5 #2
A medida que nos adentramos en las instalaciones, voy viendo por todas partes cosas que me dejan maravillada: hay un trozo de tela más fina que la seda colgada de un gancho; cuando un hombre con bata blanca desliza por ella una vara de metal, emite reflejos trémulos y fluye en torno a la barra como una corriente de agua antes de recuperar su estado sólido.
Más adelante, una esfera tan negra que no parece de verdad, sino un agujero en el mundo, un desgarrón en el tejido de la realidad, permanece suspendida en el aire, varios palmos por encima del suelo.
Esto me recuerda una cita de Arthur C. Clarke: «Cualquier tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia».
Pienso en la que has armado en la residencia, en lo que le has hecho a esa mujer, y, cuando paseo la mirada por el laboratorio, todo cobra sentido.
Un hilillo de inquietud me baja por la nuca...
¿En qué me he metido? ¿Adónde he traído a mi marido?
Me guías hasta una sala con una mesa de conferencias y unas cuantas sillas. Stanley suelta un leve quejido.
—¿Puedo ver más? —pregunta, como un niño—. Hay mucho más que ver.
—Puedo pedir que le den una vuelta —respondes—. Una vuelta rápida.
Mis dedos se crispan sobre las empuñaduras de su silla de ruedas, como si no quisieran dejarlo ir.
Pero necesito preguntarte muchas cosas que prefiero no mencionar en presencia de Stanley.
Demasiada información le causaría desconcierto y luego rabia, y eso es algo que no puedo permitir ahora mismo.
Quiero mantenerlo contento durante el máximo tiempo posible.
—Está bien —digo de mala gana, tragándome las preocupaciones, consciente de que, al fin y al cabo, ya he depositado bastante confianza en ti. Si hubiera algún peligro, no podría hacer gran cosa al respecto a estas alturas—. Pero que no se lo lleven lejos.
Asientes y, aunque no haces ni siquiera una señal, aparece un hombre en la puerta.
—¿Sí, señor al-Haytham?
—Lleva a nuestro visitante a dar un paseo y muéstrale los proyectos más interesantes en los que estamos trabajando.
El hombre se acerca para encargarse de la silla de ruedas. Yo obligo a mis manos a soltarla. Me agacho e intento darle un beso a Stanley, pero no me mira. Contempla fijamente el laboratorio a través de la puerta con alegre expectación.
En cuanto salen, estallo.
—¿Qué narices está pasando?
Te sientas a la cabecera de la mesa.
—Estás enfadada.
—Vaya, qué perspicaz eres.
—¿Qué es lo que quieres?
—He hecho exactamente lo que me has pedido —digo—. He seguido tus instrucciones al pie de la letra y he tenido que presenciar cosas bastante desagradables. Creo que ya va siendo hora de que me expliques qué sucede.
Apagas tu cigarrillo en el cenicero que tienes delante, sobre la mesa.
—Adelante, pregunta.
Titubeo unos instantes, intentando refrenar los centenares de preguntas que pugnan por abrirse camino desde el cerebro hasta la boca.
—¿Por qué estamos aquí? Has dicho que tenía que colarme en la mente de Stanley... ¿Eso qué significa?
—Este laboratorio está consagrado a una única causa: la conservación de la vida humana.
La continuación de la especie. El mundo ya no es el que era, Maggie.
Seguro que lo has oído en las noticias: incendios forestales por todo el planeta, extinciones masivas, el aumento del nivel de los mares...
Los últimos veinte años han visto un declive rápido, pero las fichas de dominó han estado cayendo desde mucho antes, incluso antes de que nacieras.
Como no introduzcamos un cambio drástico o descubramos un nuevo paradigma, la humanidad no durará mucho.
No es una conjetura: es un hecho. El Instituto Lazarus se concibió con el fin de prevenir esta debacle, de hacer lo necesario para salvarnos a todos.
Tengo entendido que Stanley trabajó aquí durante una breve temporada.
Me quedo un momento pestañeando antes de desplazar la mirada por la habitación, atontada.
—¿Aquí?
—No necesariamente en esta sala, sino para el Instituto. Antes de que os casarais. Antes de que os conocierais.
Me siento para procesar esta revelación.
—Nunca me lo mencionó. No... no le gusta mucho hablar de su época de juventud.
—No creo que se acuerde.
Alzo la vista hacia ti.
—Antes, en mi casa, has dicho que no creías que sus pérdidas de memoria se debieran al alzhéimer, sino que estaban provocadas por alguien. ¿Por qué?
