Disolución 8. Stanley 1957
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8. Stanley 1957

Stanley estaba sentado en la azotea de una vieja casa adosada de Brixton, sujetando una botella de ginebra medio vacía que pertenecía a su compañero de piso y que había sustraído del fondo de la alacena, mientras contemplaba los fuegos artificiales en la lejanía.

El ayuntamiento había organizado el espectáculo pirotécnico en Brockwell Park para celebrar el fin de año, y se alcanzaba a vislumbrar desde lo alto del edificio donde alquilaba una habitación.

Las personas que iban por la calle prorrumpían en exclamaciones de júbilo y asombro; un grupo de mujeres chillonas bailaba en la calzada; alguien descorchó una botella de espumoso.

A lo largo y ancho del mundo, la gente daba la bienvenida al año nuevo como un momento para renovarse, para volver a empezar de cero, al tiempo que hacía balance del año que dejaba atrás y los éxitos que había cosechado.

La humanidad en conjunto reflexionaba sobre dónde estaba, dónde había estado y adónde quería ir.

Stanley bebió un trago de ginebra y tosió.

Tenía ganas de reírse, pero no le resultaba fácil.

Sabía que, si lo intentaba, le saldría una carcajada áspera y estridente como el chirrido de un engranaje.

Pero ¿qué alternativa tenía? Si no podía reírse de aquello en lo que se había convertido su vida, quizá se vería obligado a tomársela en serio.

Echó otro trago.

Tosió de nuevo y escupió en el suelo. «La ginebra sola es un puto asco», pensó.

Al cabo de un rato, los fuegos de artificio lo agobiaron. Estallaban de forma repetitiva, como si intentaran expresar algo. Se preguntó qué conocidos suyos los estarían viendo, y con quién.

Hacía tiempo que no se comunicaba con sus excompañeros de Whelton.

Había intercambiado algunas cartas con Hugo, que aún estaba ahí, pero a este pronto le había dado por rememorar al profesor y el viejo club, por explayarse sobre lo distinto que era todo ahora que él no estaba, y Stanley no había sido capaz de seguir escribiéndole.

Se llevó las manos a los bolsillos y palpó el papel arrugado que llevaba en uno de ellos. Lo sacó, lo alisó y le dio la vuelta entre los dedos.

Era otra carta, de un remitente distinto.

¿Qué tal, colega? Sé que ya casi nunca respondes al correo, pero me he acordado de ti. ¿Sigues en Londres? Si es así, estaría bien que nos viéramos para ponernos al día. R.

Tras quedarse mirándola durante medio minuto, la arrugó de nuevo y se la guardó en el bolsillo.

Stanley no había vuelto a ver a Raph desde el entierro de Waldman, hacía año y medio. Desde la discusión. Desde que le había pegado un puñetazo en la cara a Jacques durante el funeral.

Apretó el puño y lo abrió de nuevo, intentando calentarse los dedos. Lo que habría dado por un par de guantes en ese momento. Había esperado que la ginebra lo ayudara a entrar en calor.

Suspirando, se recostó e intentó recordar qué incidente lo había desencadenado todo.

Era algo relacionado con su voluntad de impedir que Jacques mancillara la memoria de Waldman.

Le parecía que aquello había ocurrido hacía una eternidad.

Aunque los motivos se habían desvanecido, el sentimiento seguía allí.

La distancia había aumentado mes a mes hasta que se extendía entre ellos como un océano de resentimiento tácito, de autojustificación.

Cuanto más tiempo transcurre, más recuerda la gente lo que quiere recordar, la versión que más le ayuda a reafirmarse en lo que siente todavía.

Aunque Stanley lo sabía, esto no le servía de consuelo.

Se llevó la botella a los labios y dejó que la ginebra le quemara la garganta.

Al fin y al cabo, ¿qué había hecho él para honrar la memoria de Waldman?

Se había pasado año y medio trabajando sin descanso, intentando reconstruir lo que Waldman había destruido.

El profesor se había guardado muchos de los datos sin ponerlos por escrito o dejar constancia de ellos en ninguna parte.

Los confiaba a su memoria aparentemente perfecta, de modo que, al morir, se llevó consigo casi todo su trabajo.

Por más que Stanley se había esforzado por ejercitar su propia memoria, no se había imaginado que tendría que recordar los números y procesos exactos, minucias como los márgenes de error o los controles.

Para eso tenía a Waldman y había tomado apuntes, pero todos se habían perdido.

Al intentar reproducir sus avances solo se sentía como si tuviera las manos atadas a la espalda.

Aun así, se había dejado la piel. Había desempeñado varios empleos con poco futuro.

Había trabajado como limpiabotas en la estación de ferrocarril, como hombre anuncio por la calle, como limpiador de retretes.

