6. Stanley 1955
La mañana vibraba con el regusto dulzón y nauseabundo de la sidra trasegada durante la víspera, envuelta en la bruma de la inminente resaca.
Stanley intentó abrir los legañosos ojos, que clamaban contra el resplandor innecesariamente intenso del amanecer.
Estaba en un prado, con el costado húmedo de rocío matinal y tapado de cualquier manera con el saco de dormir.
Raph, a su lado, soltó un quejido profundo y, al darse la vuelta, su cara topó con una botella de cerveza vacía.
—Ay. Joder.
—¡Silencio! ¿Qué ilumina desde aquella ventana las tinieblas? —exclamó Jacques. Stanley forzó a sus párpados a abrirse. Jacques estaba sentado en la mesa de pícnic plegable, comiéndose con los ojos una salchicha envuelta en hojaldre—. Son los dos idiotas, que al fin recobran la conciencia.
Stanley se incorporó, apoyado en los codos, e hizo un gesto de dolor.
—¿Cuánto rato llevas despierto?
—¿Yo? —Ladeó la cabeza ligeramente a la derecha—. Pero si nunca duermo.
Se acercó a Raph y le propinó una patada en el estómago.
—Ay —repitió este—. ¿De qué coño vas?
—Levántate. Tengo hambre y quiero ir a por unos fish and chips antes de que empiece ese rollo de almuerzo. Luego tenemos que tragarnos la ceremonia de graduación.
Raph se llevó las manos a la cabeza.
—Me parece que sigo borracho.
Se puso de pie y se irguió cuan alto era.
Los últimos dos años habían sido generosos con Raph, que pasaba cada vez más tiempo haciendo ejercicio y se había ensanchado como una casa.
Se había dejado crecer una barba negra y poblada que le bajaba por las mejillas y le cruzaba la cara.
A causa de su estatura y su expresión, casi siempre hosca, se había convertido en el tipo de persona que impulsaba a las señoras mayores a cambiar de acera.
Stanley sonrió al pensar en la ironía: nunca había conocido a una persona con un carácter más dócil.
Raph se tambaleó hacia delante y apoyó la mano en la mesa.
—Ay, madre. ¿Podemos esperar al menos a que se me pasen las náuseas?
Jacques puso los ojos en blanco.
—Vale, pero iremos en tu coche. No voy a dejar que vomites en el mío.
—No recuerdo nada de anoche —dijo Stanley, paseando la vista por las botellas vacías—. ¿Nos lo bebimos todo?
—¿Me estás diciendo que no te acuerdas de que te pusiste a deambular por High Street a las dos de la mañana en busca de ginebra barata porque se nos había acabado la priva?
—¿En serio?
—Tú y esas dichosas latas —masculló Raph, sentándose—. Joder, estabas obsesionado.
Stanley se rio, y cada carcajada le retumbó un poco en la cabeza. Se tumbó de nuevo, recostando el cuerpo sobre la hierba fría.
—Entonces, ¿fue una buena noche?
—Una noche brutal —dijo Raph, asintiendo.
Jacques sonrió.
—Jamás habría imaginado una despedida mejor.
Stanley crispó el rostro, en parte porque le dolían las piernas, pero también por el sonido de esa palabra: «despedida». Le había resultado fácil no pensar en ello durante la víspera, mientras bebían, pero ese era el último día que pasarían juntos en Whelton. Su último día con Jacques y Raph.
No sabía si estaba preparado para enfrentarse solo al mundo, ni siquiera si el mundo quería que lo hiciera.
Hasta entonces había sido más sencillo construir su propio mundo, que consistía casi por completo en sus dos amigos y su profesor chiflado.
Todo lo demás no era más que utilería que podía hacer a un lado antes de que le recordara lo fuera de lugar que se sentía en realidad.
Stanley se frotó los ojos antes de mirar alrededor.
—¿Por qué no montamos la tienda?
Jacques profirió una risotada. Raph negó con la cabeza, inclinándose hacia delante.
—Lo intentasteis —dijo, señalando con la barbilla la lona tirada en el suelo y las piquetas de metal abandonadas—. Te juro que es lo más gracioso que he visto en mi vida.
Unas dos horas más tarde, los tres estaban sentados al pie de un gigantesco árbol en New Regency Park, que se encontraba justo lo bastante lejos del colegio para considerarse terreno neutral.
Comían piezas grandes de bacalao con un rebozado crujiente; patatas fritas con sal a espuertas y cantidades industriales de vinagre de malta.
El silencio colectivo solo se veía interrumpido por el ruido de algún que otro bocado o sorbo.
Jacques era el que engullía a mayor velocidad, como siempre —«voraz» era un adjetivo que lo describía a varios niveles—, y, cuando terminó, se recostó contra el árbol y encendió un cigarrillo.
Tras darle dos profundas caladas, exhaló un sonoro suspiro de satisfacción y cerró los ojos unos momentos. Qué poco habitual era ver a su amigo tranquilo y totalmente en paz, pensó Stanley.
No duró mucho.
Jacques se levantó de golpe y echó a andar de un lado a otro delante de Stanley y Raph, que seguían comiendo.
—Aún no puedo creer que esto se acabe, que ya sea el último día. Tengo la sensación de que debería haber algo más, no sé si me explico. Algo más gordo. —Arrugó el entrecejo y frunció los labios—. ¿A alguien le apetece echar una partida de algo?
