5 #3
La mesa baja hasta el suelo y un artilugio raro ocupa su lugar.
¿Qué está ocurriendo exactamente? Esto es importante.
¿En serio?
Sí, muy importante. Por eso estamos aquí. ¿Dónde está Stanley?
Sigue en la otra sala.
¿No es testigo de este momento?
Ahora mismo, no.
¿Y qué es lo que ves?
Se abre una trampilla en el suelo, y de ella sale un aparato parecido a un sillón de dentista, pero con correas, cables y tubos finos.
Desde lo alto desciende una especie de casquete con unos brazos que recuerdan patas de araña que se extienden como una corona por encima de la silla.
Al lado, en el techo, hay un monitor grande.
Junto a la silla, veo una superficie cóncava empotrada en el suelo, una bañera, con grifos en un extremo y algo parecido al casco de un astronauta en el otro.
¿Te ha hablado Stanley de algo así alguna vez?
En la vida he oído hablar de semejante armatoste.
¿Qué te digo sobre él?
—Es una pala de memoria, un instrumento para escarbar en los recuerdos de otros.
El sujeto se sienta aquí —dices, haciendo un gesto en dirección al sillón—, y lo conectamos a otra persona, que explora su mente.
—Con la otra mano señalas la bañera—. Esa persona experimenta los recuerdos del sujeto tal como este los vivió, con una recreación completa de las percepciones de sus sentidos, sin los errores propios de la memoria consciente.
Al cerebro se le da sorprendentemente bien retener esta información cuando se le dan las instrucciones adecuadas.
Cuantos más recuerdos comparten los dos sujetos, más fácil resulta establecer el vínculo y más aumenta la probabilidad de desenterrar los recuerdos perdidos.
—¿Por eso me necesitas?
Mueves la cabeza afirmativamente.
—Convivisteis durante más de cincuenta años. Vuestros recuerdos compartidos funcionarán como puntos de anclaje, lo que te permitirá navegar por otras zonas de su mente.
La idea de participar de los recuerdos de Stanley me llena de una extraña emoción.
Estoy deseando saborear nuestra vida en común, ver crecer a Leah, revivir nuestros años de recién casados, nuestro primer beso.
Siento mariposas en el estómago como una adolescente enamorada.
«¿Qué me has hecho, Hassan? —pienso—. Estoy subyugada. »
La puerta se abre y Stanley entra en la sala, empujado en su silla de ruedas. Ahora tiene un aire abatido y la mirada vidriosa, como siempre que se ve abrumado por demasiada información. Murmura algo que no alcanzo a oír bien.
Tú y yo juntos conseguimos acomodarlo en el sillón. El otro hombre ya se ha marchado.
—¿Qué está pasando? —susurra Stanley.
—No pasa nada —le aseguro, cediendo al instinto de apaciguarlo—. No te va a doler.
Te lanzo una mirada fugaz para comprobar si lo que digo es verdad, y tú asientes con un gesto tranquilizador. Stanley no parece muy convencido. Intenta apartarse de mí mientras niega con la cabeza.
—¿Quién eres? No te me acerques.
—Lo siento, Stan. —Lo empujo con suavidad para que se recline en el sillón, y él no opone resistencia. Está tan débil últimamente, tan delicado...
—No. —Vuelve a mover la cabeza. Le estás sujetando los brazos al sillón con las correas—. No quiero estas cosas. Quítamelas. ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?
Trato de tomarlo de la mano, pero él la retira con brusquedad.
—Solo quiero recuperarte, Stan. Nada más. Quiero que vuelvas conmigo.
La máquina se enciende y Stanley se estremece al recibir una inyección. Con un suspiro, se recuesta de nuevo en el sillón. Cierra los ojos. El casquete desciende y le envuelve la cabeza.
—¿Qué hago? —pregunto con voz temblorosa.
Abres los grifos hasta llenar la bañera con un líquido transparente, más denso que el agua, más viscoso.
—Yo en tu lugar me quitaría la ropa que no quieras que se moje. —Abres un armario empotrado en la pared, revelando una hilera de batas de hospital blancas—. Puedes ponerte una de estas.
Te colocas de espaldas a mí mientras me cambio, pugnando por mantener el pulso firme. No dejo de volver la vista hacia Stanley, que presenta un aspecto relajado en el sillón. Sin embargo, no consigo quitarme de la cabeza el miedo que reflejaban sus ojos hace solo un momento, el pánico.
«Es solo uno de esos cambios bruscos de humor que le dan a todas horas», me digo.
Introduzco la punta del pie en el líquido, temiendo que esté frío, pero la temperatura es tan próxima a la de mi cuerpo que apenas noto que lo estoy sumergiendo.
—Antes de nada, debemos establecer el vínculo —dices mientras me meto en la bañera—. Elige un recuerdo que compartas con él y concéntrate en él con todas tus fuerzas.
Antes de que pueda responder, el casco me cubre la cabeza y me tapa la vista.
Percibo un zumbido leve y un olor como a quemado.
El corazón me martillea en el pecho con fuerza, demasiada para una anciana como yo.
Lo último que pienso es: «¿Qué demonios estoy haciendo?
Todo está sucediendo demasiado rápido. Esta es una idea pésima».
Y entonces me envuelve la negrura.