Sabía que habría podido conseguir algo más estable y mejor pagado, pero cada vez que pensaba en solicitar un puesto, el pesimismo se apoderaba de él.

Una voz le susurraba que no merecía estabilidad, que no tenía madera de triunfador.

No; consagraba toda su energía mental a la reconstrucción del trabajo de Waldman.

Adquiría material de laboratorio en mercadillos de segunda mano, casi siempre en mal estado, y el resto lo robaba de los colegios.

Compraba ratas y ratones baratos para las pruebas en tiendas de animales.

Cuando comprendió que no tenía estómago para seguir haciendo eso, empezó a experimentar consigo mismo.

Empinó la botella de nuevo. El último chorrito de ginebra se escurrió entre sus agrietados labios. Tras ponerse de pie con dificultad, bajó por la escalera de incendios, entró por la ventana en la sala de estar, que no utilizaba nunca, y se dirigió hacia la puerta de su habitación.

Tenía tres cerraduras: abrió cada una de forma metódica. Su compañero de piso nunca le había preguntado a qué venía ese empeño por asegurar su puerta. Era una de las cosas que a Stanley le gustaban de él; que había entendido su deseo de que lo dejaran en paz.

La habitación era un caos de papeles y cables enredados.

Su cama —un pequeño colchón individual en un rincón— estaba cubierta de libros entreabiertos de entre cuyas páginas sobresalían marcadores y pedacitos de papel dispares.

En el centro del cuarto estaba lo que originalmente había sido un sillón de dentista que había sacado de un viejo contenedor.

Lo había desmontado hasta dejar solo el armazón de metal, rodeado y atravesado por cables.

Cerca del reposacabezas había un circuito de conmutación improvisado conectado a un enchufe y un par de tubos de vacío.

Ya no funcionaba. Se había estropeado el día anterior.

Stanley había conseguido arreglarlo hacía solo un mes, después de gastarse todo el dinero que le quedaba y robar algunas piezas en una tienda.

Se frotó la cicatriz de la herida que se había hecho en la pierna al trepar a una valla con pinchos mientras huía de los propietarios.

Ya no quedaba nada. Todo el tiempo, todo el esfuerzo y todo el dinero que había invertido habían acabado así, reducidos a un trozo de chatarra inservible.

Nada había funcionado. No se acordaba de los parámetros, de los datos obtenidos a través de cálculos meticulosos por el profesor y él mismo.

Volvía a sentirse exactamente igual que después del funeral de Waldman: solo, inútil y vacío por dentro.

Necesitaba dinero, pero, por encima de eso, necesitaba contactos, influencia.

Necesitaba todo aquello que le estaba vedado a un hombre de sus orígenes, a un hombre que pertenecía a la chusma.

Crispó los dedos en torno a la botella vacía. Pese a la sensación un tanto desagradable de que todo le daba vueltas, echó otro vistazo a la carta.

«¿Sigues en Londres?»

Raph era la única baza que le quedaba, su último recurso, aunque no tenía el menor deseo de acudir a él.

Durante cinco años se había guardado para sí la misión secreta del profesor sin hablarle de ella a nadie.

Y aunque Waldman había muerto, compartir esa información con otra persona se le antojaba una traición a su memoria, un acto de deserción.

Por otro lado, él no era el que estaba desertando. El profesor había decidido quitarse la vida sin más explicación que aquella siniestra nota. Había decidido abandonar a Stanley sin dejarle nada. ¿Acaso no era él quien había sido traicionado?

Por encima de todo, no quería reconocer su fracaso.

Sabía que Raph le ofrecería ayuda, se compadecería del pobre chico de clase trabajadora y gastaría la parte de su cuantiosa fortuna que hiciera falta para arreglar las cosas.

No le sería difícil convencerlo si se mostraba lo bastante desesperado y abatido, y apelaba a la caridad de Raph.

Pero detestaba la idea de humillarse así; representaría una confirmación de lo que todo el mundo le había dicho a lo largo de su vida: que no servía para nada; que, por su extracción humilde, había algo roto en su interior, algo que le faltaba, y nunca conseguiría nada por sí mismo.

Con un alarido de frustración, Stanley rompió la botella de ginebra vacía contra el inútil armazón metálico de la máquina averiada. Los cristales se esparcieron por el suelo. Apretando los dientes, cogió un bolígrafo para escribir una carta de respuesta.

El edificio Lazarus parecía fuera de lugar.

La reconstrucción de la ciudad después de los bombardeos alemanes y la tormenta de fuego de 1940 se había llevado a cabo con la mirada puesta en el futuro.

Las construcciones de ladrillo se habían reedificado más altas e imponentes para convertirlas en símbolos de la principal central eléctrica de la ciudad.