Disolución 4. Stanley 1952 #4
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4. Stanley 1952 #4

—Ella me gusta mucho, pero ahora no sé qué hacer. No le he pedido su número ni nada. ¿Debería...? Uf, mejor no hablar de ello.

—Pues no hablemos de ello —dijo Stanley—. Si quieres que nos quedemos un rato más aquí sentados sin hablar de ello, por mí no hay problema. No hace falta que hablemos de nada.

Raph suspiró, entornando los ojos ligeramente húmedos.

—La verdad es que te voy a echar de menos.

—Lo sé —susurró Stanley, tendiendo la mirada hacia la lejanía—. Y yo a ti.

Era tarde. Raph decidió dar un paseo largo, mientras que Stanley echó a andar con paso cansino hacia el edificio principal del campus. Cuando se disponía a cruzar las puertas de la verja, se tropezó, casi literalmente, con Hugo.

—Ah —masculló el muchacho, azorado—. Perdona, estaba... Me...

Stanley arrugó el entrecejo.

—¿Cómo es que no estás en tu dormitorio?

—Yo... yo no...

—Tranquilo. —Stanley le posó una mano en el hombro—. No te has metido en un lío. Por mí puedes hacer lo que te dé la gana. Solo me ha sorprendido encontrarte por aquí. ¿Todo bien?

Hugo asintió despacio y echó a andar para pasar por su lado, pero se detuvo.

—¿De... de verdad has memorizado siete mil decimales de pi?

Stanley se rio.

—Pues sí.

—Caray —musitó Hugo con la boca entreabierta. Fue entonces cuando Stanley se percató de que el chico no solo estaba impresionado, sino deslumbrado, lo que le produjo una incomodidad profunda.

—No es tan difícil —se apresuró a decir Stanley—. Seguro que tú también podrías. Si quieres, te echo una mano.

Hugo pestañeó.

—No. O sea, no quiero causarte... Es decir... ¿Lo dices de verdad?

—Por supuesto. Nos quedaremos diez minutos después de las clases de Waldman y te enseñaré algunos trucos. —Hugo asintió con tal entusiasmo que Stanely temió que se le fuera a desprender la cabeza—. Bueno, y ahora, a la cama. Son las tantas.

Hugo se alejó a paso veloz, dejándole a Stanley una sensación que habría resultado agradable si no hubiera sido tan rematadamente extraña.

Como no le apetecía regresar a su dormitorio, buscó consuelo en una rutina nocturna.

Tras llegar al patio interior principal y subir el primer tramo de la escalera de caracol, se dirigió hacia la zona del edificio que albergaba las antiguas dependencias del personal.

Allí hacía menos frío, pues la calefacción se dejaba encendida toda la noche para los empleados que residían de forma permanente en el centro. Stanley ascendió penosamente por una de las torrecillas y, una vez en lo alto, empujó un portón de madera para abrirlo.

—Cierra la puerta, Stanley —gritó Waldman con voz ronca desde el fondo de la habitación—. ¡Que se escapa todo el calor!

—Podría haber sido otra persona, ¿sabe?

—«Podría haber sido otra persona» —repitió el hombre en tono condescendiente, cojeando hacia Stanley—. Es por tu olor. Ya te lo dije, te huelo a un kilómetro de distancia.

Sonriendo, Stanley cerró la puerta tras su espalda.

—¿Seguro que no es solo porque soy el único que viene a verlo?

—Ah, muy bien —farfulló para sí el profesor—. Estupendo. El gran Stanley Webb sube hasta aquí solo para mofarse de un anciano, para demostrar lo inteligente que es. Para el caso, es como pedirle a un pez que demuestre que puede volar.

Tras regresar renqueando a su estantería, sacó un volumen viejo y maltratado, con los cantos desgastados y la cubierta alabeada, y deslizó el dedo por el lomo.

El cuarto de Waldman era espacioso, pero estaba abarrotado de cosas que le conferían un aspecto recargado.

Sus aposentos consistían en dos habitaciones contiguas, el despacho principal y el salón, con una puerta que comunicaba con un dormitorio y, presumiblemente, un cuarto de baño al otro lado.

Las paredes de la habitación central estaban cubiertas de estantes en los que la literatura se amalgamaba con otras curiosidades, como cuchillos ornamentales, estatuillas y utensilios de escritura.

Eran vestigios de una época previa a su llegada a Whelton, anterior a su ceguera.

