8. Stanley 1957 #2
Enclavado en medio de todo esto había un edificio relativamente bajo que desafiaba las tendencias innovadoras de los arquitectos londinenses.
Construido en 1903 en honor de sir Athelney Lazarus, destilaba una discreta sofisticación imperial.
Incluso en el momento en que se había erigido, parecía un anacronismo, diseñado con un estilo más propio de la arquitectura georgiana del siglo XVIII que de su época.
No tenía la mirada puesta en el futuro, sino en unas épocas pasadas en las que la jerarquía era absoluta e incuestionable, y la personalidad de uno se consideraba bastante menos importante que su clase social y las circunstancias de su nacimiento.
Charles Lazarus causó un gran revuelo al casarse en los años treinta con una mujer que vivía en Chinatown, y de esa unión nació Raph, que se benefició de todo lo que esto conllevaba.
Juntos, sus padres habían formado una pareja de gran poderío intelectual, y Athena Lazarus, a pesar de haber sido motejada por los medios como «la parienta china de Charles», había consolidado su legado como una de las mujeres más importantes de la industria de los años treinta y había encumbrado el apellido familiar al elevar la empresa a la categoría de multinacional.
O, al menos, eso le habían contado a Raph.
La prensa nunca era tan benévola. A pesar de todo, después de que Charles y Athena fallecieran en un accidente de coche cuando Raph contaba once años, él heredó su imperio, por su condición de hijo único.
Stanley no entró en el edificio. Al levantar la mirada hacia él desde la calle, se preguntó si lo dejarían entrar siquiera, a pesar de la placa con el apellido de su amigo que había en la puerta.
Habían acordado verse en el pub de enfrente.
Cuando habían hablado por teléfono, Stanley había sugerido que fueran a tomar algo, y Raph había dicho que lo más sencillo era quedar cerca de su oficina, sobre todo a esa hora tan temprana.
Stanley no había lavado la ropa en dos semanas, y la barba le crecía cada vez más enmarañada.
Se había planteado la posibilidad de afeitarse, pero había concluido que eso produciría un efecto contrario a sus intereses.
Se pasó los dedos por el cabello intentando contener las náuseas.
Notaba en el hombro el peso del bolso bandolera lleno de documentos y notas. En el fondo, no quería estar ahí.
Cuando abrió las puertas del Red Lion, una corriente de aire cálido lo envolvió, junto con el reconfortante parloteo de la gente y el entrechocar de vasos.
Había algo en los pubs que siempre lo animaba.
Cuando el proyecto lo abrumaba y necesitaba evadirse, arañaba el dinero suficiente para una pinta con el fin de poder sentarse a leer un libro en el rincón de un buen pub .
—¡Stan!
Raph lo saludó con la mano desde una mesa en un rincón, con una sonrisa radiante.
Llevaba un traje azul perfectamente entallado.
Al acercarse, Stanley se fijó en los pequeños detalles: el reloj Patek Philippe, los zapatos de diseño...
Qué narices: seguramente hasta su corbata valía más que todas las pertenencias de Stanley juntas.
Este dibujó en su rostro una sonrisa bien ensayada, con el equilibrio justo entre la alegría y la angustia. Al fin y al cabo, por eso estaba ahí.
Raph se puso de pie y lo rodeó con los brazos en un gran abrazo de oso.
Stanley notó el calor de su aliento en el cuello y, por un instante, se vio transportado a aquellas noches en el cementerio en que se acurrucaban para protegerse del frío; a aquellas sesiones de estudio en la biblioteca, en las que se dedicaban a memorizar el uno al lado del otro los textos de Ovidio y Séneca que les encargaba Waldman en vez de hacer los deberes de clase.
Era una vida distinta que conservaba borrosa en la memoria, refractada, como si la observara a través de un cristal grueso.
Raph lo soltó.
—¿Cómo has estado? —preguntó, más por instinto que por otra cosa. Stanley lo sorprendió examinando de forma furtiva su vestimenta antes de mirarlo a la cara. Su sonrisa vaciló unos instantes, como si temiera haberle hecho una pregunta indiscreta—. O sea..., ha pasado mucho tiempo, ¿no?
—Sí —dijo Stanley—. He estado mejor. Venga, vamos a sentarnos.
Se dirigieron hacia sus asientos, arrastrando los pies.
—¿Te apetece beber algo? —dijo Raph, volviendo la vista hacia la barra—. No te preocupes: yo invito.
—No estaba preocupado.
—No, claro. —Agachó la cabeza, como disculpándose—. No estaba insinuando que tú... Es solo que...
Stanley se rio. Aunque había planeado con todo cuidado aquel encuentro, había olvidado lo socialmente torpe que podía llegar a ser Raph.
—No pasa nada, Raph. Una copa estaría muy bien. Tomaré lo mismo que tú. Déjate de tonterías.
Raph sonrió. Parecía satisfecho de que su oferta hubiera sido aceptada. Stanley se sentó y esperó a que el otro regresara con las cervezas.
—Bueno, ¿cómo te ha ido? —preguntó Stanley una vez que Raph se hubo acomodado de nuevo—. Da la impresión de que te apañas bien solo.
