Disolución 6. Stanley 1955 #3
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6. Stanley 1955 #3

—Caballo a tres caballo de dama —repuso Jacques—. He capturado sus dos torres. No le queda nada.

—Peón a cuatro dama. Mate en tres jugadas.

—¡¿Qué?!

Waldman apoyó las manos en la mesa y se inclinó hacia delante.

—Jaque. Mate.

Los tres muchachos examinaron el tablero, las pocas piezas que le quedaban a Waldman, casi todas peones. Se fijaron en el orden y meticulosidad con que estaban dispuestas, mientras que Jacques pasaba por alto su importancia, llevado por su ansia de conquistar posiciones. Se impuso el silencio.

—Vaya, me cago en la leche —dijo Jacques al final.

Negando con la cabeza, se levantó y se dirigió hacia la otra punta de la sala con aire taciturno y las manos en los bolsillos.

No era un desenlace inesperado; no habría debido sorprender a nadie.

Jacques ganaba de vez en cuando a otros juegos, como Risk o Carrom, cuando tenía mucha suerte.

Pero nadie vencía a Waldman al ajedrez. Jamás.

De vez en cuando alguien acariciaba la victoria, pero jamás la alcanzaba.

En el caso de Raph, el final de la partida se estaba alargando.

Era una guerra de desgaste en la que ninguno de los bandos parecía dispuesto a correr riesgos.

En contadas ocasiones, un peón o una torre salían por unos breves instantes de su refugio antes de desaparecer de nuevo tras las líneas amigas.

Se perdía y se ganaba un poco de terreno aquí y allá, pero no mucho.

Lento, pero seguro, Waldman explotaba su ventaja y se abría paso por el tablero.

Stanley apenas había prestado atención a su propia partida.

Sus labios desgranaban las jugadas sin darle siquiera la oportunidad de pensarlas.

Lo que había empezado como una defensa siciliana abierta se había convertido en una variante Taimánov y luego en un lazo de Maróczy.

El medio juego había cobrado una complejidad absurda, en la que cada pieza estaba cubierta por al menos otras dos y había una multitud de transposiciones posibles.

En el fondo, no tenía la mente puesta en el juego.

Había cedido las riendas a un instinto forjado a partir de miles y miles de partidas previas acumuladas en su memoria.

Mientras contemplaba distraídamente la forma de las piezas, pensaba en el reflejo de la luz en el tablero.

Es muy posible que no hubiera nadie más sorprendido que él en la sala cuando al fin anunció:

—Jaque. Mate en cuatro jugadas.

Waldman se quedó helado. Entornó los velados ojos mientras repasaba en su cabeza los últimos movimientos.

—Perdona, ¿cómo dices?

—Pues... —Stanley parpadeó—. Me parece que no tiene escapatoria. Creo que es jaque mate.

Raph se irguió de golpe y estudió el tablero con avidez. Jacques, en el otro extremo del aula, permanecía inmóvil, sin volverse, pero se le contrajeron todos y cada uno de los músculos.

Reinaba un silencio ensordecedor mientras Waldman visualizaba las jugadas en su mente.

—Sí —dijo al fin, desplegando una enorme sonrisa—. Así es. Jaque mate. Bueno, pues enhorabuena, joven señor Webb: es la primera persona que ha conseguido derrotarme en diecisiete largos años.

—Y una mierda —masculló Jacques, mirando por la ventana del fondo de la sala—. Usted le ha dejado ganar.

—¿Que le he dejado ganar? —repitió Waldman con incredulidad—. ¡¿Que le he dejado ganar?! ¿Cómo te atreves? ¡Para el caso, es como afirmar que he dejado que el sol saliera esta mañana o que bajara la marea!

Jacques se encogió de hombros.

—Claro, lo que usted diga. Me parece perfecto, pero no intente convencernos de que no es por favoritismo.

Raph giró en redondo.

—¿En serio, Jacques? ¿Solo porque no has ganado? Qué mal perder tienes.

—No es porque haya perdido, Raph, sino por el pacto secreto de amistad incondicional que hay entre esos dos...

—Señaló a Stanley y Waldman— y del que han tenido a bien excluirnos durante el último par de años.

¿Acaso no soy lo bastante bueno para usted, profesor?

¿Qué he hecho mal? ¿Es que no soy lo bastante inteligente para pasarme las noches en su despacho hablando de Platón, Thamus y el puto Theuth?

El rostro de Waldman se crispó en una expresión que ninguno de los tres le había visto antes: furia. Raph desplazó los ojos llenos de pánico de Jacques a Waldman antes de posarlos de nuevo en el primero. Sin embargo, no fue a Jacques a quien se dirigió el profesor.

—¿Se lo has contado? —le susurró a Stanley, con la voz tensa por la ira apenas contenida—. Me prometiste que no lo harías.

Stanley retrocedió.

—No les he contado nada. Solo hablábamos de literatura. Yo...

—¿Contarnos qué? —quiso saber Jacques, atravesando el aula con paso furioso—. ¿De qué habla? ¿Qué es eso tan secreto que no puede compartir con los demás, que no puede contarme a mí?

—¡No es de tu incumbencia, muchacho! —Waldman asestó un bastonazo a la mesa, y el golpe retumbó por toda la sala.

Todos se quedaron callados. Raph bajó la vista a su regazo. Jacques fulminó al profesor con la mirada, apretando los puños. Stanley abrió la boca para decir algo que sirviera para restablecer la paz, pero no consiguió articular palabra alguna.

