7 #4
¿Estamos llegando por fin a algo? ¿Esto guarda relación con lo que buscamos?
Sí.
Se acerca a uno de los ordenadores y se pone a teclear sin sentarse. Parece demasiado nervioso, como si estuviera cargado de electricidad. Yo estoy de pie en el rincón, donde paso totalmente inadvertida. Aunque él no advertiría mi presencia de todos modos.
¿Utiliza alguno de los aparatos?
El ordenador, sí. Está conectado al casco, que se enciende con un zumbido y un parpadeo de luces.
¿Se pone el casco?
Aún no. Se dirige al rincón opuesto de la habitación, donde hay un gran arcón de madera. Lo abre y saca de él la colección de trastos más estrambótica que podrías imaginarte.
¿Como cuáles? Dímelo, sin escatimar detalles.
Tablas pequeñas, trozos de madera, papel y tela. También hay botellas de vidrio, llenas de lo que parecen muestras de suelo distintas, y hierbas y plantas. Veo unas bolsas, pero no sé qué contienen. Y hay una especie de cuchillo ceremonial, grande y ornamentado.
Comienza a distribuir las botellas y las telas por la habitación como si llevara a cabo un ritual y, justo en el centro, enciende una cerilla y usa los trozos de papel y madera para hacer una hoguera —sí, una hoguera— en medio del salón, nada menos.
Tira cosas al fuego, hierbas y hojas. El aire se impregna de un olor a lavanda y algo más profundo y terroso, como un campo entero de tierra húmeda.
Su expresión es tan intensa que me cuesta mirarlo. Está tan absorto, tan concentrado que las arrugas de su frente parecen cortes. Trabaja de forma metódica; ahora está escribiendo una carta. De vez en cuando hace una pausa para alimentar el fuego.
¿Qué escribe?
No lo sé. No se me ocurre comprobarlo. Joder, estoy demasiado abstraída contemplando este rito de magia negra que mi marido ha decidido practicar solo un rato después de haberme conocido. Me da mala espina. Lo que está pasando aquí no puede estar bien.
Se pone el casco, se acerca al fuego y se sienta delante con las piernas cruzadas.
Se ha quitado la camisa, y el resplandor titilante de las llamas se refleja en su piel.
Por unos instantes no hace nada más que cerrar los ojos y respirar.
Por alguna razón, siento el impulso de acercarme, dar un par de pasos hacia él y arrodillarme hasta que mi rostro quede a solo un metro del suyo.
Me duele la espalda por el esfuerzo de agacharme hasta su altura.
Las luces del casco parpadean de nuevo, y el artilugio emite otro zumbido.
Stanley abre los ojos y me mira directamente.
—Lo sé —me dice. Pero ¿cómo puede dirigirse a mí? No estoy ahí—. Perdóname.
Se lleva el cuchillo al pecho y se hace un gran tajo en la piel; la sangre que brota de golpe salpica el suelo, cae sobre el fuego y sobre mí.
Un manto negro lo envuelve todo.
Me despierto con un estremecimiento en la bañera, junto a Stanley, en la época actual, en el Instituto. Desesperada, me quito el casco y lo tiro a un lado. Tú estás de pie frente a mí, con expresión severa. Una voluta de humo se eleva del cigarrillo.
—¿Qué coño ha sido eso? —digo. Stanley está en la silla, a mi lado, con el casquete aún puesto y los ojos cerrados. Un hilillo de saliva le cae de la boca—. ¿Qué diablos acaba de pasar?
—Deberías haberte retirado cuando te lo he indicado.
—No me vale —espeto, incorporándome. Salgo de la bañera con el cuerpo casi seco, dada la viscosidad del líquido—. Merezco que me expliques qué narices ha...
Stanley suelta un gemido leve y me vuelvo hacia él, preocupada. Cuando me inclino para limpiarle la saliva de la mejilla, abre los ojos. No veo en ellos más que a aquel chiquillo muerto de miedo que se desploma en el suelo al recibir un puñetazo. Lo rodeo con los brazos y lo estrecho contra mí.
—Ay, Stan —digo—. Te quiero. Y siempre estaré a tu lado. Nunca te abandonaré.
Posa en mí una mirada extraña, como si hubiera recordado algo pero no supiera muy bien qué. Me toma de la mano y la aprieta entre sus dedos.
—Es muy curioso, Maggie —dice—. A veces tengo la sensación de que te conozco de toda la vida.
Se me corta el aliento, porque se ha acordado; una parte de él se ha acordado de mí, del pub , del día que nos conocimos y de lo que dijo. Entonces pruebo una cosa que hacía mucho tiempo que no probaba.
—«He olvidado para qué te he llamado» —digo.
¿Por qué?
Es de Romeo y Julieta , su diálogo favorito, de la escena del balcón. Solíamos recitárnoslo el uno al otro antes de que lo olvidara. Antes de que se olvidara de mí.
—«Deja que me quede aquí hasta que lo recuerdes» —responde, y el corazón me brinca en el pecho. Respiro hondo.
—«Lo olvidaré para tenerte ahí siempre, recordando cuán grata es para mí tu compañía.»
—«Y yo permaneceré aquí, para hacer que te olvides una y otra vez, olvidándome de todo hogar que no sea este.»
Lo tomo de la otra mano y se la estrecho con todas mis fuerzas. Las lágrimas me corren por las mejillas. Y me invade la certeza más absoluta de que, si soy capaz de traerle eso a la memoria, puedo lograr que lo recuerde todo.
—¿Y ahora qué hay que hacer? —digo, alzando la vista hacia ti.