Disolución 7 #2
33%

7 #2

Cada vez que la puerta se abre, me estremezco. En cambio, Stanley está ahí sentado tranquilamente con su libro, iluminando el local entero con su apacible concentración. Y sé que, de no ser por esos años oscuros y vacíos, no lo habría conocido ni habría disfrutado de todo lo que vino después.

La puerta vuelve a girar sobre sus bisagras, y una racha gélida entra de golpe. Aunque una parte de mí quiere desviar la vista, miro hacia allí y veo a mi yo de veintinueve años cruzar el umbral.

Por poco me caigo de la silla.

¿Tan mala pinta tienes?

¡Al contrario! Es... Estoy... estoy guapísima.

Tengo el cutis terso, incluso brillante.

Mi cabellera, espesa y reluciente, aún conserva la ondulación de mi adolescencia.

Destilo una seguridad en mí misma que en realidad no adquirí sino hasta mucho después.

No lo entiendo. Estoy deslumbrante. Eso no me cuadra para nada.

No son tus recuerdos, sino los de él.

Pero si ni siquiera me está mirando. Tiene la nariz metida en su libro en el momento en que entro en el pub .

El cerebro contextualiza y, cuando ignora una respuesta, la inventa. Quizá esa no sea la imagen que recuerdas de ti misma, sino la que guarda él en su memoria. Con independencia de la persona que seas ahora o que fueras en ese momento, él te ve así.

Por Dios, Hassan, ahora estoy llorando. Soy una señora mayor atrapada en una puta piscina y estoy llorando.

Ella entra —yo entro— y recorre el local con la vista.

Solo quiere tomar una copa, pasar la tarde de alguna manera antes de tener que volver a casa y enfrentarse de nuevo a la deprimente situación en la que vive.

O quizá debería decir «en la que yo vivía», pero la chica que tengo delante, la de hace cincuenta años, está tan alejada de mi yo actual que me cuesta considerar que somos la misma persona.

Joder, ¿por qué me lo pones tan difícil?

Puedes hablar de ella en tercera persona, si lo prefieres. Te entiendo.

Al pasear la vista por el lugar —algo que yo misma recuerdo con absoluta nitidez—, advierte que solo puede sentarse al lado del hombre callado que lee un libro en un rincón.

Todos los demás asientos están ocupados, y no le apetece instalarse en la barra.

A los bármanes, por lo general, les gusta dar conversación a las clientas, y la conversación tiende a degenerar en comentarios lascivos.

Así que se acerca al... Un momento.

¿Qué pasa?

Estoy sentada a una mesa alta, cerca de Stanley —yo, la vieja chocha que se ha colado en sus recuerdos—, y por eso no hay asientos libres.

Porque he ocupado el último que quedaba.

Sin embargo, tampoco en mis recuerdos había asientos libres.

Así que ¿quién era la persona sentada a esa mesa? ¿Por qué no está aquí ahora?

Te estás fijando en los detalles sin importancia. Concéntrate en Stanley.

Me has dicho que me concentre en todos los detalles.

Era una generalización. Hay momentos en que debes concentrarte en cosas concretas. Este es uno de ellos. Si no me lo dices ya, se te escapará de la mente. Lo pasarás por alto. ¿Qué estás haciendo ahora?

Contemplo cómo mira a Stanley. Está sentada frente a él, con una pinta de cerveza rubia en la mano porque le durará más, y lo observa con descaro.

Aunque él no despega los ojos del libro, sin duda se da cuenta.

¿Por qué ella no le dice nada? Hay algo en él, en su postura, en su expresión, que la cautiva por completo y, sin embargo, no puede hacer otra cosa que mirarlo fijamente.

Ostras, me pongo de los nervios solo de verla.

Me entran ganas de saltar por encima de la mesa y darle una bofetada.

De pronto, él levanta la vista y repara en ella.

No le dice nada.

Simplemente le sostiene la mirada.

Y, por un momento que se me hace eterno, el pub se desvanece y se abre un espacio entre ellos, un vacío aislado del resto del tiempo y el espacio.

Vibra y se expande como si sus rostros fueran agujeros negros que se atrajeran entre sí a tirones y desgarrones.

Y, por un momento, temo que todos seamos absorbidos por su irresistible intensidad.

Pero entonces él sonríe.

Madre mía, qué sonrisa. Incluso ahora siento mariposas en el estómago, por partida triple: siento mariposas al mirarlo, al observarme a mí misma mientras me lo como con los ojos y al contártelo a ti. Cada cosa exacerba la anterior.

De pronto, él abre la boca y, aunque no estoy lo bastante cerca, sé exactamente qué dice porque llevo sus palabras grabadas a fuego en la piel desde ese día.

—¿Nos conocemos?

Ella niega con un gesto, aún embelesada por esos ojos.

—Me... —empieza a decir él, pero se atranca. Suelta una risita, avergonzado, lo que solo hace que me parezca más entrañable. Al verlo mover los labios, articulo las palabras al mismo tiempo que él—: Me siento como si te conociera de toda la vida.

