7 #3
Cuando el muchacho levanta la mirada, se me cae el alma a los pies, pues se trata de Stanley; no me cabe la menor duda de ello, y nunca lo había visto tan asustado. Siento ganas de correr hacia él, de cogerlo en brazos y estrecharlo con fuerza para protegerlo de aquel monstruoso personaje.
El hombre da un paso al frente, echa el brazo extendido hacia atrás y le asesta un fuerte puñetazo a Stanley.
El muchacho cae al suelo. Observo cómo se desploma y me llevo la mano a la boca.
Pero no puedo hacer nada al respecto, porque es solo un recuerdo, algo que sucedió hace tiempo.
Ay, Stanley. Nunca me lo contó; no podía, pero yo lo sospechaba.
Aunque no le habían quedado cicatrices físicas, las internas nunca habían desaparecido: su renuencia a hablar de sus padres o de su infancia; los respingos que daba cuando lo pillaba con la guardia baja, los que sigue dando cuando está inmerso en la bruma de un recuerdo perdido.
Recuerdo el día que llevamos a Leah a casa y Stan la sostuvo en brazos, con una expresión de lo más extraña en los ojos, una mezcla de férrea determinación y miedo, que ahora sé que era el miedo a cometer los mismos errores.
Ojalá hubiera podido decirle que no era posible.
Ojalá hubiera podido abrazarlo y decirle que resultaría ser un padre maravilloso.
El hombre, ahora encima de él, no da tregua. Por su postura, sus tambaleos y la torpeza de sus manoteos, me doy cuenta de que está borracho como una cuba. Pero Stanley es muy pequeño y se encoge aún más bajo aquella lluvia de golpes, como si fuera a desaparecer.
Contemplo la escena a través de la ventana, llena de impotencia. No quiero ver eso. Quiero largarme. Quiero huir de ahí.
—Sácame de aquí —imploro, esperando que me estés escuchando—. Llévame de vuelta. Por favor.
Noto otro tirón… y estoy fuera.
¿Vuelves a estar conmigo?
No, no exactamente. Vuelvo a estar en el Merchiston Arms, como si me hubiera quedado a medio camino cuando me estabas transportando hacia fuera, hacia el presente.
Estoy en el mismo asiento de antes, pero jadeando y con el rostro arrasado en lágrimas.
Algunos de los clientes que me rodean me miran con preocupación, como si fueran partes de la conciencia de Stanley que intentan encontrarle un sentido a mi presencia.
Pero ni mi yo más joven ni Stanley me miran.
Solo tienen ojos el uno para el otro.
Respiro hondo para intentar tranquilizarme.
El corazón me late con tal fuerza que me duele la cabeza.
Observo a mi otra yo —aún tan joven y guapa, la condenada— mientras anota una dirección para Stanley, el lugar y el momento que han acordado para volver a reunirse en un futuro próximo, con la promesa de que ninguno de los dos faltará.
Recuerdo que eso sucedió de verdad. Recuerdo haber estado ahí.
Eso me ayuda a poner los pies en el suelo.
Stanley le dedica una amplia sonrisa y un remedo de saludo militar que, sinceramente, sigue siendo la cosa más adorable que he visto jamás, y ella se levanta y sale por la puerta.
En cuanto desaparece, Stanley exhala un profundo suspiro, como si hubiera estado conteniendo algo gigantesco en su interior y por fin lo hubiera liberado. La sonrisa se le borra de la cara, y no sé qué va a ocurrir a continuación. No estaba presente en ese momento.
Pero él sí. Y tú estás dentro de su mente.
Oigo de nuevo tu voz. «Tienes que salir, Maggie. Si hay un límite de tiempo, es por una razón.»
No obstante, aunque percibo el deje de advertencia, algo en el cambio de expresión que se ha producido en su rostro hace un momento me dice que debo quedarme. Noto que tiras otra vez de mí. Ahora el propio Stanley se pone de pie y se encamina hacia la salida.
Vuelves a presionarme dentro de mi cabeza, reiterando que debo irme.
¿Y tú qué haces?
Me resisto a ti con uñas y dientes. No me atrevo a empujar demasiado fuerte por temor a adentrarme de nuevo en sus recuerdos, pero te relego a un rincón de mis pensamientos.
Protestas, me lanzas advertencias e incluso amenazas.
Pero, ignorando en la medida de lo posible tus reproches, me pongo de pie, sigo a Stanley y salgo tras él al frío de la calle.
Bien hecho.
¿Por qué sonríes? Te acabo de decir que pasé de ti.
A veces es lo que merezco. ¿Adónde se dirige Stanley?
No caminamos durante mucho rato, por fortuna, pues tengo los vetustos huesos calados de frío.
Lo sigo de cerca, aunque a distancia suficiente para no perturbarlo o alterar el recuerdo en modo alguno.
Él avanza con paso decidido y vivo, y, aunque voy detrás y no le veo la cara, su postura irradia una muda determinación, el deseo de despachar un asunto de una vez por todas.
Después de atajar por calles laterales de Vauxhall durante unos cinco minutos, baja los escalones de un apartamento en sótano que no he visto nunca. Cuando él residía en Londres, vivía en un piso compartido de tres dormitorios en una tercera planta. ¿Qué es este lugar?
Saca una llave, abre la puerta con ella y cruza el umbral.
Yo consigo abrirla también y entrar tras él.
No sé si es porque no ha echado el cerrojo o porque al recuerdo le dan igual esos detalles.
El recibidor está a oscuras, y Stanley no se toma la molestia de encender la luz hasta que llega al salón.
Cuando pulsa el interruptor, me quedo boquiabierta.
¿Por qué?
Es una habitación... extraña. Da bastante grima, de hecho.
No hay sofás, sillas ni mesas. Alguien se ha llevado todo eso.
Las ventanas están tapadas con lonas. A lo largo de la pared negra, hay una hilera de ordenadores antiguos sobre escritorios alargados cubiertos de cables y engranajes que giran, además de algunos aparatos que no reconozco.
A un lado hay un sillón como de dentista o de alguna otra especialidad médica con un casco grande envuelto en cables.
Por toda la habitación hay frasquitos que contienen líquidos distintos.
Algunos parecen orina y sangre, pero el ambiente es inodoro, casi clínico.
¿Qué hace exactamente Stanley?