Waldman dio media vuelta y se encaminó hacia la puerta. Se detuvo al alcanzarla.

—Este es el día en que decís adiós al colegio, el día en que dejáis de ser niños para convertiros en adultos. Comportaos como tales.

Dicho esto, se marchó.

Los chicos guardaron silencio. Una extraña sensación de incomodidad los envolvió como un pesado manto. Se suponía que aquello debía acabar en una despedida nostálgica, conmovedora y emotiva, no en una discusión. Las cosas se habían torcido de mala manera.

Jacques recogió su mochila y salió sin decir nada. Stanley miró a Raph, que parecía apenado y, por alguna razón, un poco avergonzado.

—Deberías ir a hablar con él —dijo Raph.

Stanley se puso de pie.

—¿Te refieres a Jacques?

—Ya sabes a quién me refiero.

Stanley asintió. Raph tenía razón..., como siempre.

No podía dejar que su último encuentro terminara así, después de todo lo que habían pasado juntos.

Iría a ver al profesor y arreglaría las cosas.

Lo convencería de que organizara otra reunión, Raph tranquilizaría a Jacques, y volverían a intentarlo.

No obstante, lo embargaba una preocupación más profunda: nunca había visto al profesor tan enfadado, ni con él ni con nadie, a pesar de que, a medida que se acercaban a un avance importante en su experimento, su humor se volvía más imprevisible.

Stanley no era tonto. Sabía que Waldman también le ocultaba cosas a él, pero esperaba que, cuando descubriera de qué se trataba, no fuera demasiado tarde.

Mientras esperaba a que el profesor se calmara, fue en busca de Hugo.

Aunque el mozalbete no había crecido mucho en los últimos años, había desarrollado una vehemencia que casi asustaba a los profesores, por no hablar del resto del alumnado.

Esto lo había convertido en un chico solitario —más incluso que los otros miembros del club de Waldman—, y se le veía a menudo paseando por los jardines, murmurando para sí.

Cuando avistó a Stanley, le dedicó una sonrisa, algo poco habitual en él.

—¿No estás en la ceremonia?

—Qué dotes de observación tienes. Estás hecho un auténtico lince.

Hugo puso los ojos en blanco con uno de esos gestos tan displicentes como afectuosos que solo un muchacho de catorce años es capaz de esbozar.

—Oye —prosiguió Stanley—, solo quería decirte que, aunque es el último día...

—No sigas por ahí.

—¿Qué?

Hugo negó con la cabeza.

—Las despedidas no son lo mío. No me interesan. Si has venido para eso, ya te estás yendo por donde has venido.

—En realidad, vengo para informarte de que yo me quedo.

A Hugo se le iluminó la mirada.

—¿En serio?

—Sí, voy a ayudar al profesor con unas cosas, así que seguiremos viéndonos por aquí.

—Ah —dijo el muchacho, con una incomodidad repentina—. Bueno. Vale. Qué bien.

Bajó la vista al suelo y, sin una palabra más, se marchó.

«Incorregible —pensó Stanley con una sonrisa—. Al menos no soy el único bicho raro en este sitio.»

Stanley abrió la puerta del despacho de Waldman y asomó la cabeza. El hombre caminaba de un lado para otro, farfullando.

—Hueles distinto —aseveró, arrugando la nariz.

—¿Otra vez hablando solo?

—¿Que si estaba hablando solo? —dijo el profesor—. ¿Tú ves a alguien más por aquí? ¡Claro que estaba hablando solo! Eso mantiene la mente despierta y el cerebro en marcha.

—Menuda tontería.

El hombre se acercó despacio a Stanley y lo olisqueó como una vieja rata.

—Y tú apestas a alcohol. Ya había notado algo en el aula, pero supuse que era Jacques. ¿Estás borracho?

—Estoy resacoso, profesor. Son las diez de la mañana.

A Waldman se le desorbitaron los ojos por la sorpresa, pero solo durante una fracción de segundo. Stanley ni siquiera se habría dado cuenta si no lo hubiera conocido tan bien.

—¡Ya lo sé! —barbotó—. No necesito que me lo digas. ¡Para el caso, es como decirle al sol que está muy caliente!

El profesor le dio la espalda y se puso a revolver unos papeles. Cerca de un año atrás, Stanley le había regalado una regleta y un punzón para escribir en braille que había comprado con lo que había conseguido ahorrar de su mísera beca, para que el hombre pudiera apuntar sus reflexiones.

Waldman rara vez los utilizaba. Casi nunca anotaba nada.

Cuando perdió la vista se negó a estudiar braille, alegando que no le hacía falta, que todo lo que necesitara recordar lo almacenaría ordenadamente en su memoria.

Solo había accedido a ponerse a ello ante la insistencia de Stanley en que necesitaban una manera de tomar notas. Lo aprendieron juntos.

Sonriendo, Stanley se acercó a la mesa y se sentó.

—Siento lo de antes. De... de verdad que no les he comentado nada de lo que hemos estado haciendo. Solo estábamos...

El profesor agitó la mano en el aire.

—Da igual. Tenemos que dejarlo de todos modos. El experimento no llega a ninguna parte. Fue una tontería intentarlo siquiera.

Stanley notó que un estremecimiento le bajaba del corazón al estómago.

—¿Qué?