Disolución 6. Stanley 1955 #2
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6. Stanley 1955 #2

—No —dijo rápidamente Stanley, negando con un gesto—. No, yo..., hacemos lo de siempre. Jugamos al ajedrez, le leo libros... Le gusta tener compañía.

—Pero ¿sin nosotros?

Stanley notó que se le acaloraba el rostro, y el dolor cada vez más intenso que se había instalado en su cráneo no ayudaba a aliviar esta sensación.

Debía tener cuidado; había cosas que no convenía que mencionara; promesas que había hecho y límites que no debía traspasar.

No quería mentirles a los chicos, que eran sus amigos, pero a veces la lealtad era más importante que la sinceridad.

—No es...

Jacques negó con la cabeza.

—Sí, claro. Lo que tú digas. No entiendo cómo tienes la cara de mentirnos...

—Déjalo estar —lo cortó Raph.

—Lo dejaré estar cuando sepa qué es lo que debo dejar estar —replicó Jacques. Stanley arrimó la espalda al árbol que tenía detrás—. Solo digo que...

Raph se puso de pie y, aunque Jacques era más alto, se alzó amenazador ante él. Estiró los gruesos brazos hacia los lados, como un pájaro exhibiendo la envergadura de sus alas, y luego los apretó contra los costados. Jacques se quedó callado, observándolo.

—¿Me das un pitillo? —pidió Raph.

—Creía que lo habías dejado.

—Ya. Yo también.

Se quedaron mirándose, Jacques con la cabeza gacha.

El espacio entre ellos se convirtió en un vacío.

Ninguna palabra brotó de sus labios. Una década de camaradería tácita —una complicidad que Stanley percibía a menudo, pero nunca había llegado a compartir— fluía entre ellos.

Una expresión amarga y fugaz asomó al semblante de Jacques.

Luego, con un suspiro, se llevó la mano al bolsillo.

Stanley, que había estado conteniendo la respiración, soltó el aire en una larga exhalación.

Los tres permanecieron un rato ahí de pie, contemplando los prados que se extendían ondulantes hasta el horizonte.

Aunque la tensión se disipó, Stanley aún notaba su estela en el aire frío.

Raph le dirigió una leve inclinación de cabeza, como diciéndole «no te preocupes».

Así se había vuelto su relación durante el último par de años: estrecha y reflexiva, pero con la conciencia de que había cosas que más valía no decir en voz alta, preguntas que más valía no formular.

Jacques detestaba aquello.

El aire cortante de aquella mañana fresca y despejada estaba ayudando mucho a despejar la bruma en la mente de Stanley y a aportarle algo de claridad.

Nunca había acabado de gustarle Whelton ni todo aquello que representaba.

Le parecía irónico que, de los tres, él fuera quien se iba a quedar ahí.

Waldman había movido algunos hilos y le había agenciado un puesto como profesor auxiliar durante un año o dos antes de que, en teoría, empezara a enviar solicitudes a las universidades.

En realidad, era una tapadera, una excusa para que los dos pudieran seguir trabajando en el problema hasta resolverlo.

«No necesitarás un título cuando hayas ganado el Nobel», le dijo Waldman en broma una vez. Al menos, Stanley se lo tomó como una broma. Con el profesor, nunca se sabía.

—¿Dónde os veis dentro de diez años? —preguntó Stanley, con la mente firmemente centrada en el futuro—. ¿Qué creéis que estaréis haciendo?

—¿Puedo responder por Jacques? —dijo Raph con una sonrisa—. Porque ya sabes que él dirá «dominar el mundo» o alguna gilipollez por el estilo.

—¿Tan malo sería eso? —preguntó Jacques, volviéndose hacia ellos—.

Ahora en serio, quiero hacer algo que marque la diferencia.

Algo que sea recordado, no sé si me explico.

Un antiguo proverbio judío dice que morimos dos veces: la primera cuando muere nuestro cuerpo, y la segunda cuando alguien pronuncia nuestro nombre por última vez.

Si no puedo evitar la primera, tengo que encontrar como sea la manera de evitar la segunda.

Quizá algún avance en matemáticas. Mis mayores ídolos son todos matemáticos o físicos.

La gente no los olvida. La relevancia de su trabajo no se pierde con el tiempo; es eterna.

—¿Y tú, Raph? —inquirió Stanley.

—Madre mía, no tengo ni idea. Cuando cumpla los veintiuno, heredaré el fideicomiso familiar.

Si quisiera, no tendría que trabajar un solo día durante el resto de mi vida, ¿lo sabíais?

Cuando mis padres fallecieron, descubrí que habían sido bastante reservados respecto a su fortuna.

Según el abogado, asciende a varios millones.

Así que, dadas las circunstancias, no sé.

Podría hacer cualquier cosa. Pensar en eso me abruma un poco.

—Me cuesta imaginarlo. —Jacques negó con la cabeza—. Raphael Lazarus, millonario soltero. A lo mejor me voy a vivir contigo.

—Hostia, espero que no. Después de doce años, no puedo creer que ya no tendré que ver tu cara de chulo todos los días. De verdad, hay penas por asesinato más suaves que eso.

Stanley se rio, y pronto Jacques y Raph se sumaron a él.

