Disolución 7
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Estás en el Instituto, con Stanley y conmigo, y te has sumergido en la pala de memoria.

Sí, lo recuerdo con nitidez. Me pongo el casco, y mi entorno cambia.

¿Adónde te transporta?

Al principio me envuelve una negrura, pero es más profunda que el negro. Más vacía. Entonces empiezan a materializarse formas, como...

¿Como qué?

¿No te ha pasado que, al despertar de un sueño especialmente vívido, todo sigue pareciendo tan tangible en tu mente que es casi como si bastara con alargar la mano para tocarlo?

Cuando lo haces, las cosas empiezan a desaparecer.

Intentas recuperar un momento, algo que ha dicho alguien, o visualizar el lugar en el que te encontrabas, pero todo se te escurre entre los dedos.

¿Adónde se va? A ninguna parte. Desaparece en la nada. En el vacío.

Estoy en ese vacío, experimentando el proceso inverso al olvido de un sueño.

El mundo cobra forma a mi alrededor, no solo en el sentido físico, sino también mental.

Cognitivamente: adquiero conciencia del momento, el lugar y el contexto, como si desenterrara un recuerdo fundamental.

Poco a poco me doy cuenta de dónde estoy.

Es un pub , y no un pub cualquiera, sino el Merchiston Arms, de Londres.

¿Lo conoces?

Claro que lo conozco. He estado ahí muchas veces.

Pero no es por eso por lo que lo identifico ahora mismo.

Lo he reconocido del mismo modo en que se reconocen las cosas en un sueño: sin razón aparente y sin explicación.

Uno simplemente las reconoce. Y en cuanto comprendo por qué estoy aquí, me baja un escalofrío por la espalda.

Me has pedido que elija un recuerdo que comparta con Stanley, un vínculo entre los dos, y aunque no lo he pensado a fondo, tiene todo el sentido del mundo.

Es el único lugar lógico. Estoy en el Merchiston Arms, en Vauxhall Bridge Road.

Son las ocho y cuarto de la noche del 15 de enero de 1967. Hace frío.

¿Por qué estás ahí?

Es donde nos conocimos Stanley y yo. Es el recuerdo más nítido que conservo, más intenso que el del día de nuestra boda o de cualquier otro acontecimiento posterior, salvo tal vez el nacimiento de Leah, aunque este no giraba en torno a nosotros, no de la misma manera.

Lo recuerdo con más claridad que mi propio rostro tal como es en la actualidad.

En más de un sentido, fue el primer día de mi vida.

Estoy en un rincón del pub , y todo parece de lo más real. Este recuerdo..., es como si estuviera ahí en realidad. Pero al mirarme las manos descubro que soy yo, la de ahora, con mis arrugas y todo. Simplemente estoy ahí, de pie.

Tu cerebro construye una imagen de ti misma en ese recuerdo. No eres más que una observadora.

Noto el calor del fuego que crepita en el rincón, mezclado con la calidez más sutil e íntima de los clientes que no paran de entrar y salir.

Cada vez que la puerta se entreabre, una ráfaga de aire invernal irrumpe en el establecimiento y se extingue enseguida.

Esto está lleno de vida; de conversaciones animadas.

Caigo en la cuenta de lo mucho que he echado de menos conversar.

Dios, cuánto he echado de menos a la gente.

Me percato de que estoy recorriendo la sala con la mirada, desde la barra, donde los camareros tiran cerveza y sirven copas de vino, hasta las personas que están sentadas con la carta en la mano, pidiendo platos de patatas fritas, pero por nada del mundo miro hacia el rincón de mi izquierda.

¿Por qué no?

Porque es donde está Stanley. Sé que está ahí. Lo recuerdo perfectamente. Pero si me vuelvo y lo veo, de nuevo joven, en forma y con sus facultades intactas, no sé si mi corazón lo soportará.

Me encamino hacia la barra, paseando la vista alrededor, maravillada por la tecnología que habéis desarrollado.

Todo parece real; cada sonido, el tacto de cada superficie, los deliciosos aromas de la comida típica de pub procedentes de la cocina.

Apoyo la mano en la dura madera de un taburete desocupado antes de sentarme en él.

—¿Qué te pongo? —pregunta el barman.

Me quedo boquiabierta. Estoy en un recuerdo, creo. Uno de los recuerdos de Stanley. ¿Cómo es posible que el barman se dirija a mí? No estoy aquí.

Porque no es real, sino solo un recuerdo.

Al cerebro humano se le da muy bien contextualizar, explicar cosas que no tienen sentido.

Tú, una conciencia foránea, te has infiltrado en los recuerdos de Stanley.

Su subconsciente hace lo único que puede: recordarte pidiendo una copa. De lo contrario, ¿por qué estarías ahí?

Sí... Eso me lo explicas más tarde también, cuando te pregunto al respecto.

Empiezo a recordarlo. ¿Por qué me acuerdo de unas cosas y no de otras?