Raph paseó la mirada por el local con aire tímido, como si estuviera avergonzado. Se tocó el reloj de pulsera.
—Bueno, el mérito no es todo mío, ¿sabes? No es exactamente la vida que había soñado, pero... en fin. Qué quieres que te diga. Ya sabes cómo va esto.
Stanley bebió un sorbo de cerveza.
—La verdad es que no.
—Vale, vale. —Alzó la mano con gesto conciliador—.
Claro que no. Lo que pasa es que..., cuando me gradué, prácticamente ya tenían este trabajo de oficina preparado para mí.
Como beneficiario del fideicomiso, en realidad no necesitaba el dinero, pero difícilmente habría podido negarme.
Es el legado de mis padres, pero todo gira en torno a finanzas, préstamos y cuentas. Una auténtica pesadilla.
—Suena estupendo.
—Sí, ¿verdad? Pero he estado intentando hacer cosas buenas. He aprovechado la poca influencia que tengo para reenfocar el rumbo de la empresa, hacer algo de obra social, como albergues para los sintecho o cosas así. Creo que a mamá le habría gustado.
—Eso está bien, Raph. —Le dedicó una sonrisa forzada. No quería sacar el tema demasiado pronto, pero Raph se lo estaba poniendo en bandeja—. Me parece admirable.
—Gracias.
Ambos guardaron silencio. La pregunta implícita quedó flotando en el aire: «Y a ti, Stan, ¿cómo te ha ido todo?». Pero Raph no quería parecer un entrometido. Escuchar detalles sobre la vida de Stanley sería incómodo, deprimente. Prefería evitarlo si era posible.
Stanley prolongó ese momento embarazoso durante unos segundos más de lo necesario, para que cualquier frase —o petición— fuera recibida con alivio. Tomó otro sorbo de cerveza.
—Oye, Raph, voy a ser sincero contigo. Necesito tu ayuda.
—Faltaría más —respondió el otro, con una presteza quizá un poco excesiva—. Algo dijiste por teléfono. Por un viejo amigo, lo que sea.
Stanley se inclinó hacia delante.
—¿Te acuerdas de que, cuando falleció el profesor, te conté que habíamos estado trabajando en algo, en una idea..., o, para ser más exactos, en un problema?
Raph asintió.
—No hablabas mucho de eso. Y, después de lo que sucedió en el funeral, casi no volvimos a... —Se le apagó la voz mientras dirigía la mirada hacia la ventana.
Stanley respiró hondo. Le parecía surrealista expresarlo en alto.
—Es algo trascendental, al menos en potencia.
Antes de morir, el profesor consiguió un avance importante.
He estado intentando reproducirlo, pero...
necesito más recursos. Necesito dinero, Raph.
Mucho dinero, si quiero hacer progresos.
Seguramente incluso más de lo que ganaría con un buen trabajo.
Eres el único que me puede ayudar. El único capaz de entender lo que pido.
—¿Cuánto?
—¿Quieres saber la verdad? Necesito construir un laboratorio entero. Te estoy hablando de una cifra de entre cincuenta mil y cien mil libras.
Raph parpadeó.
—¿En serio?
—Lo siento, Raph, pero... sí.
El otro asintió antes de consultar de nuevo su reloj.
Stanley captó la expresión de sus ojos, que decía: «Está loco, obsesionado con un hombre que murió hace dos años. No necesita dinero, necesita ayuda».
—Está bien, de acuerdo. Estoy dispuesto a escuchar tu propuesta. Quiero que me expliques ese problema y quizá incluso estaría interesado en... estudiarlo, pero...
—Pero ¿qué?
—Pero antes de que me lo cuentes todo, te pongo una condición. Quiero que incluyas a Jacques en el proyecto.
A Stanley se le ensombreció el rostro. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Por qué?
—Oye... Ya lo sé, ¿vale? Te entiendo. Pero si el origen de todo está en Waldman, creo que los dos tenemos derecho a saberlo.
Más que nada me interesa saber qué os traíais entre manos el profesor y tú, y Jacques estaba ahí con nosotros desde el principio.
Además..., bueno, seguramente tres cabezas piensan mejor que dos.
Stanley permaneció callado. Hubo un incómodo momento de silencio entre ellos.
—Oye —prosiguió Raph—. Es un amigo..., nuestro amigo, con independencia de lo que sucediera en el pasado. Merece participar en esto. Esta es mi oferta: o Jacques y yo formamos parte del proyecto, o no hay proyecto.
—Ni siquiera sé dónde está.
—Yo sí. De hecho, responde a mis cartas. Trabaja en una empresa importante de investigación y desarrollo de la ciudad..., algo relacionado con ordenadores y medicina, creo. Puedo llamarlo y...
—No.
—Stan. —Raph se inclinó hacia él, mirándolo a los ojos—.
La verdad es que... he estado preocupado por ti, recordando cómo eran las cosas en aquellos tiempos.
Los echo de menos, ¿sabes? Cuando estoy sentado en mi lujoso despacho, con la mirada perdida en mis papeles, a veces...
Me hizo ilusión recibir la carta en la que me decías que seguías en Londres.
Me entraron ganas de volver a reunir a la panda.
Los dedos de Stanley apretaron el vaso.
—¿Qué has hecho?