Sabía que echaría de menos aquello. No sabía cuándo volvería a ver a esos dos, pues ellos iban a salir al ancho mundo en busca de una educación superior, empleos y vidas plenas y ajetreadas, mientras que él se quedaría ahí, en un despacho con un viejo.

Sin embargo, un extraño instinto protector se adueñaba de él cuando pensaba en el tiempo que pasaba con Waldman.

Era algo que le pertenecía, y hasta ese momento nunca había tenido algo realmente propio.

Así que se quedaría, pues estaban cada vez más y más cerca de conseguir un gran avance, y sabía que no podía permitirse estar en ningún otro sitio.

Después de su desayuno para la resaca, cruzaron juntos el arco de entrada de Whelton por última vez, atravesaron el patio y subieron la escalera de caracol hasta el aula de Waldman.

Se abrieron paso entre los bulliciosos alumnos de segundo y tercero, integrantes de una nueva generación a los que no reconocían y con los que no habían hablado.

Caminaban en silencio, en parte porque aún les dolía la cabeza y, en parte, porque, a su manera, los tres eran conscientes de la sombría trascendencia del momento.

Aquel pequeño club había definido y moldeado su carácter durante muchos años.

Seguiría su andadura sin ellos, claro. Waldman seguía reclutando miembros entre los más jóvenes, aunque con cuentagotas, y Stanley sabía que le tocaría ayudarlos a ejercitar la memoria y cultivar sus habilidades.

Pero ese era un día especial. Un día solo para los tres.

Después de ese día, todo aquello sería cosa del pasado.

Al abrir la puerta, Jacques encontró a Waldman sentado en el escritorio, bastón en mano, con cara de mala uva.

—¿Qué horas son estas?

—Unas horas razonables, profesor —respondió Jacques—. Que usted se levante a las cuatro de la mañana no significa que sea lo normal.

—¡Ja! —Asestó un bastonazo a la mesa—. No le hacía tan insulso como para aspirar a la normalidad, señor Bashar. Me decepciona.

—La única decepción que sufrirá hoy será cuando le gane al Risk. Otra vez.

—No me apetece jugar al Risk —dijo Raph.

—Porque siempre gano yo, ¿no?

—Porque te pavoneas. Es agotador. No quiero que mi último recuerdo de esta sala seas tú pavoneándote.

—Ajedrez —dijo Stanley con voz suave, cerrando la puerta—. Es lo único que tiene sentido.

—El joven señor Webb tiene razón. —Waldman se dejó caer del escritorio y aterrizó con una agilidad sorprendente—. Sacad los tableros. Es la única elección posible.

Se entregaron a la rutina con una soltura fruto de largos años.

A veces, cuando Stanley no encontraba la solución a un problema o su mente se atascaba, se encerraba en su cuarto y preparaba un tablero de ajedrez: disponía los peones, giraba los alfiles y caballos para que miraran en la dirección correcta y, por último, colocaba la dama, siempre al final.

Era una experiencia íntima que lo relajaba.

Waldman se enfrentó a los tres tableros.

Aunque los chicos ya no usaban piezas físicas cuando jugaban entre sí, cuando su adversario era Waldman aprovechaban todas las ventajas que tenían sobre él, incluida la de la vista.

Aun así, Raph y Stanley a menudo se olvidaban de mover las piezas durante seis o siete jugadas, y en cuanto se daban cuenta se apresuraban a colocarlas en su sitio.

Pero a Jacques nunca le ocurría. Él permanecía cuidadosamente atento a cada pieza, cada movimiento.

Las tres partidas estaban muy reñidas, hasta tal punto que a Stanley le costaba concentrarse en la suya, y los ojos se le iban a las batallas que se libraban en los otros tableros.

Jacques, a quien le había tocado jugar con las negras, empleó una defensa Robatsch para intentar dominar el medio juego, pues sabía que era su fuerte.

Raph siguió una estrategia tradicional, haciendo fianchetto con el alfil para derivar a la variante del dragón.

Era un movimiento relativamente poco arriesgado, pero Stanley advirtió que Waldman estaba preparando un ataque yugoslavo con un enroque largo y elevando la partida a un nivel de complejidad con el que a Raph le costaría lidiar.

Waldman iba de un lado a otro, dando golpecitos en el suelo con el bastón.

En el aula resonaban las exclamaciones de sorpresa y admiración, junto con los golpes de las piezas contra el tablero.

Se ganaba terreno que acto seguido se perdía; se ofrecían piezas en sacrificio, unas veces como trampa, otras como defensa.

Eran breves momentos de respiro en una guerra por lo demás incesante.

—Jaque —dijo Jacques—. Creo... Sí: jaque.

Waldman se detuvo. Los demás también. Se llevó la mano a la barbilla, fingiendo que se abismaba en profundas cavilaciones.

—Peón a cinco alfil de rey.

—Alfil a dos rey. Capturo su dama.

Waldman parpadeó. Se quedó paralizado, y las otras dos partidas se le borraron de la mente.

—Peón a seis alfil de rey —dijo.

—¿Qué?

—Lo que oyes.

Jacques negó con la cabeza, sonriendo.

—Se está rindiendo. Ha comprendido que he ganado.

—He dicho peón a seis alfil de rey.