4. Stanley 1952 #5
—Bien. Entonces considéralo un acertijo.
Si consigues dilucidar por qué te lo estoy explicando, a lo mejor te proporciono la pista siguiente.
—Waldman no pudo ver la expresión ceñuda de Stanley, que no sabía muy bien qué responder—.
¡Bueno! Hablemos ahora de tu retribución por la lectura.
Como siempre, te presto el libro que quieras de mis estanterías. ¿Cuál te gustaría leer?
—Creo que estaría bien algo oscuro —dijo Stanley al cabo de unos instantes—. Algo... triste.
—¡Ja! Sé exactamente lo que quieres. Llévate El conde de Montecristo , de Dumas. Si al final no lloras como una Magdalena, eres una bestia sin corazón. Está en el estante de arriba, aromatizado con olor a pino y menta.
—No me hace falta saber a qué huele, profesor. Puedo leer el título en el lomo.
—¡Como quieras! —El hombre subió las manos en un gesto de exasperación—. ¡Pero no vengas a pedirme ayuda cuando estés perdido, buscando entre los higos secos!
Stanley se puso de pie, paseó la vista por los libros y, tras una breve búsqueda, tuvo la obra en sus manos.
—¿Ha salido esta semana, profesor? —inquirió, dando vueltas al libro entre sus dedos.
—¿Hmm? —Waldman estaba de espaldas a él.
—¿Ha estado fuera del edificio o solo se ha movido entre su cuarto y el aula? ¿Ha salido esta semana?
—Sí, sí —respondió el hombre, como para quitarse de encima a Stanley—. Claro. No seas tonto. —Se alejó cojeando hasta el otro lado de la habitación y simuló con bastante habilidad que buscaba algo importante.
—¿Y adónde fue?
—¿Hm?
—Cuando salió, ¿adónde fue? —lo presionó Stanley.
—Ah, a ningún lugar en particular —contestó el profesor—. Ya sabes. Aquí y allá.
—¿Percibió ese delicioso olor a lavanda en el patio?
—Ah, sí, sí —se apresuró a decir mientras continuaba con la búsqueda infructuosa de lo que fuera que hubiera perdido—. Maravilloso. Es una época del año estupenda.
Stanley suspiró.
—Estamos en octubre, profesor. Hace semanas que no sale, ¿verdad?
—¡Bah! ¿Qué más da? No sé por qué siempre me incordias con eso. No entiendo qué...
—No es bueno para usted —le dijo Stanley—. Se pasa semanas o incluso meses seguidos encerrado en este edificio. No es bueno ni para su cuerpo ni para su mente. Ni siquiera sabe en qué estación estamos.
—Es fácil para ti decirlo —farfulló el hombre, con aire avergonzado—. Eres muy jovencito y estás dotado de un buen par de piernas y buena vista. Puedes ir adonde te plazca, puedes hacer lo que quieras. No, no, yo estoy mejor aquí. Al fin y al cabo, te tengo a ti, que me haces compañía.
—¿Y qué pasará si dejo de venir? —dijo Stanley, acercándose a él—. ¿Qué será de usted?
Waldman levantó los ojos velados hacia él, y una arruga profunda apareció en su entrecejo.
—¿Y por qué habrías de dejar de venir?
—No digo que tenga esa intención, profesor —repuso Stanley atropelladamente—. Es solo que... me preocupa.
—¡Ja! —barbotó el hombre, volviéndose en otra dirección—. ¿Te preocupas por mí? ¡Para el caso, es como si te preocuparas por un lago o una montaña!
Waldman se acercó a su mesa arrastrando los pies, dándole de nuevo la espalda a Stanley, y se sentó.
El chico se preguntó si debía seguir insistiendo en el tema, o si sería mejor hablar de ello con Jacques y Raph, a riesgo de disgustar más al primero.
Se planteó por un momento mencionar el asunto a los otros profesores, pero en el fondo sabía que sería inútil.
A nadie le importaba realmente Waldman en aquel lugar.
Para ellos no era más que un viejo chocho, otro marginado.
—¿De verdad has llegado a los siete mil tres decimales? —preguntó Waldman al cabo de un rato.
Stanley no pudo evitar sonreír de oreja a oreja.
—Pues sí.
Waldman agachó la cabeza, como para mirarse los pies, antes de erguirla de nuevo.
—Eres un joven admirable, Stanley Webb. Creo que ha llegado el momento de que te enseñe algo.
—¿El qué?
El profesor arrastró los pies adelante y atrás, un poco incómodo.
—He estado trabajando en un problema, y creo que he llegado a la fase en la que necesito ayuda. No te voy a mentir, muchacho. Es algo que me ha consumido durante los últimos años, pero no se lo he contado a nadie. Si quieres que te hable de ello, necesito que me prometas algo.
—¿Qué? —preguntó Stanley, inclinándose hacia delante.
—Que no se lo dirás a los otros chicos. Que trabajarás conmigo hasta que lleguemos al final, hasta que lo hayamos resuelto.
Stanley lo miró, parpadeando. No podía hacerle esa promesa.
Estaba decidido a marcharse. Sin embargo, contempló a aquel anciano que era también un marginado y un amigo.
Y al ver a Waldman de pie ante él, expectante y vulnerable, a punto de revelarle su mayor secreto, sus otros planes y preocupaciones se vinieron abajo.
—Se lo prometo.
—¡Estupendo! —El hombre se alejó renqueando hacia el fondo de la habitación, buscó una llave a tientas y abrió con ella un gran arcón de madera. Sacó de él un recipiente de vidrio en el que se agitaba un líquido—. No hay tiempo que perder. Empezaremos esta misma noche.
—Dios santo, profesor —dijo Stanley, mirando la masa gris que flotaba dentro del recipiente—. ¿Eso es un cerebro humano?