Casi todo esto me va viniendo a la mente a medida que te lo cuento, pero...

la memoria no funciona así. ¿Por qué soy incapaz de recordar lo que ocurre a continuación?

Eso no importa ahora mismo. Lo importante es esto, el aquí y el ahora. Concéntrate en ello, o es posible que se te vaya de la cabeza.

Pero si...

No querrás perder este recuerdo, ¿verdad, Maggie? ¿Quieres que desaparezca para siempre?

No, por nada del mundo.

Pues entonces concéntrate. El barman te pregunta qué quieres beber.

Al final le pido un gin-tonic . No sé cuánto rato me quedo mirándolo con la boca abierta, pero él se lo toma con mucha calma.

Cuando por fin me sirve mi copa, me la llevo a los labios.

Está buenísima, fresca y vigorizante, con un toque de pepino.

Pese a su amnesia, Stanley sabe evocar un buen gin-tonic .

No es hasta ese momento cuando me vuelvo.

Y lo veo.

¿Qué aspecto tiene?

No se parece a ningún hombre que haya conocido.

¿A qué te refieres?

Es muy guapo, pero es más que un hombre.

Es... Intentaré explicarme: a los dieciséis años asistí a una fiesta nocturna en el jardín trasero de mi amiga Ella.

Era uno de esos jardines enormes que lindan con el bosque, de modo que cuesta distinguir dónde empieza y dónde acaba.

Aunque según ella se trataba de una fiesta, en realidad no era más que un grupo de personas reunidas para emborracharse lo más posible en torno al rugido de una hoguera.

En aquella época teníamos ese fuerte instinto destructivo que solo se da en los adolescentes, creo.

A algunos nos gustaba romper cosas, pero por lo general lo que nos iba era la autodestrucción.

Teníamos amigos que compraban cocaína bajo mano a médicos yonquis y cannabis en trastiendas de garitos de jazz .

El objetivo era pillar la borrachera o el colocón más grande antes del amanecer, acabar en el estado más lamentable posible.

Pero preparamos una hoguera. Todos colaboramos, y era enorme: habíamos cortado unos troncos en el bosque de los alrededores y, a lo largo de toda la noche, no parábamos de arrojar leña para que no dejara de arder.

En cierto momento, quizá a las tres o cuatro de la madrugada, me quedé mirándola.

Estaba muy pedo y bastante drogada. A mi alrededor, todos empezaron a caer como moscas; les fallaban las piernas y su mente se desintegraba hasta que quedaban reducidos a cuerpos durmientes que habría que rehidratar por la mañana.

Y, en medio de toda esa destrucción y decadencia, el fuego seguía ardiendo, más resplandeciente que nunca, como una especie de dios del sol egipcio que había acudido para iluminar los momentos más oscuros de nuestra vida.

Al final perdí el conocimiento, rendida por la bebida, el baile y los toqueteos en la oscuridad; de eso se trataba.

Ese era el objetivo final. Y cuando desperté por la mañana, convertida en otro de los despojos humanos que habíamos creado, me sentí muy vacía.

Es lo que se siente al estar resacosa y de bajón.

Era como si me hubieran arrebatado todas las ganas de diversión.

Pero el fuego seguía encendido. Me arrimé a él y sentí el calor de aquel faro luminoso.

De pronto, casi como si experimentara una revelación religiosa, tomé conciencia del impulso autodestructivo en mi interior y lo rechacé.

Me invadió el anhelo de crear, de crecer, de vivir, aunque solo fuera para no defraudar a ese fuego.

Ese fuego cambió mi perspectiva durante todo el día.

Pues eso es justo lo que siento al ver a Stanley ahí sentado, en el rincón, leyendo un libro en silencio.

Madre mía, Hassan, creo que el corazón me ha dado un vuelco. No estoy preparada para esto.

¿Qué ocurre entonces?

Me levanto del taburete y me acerco un poco a él, hasta una mesa situada a un par de asientos del suyo.

En cualquier momento entraré por la puerta y se producirá nuestro primer encuentro.

Me siento como si me aproximara a unos ejemplares de fauna salvaje en la selva; quiero estar lo más cerca posible sin perturbar lo más mínimo la escena.

Aunque sé que no es más que un recuerdo, ya he comprobado que los recuerdos pueden cambiar.

Pero ¿sabes qué no me hace ni pizca de ilusión?

¿Qué?

Verme a mí misma. Tienes que entender que estaba hecha un desastre en ese entonces.

Había tocado techo en mis estudios, y considerar eso un techo te dará una idea de lo penosa que había sido mi vida.

Cuando entré en ese pub , llevaba una década encadenando fracasos y empleos sin futuro, estaba soltera —algo que mis padres no paraban de recordarme— y me había pasado buena parte de los últimos cinco años intentando convencerme de que mi consumo de drogas no era una adicción.

Joder, no solo era un desastre; era el Titanic .

Tenía el cabello revuelto y los ojos hundidos, y estaba al borde de la anorexia.

Puaj. No tengo ningunas ganas de volver a ver esa faceta de mí misma.