Se sonroja. Ella se atusa el cabello —esa melena con un cuerpo y una ondulación que parecen imposibles— y se lo acomoda detrás de la oreja. Le dedica una sonrisita que leo como un libro abierto. Le está diciendo: «Me he enamorado perdida e irremediablemente de ti. Tómame. Soy tuya».

Se ponen a hablar, al principio despacio, con titubeos y cesuras, pero no tardan en adquirir fluidez.

Se enfrascan hasta tal punto en la conversación que se olvidan de sus copas.

El libro acaba tirado a un lado. Charlan de todo y de nada: la vida, arte, historia, pubs .

Apenas hablan de sí mismos, pero da igual: ya saben todo lo que necesitan saber.

Aunque no alcanzo a oírlos, recuerdo con claridad tanto el diálogo como lo que me hizo sentir.

Están hablando de libros que ella no ha vuelto a leer desde la adolescencia, lo que reaviva un amor por las letras que casi había olvidado que tenía.

Al cabo de media hora, baja la mirada y se percata de que no ha tocado su cerveza.

No recuerda cuándo fue la última vez que eso ocurrió.

En un par de ocasiones, sin querer o por autosabotaje, se le escapa alguna confesión que está segura de que lo estropeará todo, algo sobre el lugar donde vivíamos en ese entonces, una sórdida comuna okupa que solo estaba uno o dos escalones por encima de dormir en la calle, o sobre nuestra actividad diaria, que en esencia se reducía a recuperarnos de la juerga de la víspera y a gorronear dinero para costearnos la siguiente.

Por un instante, ella agacha la cabeza, avergonzada, temiendo ser juzgada con la misma dureza que la distanció de sus padres, pero, cuando alza la vista, descubre para su asombro que a él eso le da igual.

No le interesa dónde vive. Quiere saber quién es.

Al contemplar aquí sentada las largas miradas silenciosas, los ojos vivaces y el fervor apasionado con que departen, empiezo a enamorarme de él otra vez.

Me miro las manos para asegurarme de que siguen ahí, y son las manos arrugadas de una anciana.

Este no es el cuerpo del que él se enamoró.

Estas no son las manos. Me vienen ganas de cortármelas, de quemarlas.

Entonces oigo que tu voz me habla con suavidad, lo que me produce un cosquilleo en un recoveco de la conciencia.

«Es hora de que salgas de ahí, Maggie —dices—. Es suficiente por ahora.»

Levanto los ojos hacia los dos. Hacia él y hacia mí. No quiero perderme este momento.

«Maggie. —Esta vez tu voz suena más clara, más imperiosa—. Tienes que irte.»

—No —susurro—. No puedo.

«No te queda otra.»

Noto un tirón, como si alguien me hubiera echado un lazo al cerebro y lo arrastrara hacia atrás, y se me corta la respiración, como durante esa fracción de segundo en la que te das cuenta de que te estás cayendo de espaldas en tu silla.

El pub se oscurece y empiezo a desvanecerme, al igual que Stanley.

«No», pienso, y, de alguna manera —dejándome llevar por un instinto profundo que no sabía que estaba ahí—, doy un tirón en la dirección contraria, con tal fuerza que salgo despedida del momento, del Merchiston Arms, y me zambullo en un caleidoscopio de instantes e imágenes, adentrándome cada vez más en la mente de Stanley.

Una vasta extensión de desierto; una linterna en una cueva con símbolos ancestrales parpadeando en las paredes; una especie de laboratorio donde experimentan con ratas; un hombre colgado de una cuerda en una habitación lóbrega.

Todo se mueve con demasiada rapidez para que pueda centrarme en una sola imagen.

Me detengo con una sacudida. Estoy fuera, en la oscuridad, y hace un frío que pela. Esta vez no se produce una adaptación gradual de la memoria, como antes. Me tiemblan los huesos y me duele el cuello a causa del latigazo cervical de su inmediatez.

Cuando los ojos se me acostumbran a la penumbra, veo la nieve bajo mis pies. Siento el diminuto pinchazo gélido de cada uno de los copos que se posan en la piel de mis brazos desnudos. No llevo la ropa adecuada para esto.

Abrazándome el torso, miro alrededor. Estoy en un pequeño jardín, iluminado solo por las farolas que se alzan detrás de mí y por el duro resplandor blanco amarillento de la luz artificial que procede de la ventana situada delante de mí.

Doy unos pasos hacia ella, echo un vistazo al interior y, al otro lado de la cocina, a través de una puerta que da al salón, vislumbro a un niño que está de pie, solo.

Tendrá unos siete u ocho años, y permanece extrañamente inmóvil, con la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo.

Cuando me desplazo un poco a la izquierda para obtener una perspectiva más completa de la escena, veo a un hombre que gesticula y grita frente a él.

Aunque el sonido me llega amortiguado a través de las habitaciones y el cristal, percibo el tono; la ira, la furia.

El chico no dice nada ni realiza el menor movimiento, salvo por el gesto de negación casi imperceptible que hace con la cabeza.

El hombre profiere un berrido tan fuerte que alcanzo a distinguir las palabras:

—¡Mírame cuando te hablo, joder!