6. Stanley 1955 #4
—Simplemente no vale la pena.
—Pero nos estábamos acercando. —Stanley se levantó—. Sobre todo su descubrimiento respecto a la red neuronal fue...
—Te digo que se ha terminado —lo cortó Waldman tensando todo el cuerpo y aferrándose a la mesa—. Se trata de la obra de mi vida, no de la tuya. ¡Y si te digo que se acabó, se acabó!
—No lo entiendo —musitó Stanley, pero le costaba oírse por encima del fragor de sus pensamientos. Se había entregado en cuerpo y alma a aquel proyecto; sin eso, no había futuro para él, no tenía adónde ir.
Waldman, que seguía de espaldas a él, tenía el ceño fruncido. Stanley lo sabía sin necesidad de verle el rostro; su cuerpo entero tenía una expresión ceñuda.
—Oh, vamos, profesor —probó Stanley—. ¿De verdad espera que me crea que se ha rendido, sin más? Para el caso, es como...
—¡Basta! —espetó el hombre. Stanley retrocedió un paso de forma instintiva—. No hay más que discutir. Se ha acabado. Olvídalo. Olvida todo lo que hemos hablado. Es inútil. Ve y vive tu vida. Consigue un trabajo, forma una familia.
Stanley alargó el brazo para posarle la mano en el hombro.
—¿A qué viene esa actitud? ¿Qué ha pasado?
Waldman se quitó su mano de encima.
—Tienes una ceremonia a la que asistir. Nos vemos ahí.
Refunfuñando para sí, se alejó con paso lento hacia la puerta de su habitación, sorbiéndose la nariz. La cerró con un movimiento fluido, dejando a Stanley solo y desconcertado en el despacho, mientras las contraventanas repiqueteaban con suavidad, agitadas por el viento.
Stanley se saltó la ceremonia de graduación.
Le parecía absurdo: un paripé de una formalidad excesiva para intentar aparentar que había pasado sus últimos años en un entorno académico rebosante de vida y amistad.
Ni siquiera había informado del evento a sus padres, que tampoco se habían molestado en preguntarle al respecto.
Al principio, Jacques y Raph lo habían presionado para que asistiera, así que llevaba un traje y una corbata prestados que le daban demasiado calor y lo hacían sentirse como un tonto.
Por otro lado, después de su riña con Waldman, lo que menos le apetecía era participar en ese circo en el que los alumnos intercambiarían apretones de mano, pronunciarían discursos trillados, se felicitarían unos a otros y se mofarían de él con su silencio.
Ya se disculparía con Jacques y Raph más tarde.
En vez de ello, fue a sentarse en el cementerio situado frente al edificio principal del colegio, adonde Raph y él acudían cuando necesitaban un respiro de la monotonía de la jornada escolar.
Mientras contemplaba las losas desmoronadas y moteadas, se preguntó qué demonios estaba sucediendo.
Waldman y él habían llevado a cabo progresos recientes, logrado hitos que antes consideraban inalcanzables.
No acertaba a imaginar por qué debían renunciar a ello a esas alturas.
¿De verdad habían llegado al final del camino?
¿Tendría que marcharse de Whelton y centrarse en...
qué? Estudios universitarios que consistirían en más de lo mismo.
Conseguir un empleo, una casa. Diluirse en un mundo que ya lo había rechazado.
Intentando contener las lágrimas, se puso de pie y comenzó a pasearse entre las lápidas.
Aunque no sabía cómo, había metido la pata, pero, más que eso, se sentía como un fraude. No era una sensación nueva para él. Estaba acostumbrado a defraudar a todos los adultos de su vida, pero no al viejo. Nunca a Waldman.
Una mano lo agarró del hombro.
Al girar en redondo, se encontró frente a una anciana que lo aferraba como si la vida le fuera en ello.
—Stanley —dijo.
Se quedó mirándola. Le resultaba extrañamente familiar, pero no lograba identificarla.
Era como cuando uno ve a una celebridad menor que sale en una película cuyo título no le viene a la memoria.
Lo invadió la intensa sensación de que la había visto antes, aunque no recordaba dónde, cuándo ni en qué circunstancias.
—¿S-sí? —Miró a derecha e izquierda. El cementerio estaba desierto; no había nadie más—. ¿Quién es usted?
—¿Cómo podemos frenarla? Tienes que saberlo. ¿Cómo se para?
—No... —Intentó retroceder un paso, pero la mano de la mujer se lo impidió—. No sé de qué me habla.
Ella arrugó el entrecejo.
—¿En qué año estamos?
—Pues... en 1955.
—Es demasiado pronto. Mierda. —Le soltó el hombro, dejándole un dolor punzante, y negó con la cabeza—. Lo... lo siento.
Dio media vuelta y se alejó. Stanley se quedó solo y perplejo, como la víctima de una broma de muy mal gusto.
La siguió con la mirada mientras rodeaba la capilla.
Alzó la mano, preso del impulso desesperado de gritar «no, espere», por averiguar quién diablos era esa extraña y qué había querido decir, pero de su boca no brotó sonido alguno.
La perdió de vista cuando dobló la esquina.
Se había marchado.
Lo había llamado por su nombre. ¿Cómo lo sabía?
Stanley se puso en marcha de golpe, lanzándose a la carrera en un frenético intento por esclarecer ese misterio. Recorrió el sendero a toda velocidad, pero cuando dobló la esquina a su vez, no vio a la mujer por ninguna parte.
Aminoró el paso hasta detenerse y giró en redondo, jadeando.
Ella se había esfumado sin dejar rastro, como si jamás hubiera estado ahí.
Stanley profirió un alarido, una furiosa e inútil explosión de rabia.
Les gritó a las lápidas, a la capilla, a las colinas.
Le pegó una patada a una piedra, que se alejó rebotando sobre los adoquines hasta caer en la hierba.
Cuando por fin calló, se adueñó de él una profunda e inconmensurable sensación de soledad.
Por alguna razón, la mujer desaparecida se había convertido en la síntesis de todos sus fracasos, con Whelton, con Waldman, con el mundo.
No.