Disolución 6. Stanley 1955 #5
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6. Stanley 1955 #5

Se negaba a aceptarlo. No se limitaría a cruzarse de brazos con resignación. Ya no. No sabía a qué narices estaba jugando Waldman, pero subiría de nuevo a su despacho y le exigiría que le contara la verdad de una vez por todas.

Stanley subió la escalera de caracol hasta el despacho del profesor, pisando fuerte de modo que cada paso retumbaba en el edificio.

Cuando llegó frente a la puerta, respiró hondo.

Pese a la frustración que lo embargaba, no quería gritarle al viejo.

Lo apreciaba. Solo quería saber qué estaba pasando. Quería respuestas.

Abrió la puerta a la oscuridad del interior. Todas las contraventanas estaban cerradas.

—Profesor...

Apenas veía nada hasta que los ojos se le acostumbraron a la penumbra. Había una forma grande en el centro de la habitación, como un pilar o una alfombra tendida a secar. Stanley se le acercó y, de pronto, se le cortó la respiración.

Era una persona que se mecía en el aire, colgada por el cuello. Un hombre.

Waldman.

Stanley se quedó mirándolo, sin poder o querer dar crédito a lo que veía.

Dio unos pasos hacia delante y lo tocó. Tenía la piel fría, pálida y endurecida.

Aturdido, Stanley rodeó el cuerpo, incapaz de mirarlo directamente a la cara y fijándose solo en los pequeños detalles: las manos grises e hinchadas; los zapatos; la camisa medio sacada del pantalón.

La soga en torno al cuello había tirado de ella hacia arriba.

Stanley pensó que eso no le habría gustado nada a Waldman, que no aprobaba que la gente llevara la camisa por fuera. Lo detestaba.

La cuerda estaba enrollada en torno a un gancho en el techo y bien sujeta a la ventana.

El hombre simplemente pendía ahí, exánime, balanceándose.

Aún preso del aturdimiento, Stanley desató el nudo y el cuerpo cayó, rígido.

Dio la impresión de que, en cuanto impactara contra el suelo, se desmontaría como un maniquí y cada extremidad se iría rodando en una dirección distinta.

Stanley cerró los ojos, reprimiendo el llanto.

Se sentó junto al cadáver y contempló sus ojos lechosos. Se inclinó para intentar cerrárselos, pero se resistían a causa del rigor mortis . Tras manipular con torpeza los párpados durante unos momentos, consiguió al fin que quedaran cerrados.

Permaneció un rato sentado al lado de aquello —no, al lado de él — y lloró.

Abrazó a Waldman, el hombre que se lo había enseñado todo, que le había brindado una nueva vida, y notó la aspereza de la soga que aún le rodeaba el pescuezo. Waldman había derribado de una patada el taburete al que se había subido.

Primero despacio, y luego de forma más frenética, Stanley desanudó la cuerda a tirones. No quería que estuviera ahí. No quería seguir viéndola en torno al cuello del hombre que se había convertido en su mentor, su amigo, su padre.

La arrojó a un rincón sombrío de la habitación. Mientras estaba ahí sentado, mirándola, lo asaltó una certeza.

El profesor jamás habría hecho algo así. Era imposible. Nunca habría tomado la decisión de abandonarlo de ese modo. A menos que estuviera convencido de que no le quedaba otra salida.

Así que... ¿por qué?

¿Qué había pasado por alto Stanley? ¿Qué se le había escapado?

Desesperado por encontrar respuestas, se tambaleó por la habitación, hurgando en cajas y cajones.

No había nada; todo aquello en lo que habían trabajado, todo lo que habían recopilado, había quedado destruido o no estaba ahí.

Incontables páginas de notas dictadas por Waldman y escritas a mano por Stanley habían desaparecido, ardido en la chimenea o estaban hechas trizas.

En sus últimos momentos había tirado por la borda años de investigación y experimentación, una vida entera de trabajo.

En las esquinas y restos de los papeles que habían escapado a las llamas se alcanzaban a leer fragmentos de palabras y frases como «... entrelazamiento de memoria», «CROATOAN», «ápeiron», que no significaban nada para él.

Fue entonces cuando reparó en que, sobre el escritorio de Waldman, había una hoja de papel, con caracteres braille impresos por medio de la regleta y el punzón, sin duda una nota de despedida que Waldman había escrito antes de quitarse la vida.

Deslizó los dedos por los puntos en relieve. El mensaje solo decía:

« Odisea . Trad. Murray. Canto XII. Versos 118-119.»

Stanley se quedó mirándolo. No le hacía falta consultar el libro.

Los clásicos, en sus diversas traducciones, habían quedado grabados a fuego en su memoria a lo largo de los años.

Los renglones acudieron de inmediato a su mente: en ellos, Circe advierte a Odiseo sobre las sirenas, y luego sobre los monstruos Escila y Caribdis.

«Un azote inmortal, terrible, funesto e invencible, contra el que es inútil luchar; no hay defensa posible.»

Al coger el papel descubrió que debajo había otra hoja en la que, garabateadas en tinta roja con la letra irregular de una mano ciega que había perdido la práctica de escribir, se leían dos palabras con claridad:

«ESTÁ HAMbrIENTA.»