5
Cuando Stanley se despierta, descubro que se lo ha hecho encima.
Tardo un buen rato en limpiarlo. Te pido que pares para pasarme al asiento de atrás y ocuparme de él.
Por suerte llevo un montón de toallitas húmedas en el bolso.
Es una tarea ingrata en un espacio incómodo, pero para eso estoy aquí, al fin y al cabo. Tengo que cuidarlo.
Cuando llegamos a nuestro destino —un edificio de oficinas—, él ha caído en uno de sus estados de confusión. Sabe quién soy, gracias a Dios, pero no entiende nada de lo que ocurre.
«Yo tampoco, Stan —pienso—. Yo tampoco.»
—¿Qué está pasando, Maggie? —pregunta, mientras empujo su silla a través del umbral—. ¿Dónde estamos?
El vestíbulo del edificio está notoriamente vacío.
Sé que el día toca a su fin y que está atardeciendo, pero en estos tiempos los oficinistas no se rigen demasiado por el ciclo del día y la noche.
El edificio tiene cincuenta plantas, por lo menos; debería haber más trasiego por las grandes puertas de cristal.
Pero no lo hay. Junto al ascensor veo una única cámara de seguridad con una luz roja parpadeante, y, en un rincón, un conserje friega el suelo.
Recuerdo que Stanley me aseguró que los conserjes dejarían de existir cuando llegara el boom de la automatización, que todos los trabajadores no especializados serían sustituidos por la tecnología.
Lo que está sucediendo en realidad es lo contrario: la tecnología sustituye poco a poco a nuestros abogados, profesores y médicos; todos los profesionales que pueden permitirse delegar su trabajo en un software caro y luego tirarse a la bartola.
Claro, seguramente es posible conseguir en la actualidad una máquina capaz de limpiar el suelo en la mitad de tiempo, pero es lo que tiene el capitalismo: no funciona sin una clase trabajadora.
Siempre habrá labores de baja categoría para las personas a las que hay que recordar cuál es su lugar.
El traqueteo de su silla de ruedas resuena por todo el vestíbulo. El sol agonizante se refleja en el cristal y proyecta sombras danzantes en el suelo.
—Maggie —me dice con voz débil, en la que percibo un deje de vergüenza—. Maggie, creo que me he vuelto a ensuciar.
—No pasa nada —digo, intentando mantener un tono cariñoso y tranquilizador. Trato de ser la persona que él necesita. Sin embargo, cuando bajo la mirada, me fijo en las lágrimas que le resbalan por el rostro.
—Lo siento mucho —susurra—. Siento que tengas que ver esto.
Me esfuerzo por evitar que se me rompa el alma. Me vuelvo hacia ti.
—¿Dónde está el baño?
Apuntas con un largo dedo a una puerta pequeña situada a la derecha, más allá de los ascensores. Delante hay una señal de advertencia de suelo mojado. El conserje ha doblado una esquina y ha desaparecido.
Adecento a Stanley tan bien como puedo sin ropa limpia a mano. Me veo obligada a tirar sus calzoncillos y dejarlo sin ropa interior, pero lo noto más alegre. Al parecer ha superado el incidente o incluso lo ha olvidado por completo. Mira en torno a sí. Me hace un montón de preguntas.
—¿Trabajas aquí?
—No, Stan —respondo.
—Entonces, ¿dónde trabajas?
Le sonrío y dudo si sincerarme diciéndole que los dos somos vejestorios jubilados o confortarlo.
La verdad es que nunca me creí capaz de mantener un trabajo.
Antes de conocer a Stan, trabajaba a veces como dependienta y a veces como limpiadora de casas solo para costearme lo que quería creer que no era una adicción a las drogas, sino simplemente un estilo de vida.
Estaba divirtiéndome, no evadiéndome de lo que fuera que me hacía sentir vacía por dentro.
No contaba precisamente con el apoyo de mis padres.
Después de nuestra boda, yo ya no tenía la necesidad de trabajar, al menos por motivos económicos.
Mientras Stan pasaba de investigador a gerente de programa en varias organizaciones y laboratorios de ideas, yo por fin obtuve lo que siempre había querido: la libertad y el dinero para soltarme el pelo.
Pero en eso estriba la belleza de casarse, ¿no?
Uno no se casa para quedarse como antes, sino para estar mejor, porque tener otro yo con el que confrontar el propio ello marca toda la diferencia del mundo.
—Trabajo en una organización benéfica —le digo, con la esperanza de despertar en él un viejo recuerdo—. Para los sintecho.
—Es una de las muchas cosas que adoro de ti, cariño —dice, asintiendo con aire de sabiduría, y yo no puedo evitar sonreír como una idiota—. Entonces, ¿qué hacemos aquí?
—Solo hemos venido para una comprobación rápida.
—¿Y eso? ¿Algo va mal?
—No tienes por qué preocuparte. —Lo saco del baño y, tras poner el freno de la silla, me inclino para limpiarle un poco de saliva del labio. Es entonces cuando dirige la mirada hacia ti y te ve.
¿Me ve?
Es un momento extraño. Te mira directamente, y una seriedad profunda se le dibuja en el rostro. Ya lo he visto poner una cara parecida, cuando intenta desentrañar quién soy sin éxito. Por un momento, percibo un atisbo de... No estoy segura.