—Aquí se desarrollan muchos proyectos, Maggie, y no todos estrictamente legales.
Los gobiernos y los marcos jurídicos adoptan medidas con tanta lentitud que no resultan útiles.
Si queremos salvar a la humanidad, debemos actuar fuera de sus límites.
Muchas mentes privilegiadas han colaborado en esta misión de un modo u otro: personas como Makato Kobayashi, Theodore Relkt o Isabel Thoreaux.
A casi todos los que trabajan aquí se les concede una libertad relativa para embarcarse en las tareas que consideren oportunas, siempre y cuando sea en pro del objetivo común.
Mi proyecto es Stanley. Creo que hizo un hallazgo importante hace muchos años, que descubrió o desenterró una tecnología poderosa, algo lo bastante relevante para modificar el rumbo que lleva nuestra especie.
Sin embargo, cuando eso ocurrió, una organización sin relación con la nuestra se enteró de su trabajo y decidió enterrarlo, ocultarlo tan a conciencia que ni el propio Stanley fuera capaz de recuperarlo si así lo deseaba.
Esa organización, que se hace llamar Sunrise, sigue centrada en ese objetivo.
—¿La residencia?
Haces un gesto afirmativo.
—Creo que borraron sectores enteros de la memoria de Stanley para que su descubrimiento nunca saliera a la luz.
—Pero ¿y los otros residentes? Me cuesta creer que hayan montado todo eso solo para él.
—A pesar de todos los recursos con que cuenta el Instituto Lazarus, no sabría decir qué está haciendo Sunrise con todas esas personas.
¿Los usa como conejillos de Indias de otros experimentos?
¿Son simples clientes que les proporcionan beneficios?
Tanto la organización como sus intenciones continúan siendo en su mayor parte un misterio impenetrable.
Sacar a Stanley requirió más planificación de la que seguramente serías capaz de comprender.
Mientras hablas, no rompes el contacto visual ni por un segundo. Siento que me derrito bajo la intensidad de tu mirada. Aunque bajo la vista hacia mis manos y la mesa, sigo notando tus ojos clavados en mí.
—Pero... ¿por qué? Si Sunrise, sean quienes sean, se esfuerzan tanto por asegurarse de que lo que hay en la cabeza de Stanley permanezca oculto, sus buenos motivos tendrán, ¿no?
Te agarras a la mesa, separando los dedos. Casi noto la presión de tu piel contra el cristal. Aunque es una reacción absurda, retrocedo ligeramente, como temiendo que el vidrio se haga añicos entre tus manos.
—Nunca hay una buena razón para coartar el conocimiento, Maggie.
A lo largo de la historia, la humanidad lo ha intentado, desde líderes religiosos y censores hasta inquisidores y dictadores, personas que se benefician del statu quo , que temen el cambio.
Eso es lo que representa Sunrise. Pero nunca da resultado.
No ayuda en nada. Stanley colaboraba con este Instituto, lo que significa que trabajaba por un objetivo.
Fuera cual fuese su descubrimiento, debemos desvelarlo. Eso lo tengo claro.
Me limito a mirarte. Todo me parece demasiado estrambótico para hacer comentarios al respecto.
—Tengo la esperanza —continúas— de que, si conseguimos recuperar esos recuerdos, quizá sea posible restaurar otros más. A lo mejor logramos devolverte a tu marido de forma definitiva, y, si estoy en lo cierto, podréis disfrutar del resto de vuestra vida juntos.
Respiro hondo y dejo escapar una risita. ¿Sabes qué me hace gracia?
¿Qué?
Que sé que me estás manipulando. Que no me estás contando la verdad, o, al menos, toda la verdad. Me lo dice el instinto. Y, aun así, me tienes en el bolsillo. Lo que me ofreces... ¿cómo iba a rechazarlo? No pienso en otra cosa. Es lo único que me queda.
—¿Qué quieres que haga? —te pregunto.
Sonríes, y de pronto entiendo lo que debió de sentir Eva cuando la serpiente le ofreció la manzana.
Alargas el brazo hacia un panel situado en el centro de la mesa y pulsas un botón.
Las luces se atenúan, y su parpadeo se refleja en tu cutis oscuro y perfecto.
Frunzo el ceño, pensando en el polvo, el deterioro de la piel y lo bien que pillas mis referencias sobre la vejez, y de pronto me asalta una sospecha: eres mucho mayor de lo que aparentas.
—Nuestra investigación ha resultado en una serie de productos secundarios útiles, tecnologías desarrolladas al margen, con fines distintos.