Stanley soltó un gruñido.
—Ahora mismo no tengo la cabeza para el ajedrez.
Jacques se encogió de hombros y reanudó sus idas y venidas. Se encendió otro cigarrillo.
—Pues yo necesito hacer algo. No puedo quedarme aquí mirándoos comer. Es de una lentitud exasperante. Madre mía, parecéis rumiantes.
Raph alzó la mirada de sus patatas.
—¿Cuál es vuestra obra literaria favorita?
Jacques se paró en seco y desplazó la vista de Raph a Stanley antes de desplegar una sonrisa radiante.
—Ah, buena pregunta —dijo—. Sencilla, pero buena.
Ozymandias , de Percy Shelley. No tengo ni que pensarlo.
Me fascina el concepto de la transitoriedad, de que, con independencia de nuestros logros, de las estatuas que erijamos o de los imperios que fundemos, siempre acabarán reducidos a polvo.
El tiempo es el gran nivelador. «Nada más queda. »
Stanley lo miró con curiosidad.
—¿Y eso te sirve de consuelo?
—Para nada. —Jacques tiró la colilla al suelo y la pisó con un centelleo en los ojos—. Lo considero un desafío.
—¿Y la tuya, Stan? —dijo Raph.
—¿A qué viene la pregunta?
—Bueno —respondió Raph—, mi idea inicial era preguntar algo que animara a Jacques a hablar para que dejara de incordiarnos un rato. —El aludido le lanzó una mirada asesina. Stanley apenas consiguió reprimir una risita—. Pero ahora le he cogido el gusto al tema. Estoy interesado de verdad.
Jacques lo miró como diciéndole «¿lo ves?», pero Raph hizo caso omiso de él.
—¿Cuál es la tuya? —le preguntó Stanley a Raph.
—Pues... No estoy seguro —dijo este—. En el Ramayana hay pasajes maravillosos, que creo que...
—¿Un texto religioso? ¿En serio? —Jacques alzó los ojos al cielo—. Te creía más inteligente.
—Ya —dijo Raph—. Lo siento.
Stanley frunció el ceño.
—¿Qué tienen de malo los textos religiosos?
—Pfff. Tras miles de años de progreso humano, sigue habiendo gente obsesionada con los mitos escritos en tiempos inmemoriales. Son chorradas. Me parece de un retrógrado...
—No estoy de acuerdo —replicó Stanley—. Se trata de... una perspectiva distinta, simplemente, de otra manera de analizar la información. El empirismo está muy bien, pero si nos negamos a tener en cuenta los sistemas de conocimientos de los pueblos indígenas, estamos privándonos de...
—Stan. —Raph negó con la cabeza.
Jacques ya había desviado la mirada.
Stanley cerró la boca al percatarse de que estaba hurgando en una herida que más valía no tocar.
Tras ingresar a Jacques en la escuela primaria de Whelton y pagar por adelantado las matrículas de todos los grados, sus padres lo habían abandonado y salido del país para unirse a una secta religiosa en Estados Unidos.
Cuando Raph se lo había contado por fin, Stanley no había quedado precisamente escandalizado por la ausencia de los padres de Jacques —que nunca hablaba de ellos, después de todo, algo con lo que no le costaba sentirse identificado—, pero la brusquedad con que se habían apartado de su vida había tenido un impacto sobre él que Stanley nunca había llegado a entender del todo.
—La mía es el mito de Theuth y Thamus —dijo Stanley, intentando reincorporar a la conversación a un Jacques ya algo mosqueado—. Del Fedro de Platón.
—No lo conozco —dijo Jacques, volviéndose para mirarlo.
—Waldman me habló de él.
Los otros dos chicos pusieron los ojos en blanco como diciendo «cómo no», y Stanley se maldijo a sí mismo por haber metido la pata de nuevo.
El hecho de que hubiera pasado buena parte de su estancia de dos años enclaustrado en el despacho del profesor Waldman, solo con él, había dado motivo a no pocas pullas.
—Es sobre el antiguo dios Theuth, que inventa la escritura y se la ofrece al pueblo de Egipto —se apresuró a explicar, intentando elevar el nivel intelectual de la conversación—.
La considera algo maravilloso que ayudará a la gente a recordar la historia y el pasado, pero Thamus, el rey, no está de acuerdo con él.
Alega que es una forma perezosa de escurrir el bulto.
Dice: «Porque tu descubrimiento producirá olvido en las almas de quienes aprendan a usarlo, pues descuidarán la memoria.
Lo que brindas a tus discípulos no es la verdad, sino una imitación de la verdad, pues posees la apariencia de la sabiduría sin su realidad».
—Un momento —dijo Jacques—. ¿O sea que su tesis es que la invención de la escritura es algo malo?
—Es un experimento mental —repuso Stanley—, pero apunta a algo más profundo, la idea de que hay algo especial en la mente humana, algo inmutable, y que todos nuestros intentos por exteriorizar ese algo, mediante la escritura o incluso el arte, no hacen más que diluirlo.
Es una... —Negó con la cabeza—. Me parece una idea bastante romántica.
—¿Así que eso es lo que haces con el viejo? —Jacques lo señaló con su cigarrillo—. ¿Os ponéis románticos mientras leéis a Platón?