Una época de la que él nunca hablaba. Se aproximó de nuevo a Stanley, tendiéndole el libro.

—Has venido en un momento de lo más oportuno, Stanley. Bien pensado. Esta noche toca El rey Lear .

Stanley se arrellanó en una de las grandes butacas de piel situadas frente a la chimenea de Waldman y se apoyó el pesado volumen sobre el regazo.

—¿Otra vez Shakespeare?

Aunque Waldman se sabía de memoria todas las obras del Bardo de Avon, siempre decía que existía una diferencia abismal entre saberse las palabras y escucharlas en todo su dramatismo. No había comparación posible.

—Viene muy al pelo —replicó con una sonrisa—. Es la historia de un viejo que pierde la cabeza.

—Usted no está perdiendo la cabeza, profesor.

—¡Ja! —exclamó el hombre—. ¿Qué sabrás tú? ¡Para el caso, es como decirle a un árbol que no está creciendo!

Con un suspiro, Stanley se reclinó en su asiento y aspiró los aromas de la habitación: cítricos con un toque de jengibre.

Waldman había cambiado los aceites esenciales desde la última vez.

O quizá Stanley se había sentado en un sillón distinto; no estaba seguro.

Tras colocarse en una postura cómoda, abrió el libro por la primera página.

—Ya le aviso que solo voy a leer el primer acto. No conseguirá nada más de mí.

Waldman soltó un sonoro bufido, pero no replicó. Y, mientras Stanley recitaba, el hombre caminaba de un lado a otro, asintiendo y dejándose empapar por las palabras.

A Stanley no le disgustaba El rey Lear , pero distaba bastante de ser su tragedia favorita, lugar que ocupaba Romeo y Julieta .

Lo que le inflamaba el corazón no era tanto la historia de amor como la belleza de las imágenes que evocaba y la exuberancia del lenguaje.

Era la primera obra que se había aprendido de memoria de principio a fin.

Sin embargo, mientras leía, su cabeza empezó a divagar.

Se imaginó a sí mismo con solo trece años, abandonando su hogar y saboreando la libertad por primera vez.

Ese pequeño Stanley proyectaba la mirada hacia el futuro y se veía a sí mismo, en aquel momento, con dos años más y sentado en la butaca, leyéndole en voz alta a un señor mayor.

Intentó creer que su yo más joven estaría impresionado, que lo vería como un triunfador, pero no acababa de convencerse.

Cuanto más rato pasaba sentado, cuanto más avanzaba en la lectura, más se apoderaba de él una tristeza profunda e indefinible, como si hubiera perdido algo muy valioso que en el fondo no sabía que estaba allí.

Cuando terminó, Waldman se sentó con los ojos lechosos perdidos en la distancia.

—Qué hermoso —dijo—. Gracias, mi querido muchacho. Dime, ¿has oído hablar del concepto de ápeiron?

—Me parece que no. A menos que... ¿Es griego?

—Griego, en efecto —respondió el profesor—.

Fundamental para la teoría cosmológica de Anaximandro.

El ápeiron es la idea de que, antes que nosotros, antes de que hubiera personas, objetos, dioses y humanos, existía otra cosa, una realidad sin límites, eterna e infinita, a partir de la que todo se genera y se destruye.

Stanley ladeó la cabeza con interés.

—¿Algo así como lo que existía antes del Big Bang?

—¡Ja! Sí, algo muy parecido. Al final, la ciencia y la mitología siempre acaban por volver a la misma idea. Es un concepto universal, que se da en casi todas las culturas. En el taoísmo chino se conoce como wuji o «estado primigenio»; en el hebraísmo, como Ein Sof.

—Ah, sí, claro.

—«Ah, sí, claro» —lo remedó Waldman con ánimo juguetón—.

Estas conexiones son básicas, Stanley. Fundamentales.

Está muy extendida la creencia errónea de que solo las ciencias empíricas, las matemáticas y la lógica constituyen los lenguajes del universo, pero esa es una visión muy estrecha de la realidad.

Si no tenemos en cuenta la mitología que compartimos, nuestros dioses, nuestras historias, pasamos por alto justo lo que nos hace humanos. Es esencial que lo entiendas.

Stanley alzó la vista hacia él.

—¿Por qué?

—Dímelo tú. ¿Por qué te estoy explicando esto?

—Pues... —titubeó Stanley—. No estoy seguro.

El profesor sonrió.