verdaderamente importante es la siguiente: ¿el descubrimiento de estas tecnologías atrofió nuestra capacidad de recordar, o fue el deterioro de nuestra memoria lo que nos obligó a desarrollarlas, por pura necesidad? ¿Tenemos cada vez peor memoria?

Raph se reclinó en su asiento.

—Es una cuestión cuantitativa, ¿no? La cantidad de información, descubrimientos, conocimientos y personas de los que se tenía constancia en la Antigüedad es incomparable con la actual. Ahora hay demasiados datos para almacenarlos en un solo cerebro, por privilegiado que sea.

—Esa es la perspectiva tradicional. ¿Habéis leído El genio hereditario ?

—De Galton, ¿no? —preguntó Raph—. Creo que sí, hace años.