¿No te acuerdas?
Lo recuerdo perfectamente. Lo veo en mi mente con una claridad meridiana.
Hay algo de desilusión, tal vez. ¿Arrepentimiento?
Es una expresión triste, con una complejidad subyacente que no alcanzo a descifrar en la fracción de segundo que dura.
En un abrir y cerrar de ojos desaparece, y él vuelve a sonreír.
—¿Quién es? —pregunta—. ¿Un amigo tuyo?
—Sí —contestas—. Un amigo.
¿Por qué te quedas callada?
¿De qué conoces a Stanley?
¿Eso es relevante en este momento del relato?
Es que recuerdo que pensé: «Hassan ha pronunciado tres palabras, solo tres, y sin embargo nunca lo había oído hablar con una emoción tan auténtica desde el momento que cruzó mi puerta».
Seguramente estabas proyectando tus propias emociones, intensificadas por las circunstancias.
Hm. Tal vez.
¿Adónde vamos después?
Eso es precisamente lo que te pregunto. Nos metemos en uno de los ascensores y me percato de que no tiene botones, solo el ojo de una cerradura; lo único que hay en el panel, justo en medio.
Te sacas una llave del bolsillo, una llave de verdad, no una tarjeta, como si hubiéramos retrocedido cincuenta años.
La introduces en el agujero y le das la vuelta.
El ascensor da una sacudida, como si estuviéramos en un bloque de viviendas subvencionadas de mediados de los sesenta, algo que no cuadra para nada con el elegante exterior del edificio. Temblando, el ascensor empieza a bajar.
—¿Cómo demonios se sube a los pisos superiores?
Me miras arqueando las cejas.
—O sea, si solo hay una llave que por lo visto solo sirve para llevarte abajo, me pregunto qué hay que hacer para ir arriba.
Te encoges de hombros.
—Coger las escaleras.
—Obviamente —tercia Stanley animadamente.
Aunque llevo veinte minutos deseando preguntarte dónde estamos, no quiero preocupar a Stanley. Mientras el ascensor baja y baja —¿qué profundidad tiene esto?—, sucumbo al ansia de hacerte la pregunta. No puedo evitarlo.
—¿Qué es este lugar?
—La piel es el órgano más grande del cuerpo humano —respondes—. Se compone de varias capas de células distintas. Pero la capa superficial, el estrato córneo, está formado por células aplanadas y prácticamente muertas.
El ascensor da otra sacudida y se frena hasta detenerse.
—Nuestra capa más externa es un cadáver.
Tejido muerto. Constantemente se desprenden de ella trocitos de nosotros, materia en descomposición.
Eliminamos entre treinta mil y cuarenta mil células muertas cada hora.
La gran tragedia humana es nuestra incapacidad para escapar de la entropía y el deterioro.
Es algo inextricablemente ligado a nuestro ser.
—Alzas las manos como para intentar asir el aire—.
En silencio y sin remordimientos, nos convertimos en polvo.
Las puertas se abren para revelar un amplio laboratorio que se extiende ante nosotros hasta donde alcanza la vista. Hay como cien personas con bata blanca yendo y viniendo con documentos y tubos de ensayo, o empujando carros repletos de líquidos y jeringas.
—Bienvenida al Instituto Lazarus —dices—, donde volvemos a convertir el polvo en lo que era.
¿Te llevo al instituto?
Pareces sorprendido, teniendo en cuenta que estabas ahí.
¿Qué ves?
Muchas cosas que no acabo de entender. Máquinas, brazos robóticos, gente.
La sala principal está bien iluminada —no se acaba nunca—, aunque a los lados hay otros cuartos.
La mayoría de las puertas están cerradas, pero no todas.
Dentro hay mesas quirúrgicas y unas herramientas mecánicas gigantescas.
Por todas partes se oyen el zumbido y el rumor de las máquinas.
Me inclino para tocarle el hombro a Stanley con un gesto protector.
Alza la vista hacia mí y me sonríe como si estuviera en Disneylandia. Posa la mano sobre la mía y me da un apretón suave. Al contemplar su rostro, veo afecto, amor auténtico, y, a pesar de toda la locura que me rodea, el corazón se me llena de alegría. Hacía mucho que esto no pasaba.
Pero me pregunto qué tiene que ver él con todo esto.
Durante nuestro matrimonio, trabajó en toda clase de sitios —grandes empresas como Unilever, laboratorios médicos, centros de investigación— y nunca me explicó en qué consistía su trabajo, pero era porque no estaba autorizado, así que aprendí a no hacerle preguntas al respecto.
Intento decirme que, si me ocultaba cosas, era por una buena razón, no porque hubiera nada malicioso en ellas. Me he convencido a mí misma de eso.
¿Por qué?
Porque no hay alternativa: no me imagino un mundo en el que Stanley no es el marido cariñoso y atento que ha sido siempre para mí. Me niego a vivir en un mundo así.
Te sigo a través del laboratorio. Otros te saludan con respetuosas inclinaciones de la cabeza mientras se apartan para dejarte pasar. Resulta evidente que estamos en tus dominios. De eso no me cabe la menor duda.