4. Stanley 1952 #3
Raph le sonrió, pero, aunque tampoco hablaba apenas, participaba en la conversación.
Asentía en los momentos adecuados. Daba su opinión de cuando en cuando.
Jacques dominaba el coloquio: bromeaba, coqueteaba, prorrumpía en carcajadas; y las jóvenes, a su pesar, se reían con él.
Por unos instantes, Stanley acarició la posibilidad de decir algo gracioso también.
Se imaginó a las chicas celebrando su ocurrencia, e incluso a alguna de ellas tomándolo de la mano.
Al pensar cómo sería bailar con una de esas muchachas, una sensación cálida se le extendió por las mejillas y el pecho.
No obstante, conforme otras más se unían al corro, que se extendía hacia fuera con Stanley en el centro, su ansiedad empezó a bullir y desbordarse.
No estaba en el aula de Waldman, y muchas de aquellas personas no eran amistades suyas.
No se sentía a salvo ahí. «Pero nadie se fijará en mí —se dijo—. No soy nadie. No pueden verme.»
—¡Anda! —A Stanley se le cayó el alma a los pies al oír el grito—. ¿Lo habéis visto? ¡El pequeño Oliver Twist, fingiendo que tiene amigos!
Al girarse, vio a uno de los chicos mayores de último año —no sabía quién era; en Whelton todos los rostros se fundían en uno solo— señalándolo. Un par de personas se rieron. Las chicas volvieron la cabeza para escuchar.
—Está ahí, esperando, como una polla suplente en una orgía. ¿De verdad se cree que alguna de ellas va a estar interesada en él?
Más risitas. Todos lo miraban con una sonrisa de suficiencia, incluso Jacques. Solo le faltaba unirse a la hilaridad general. Stanley percibía en su cabeza cómo todos se burlaban de él y se daban palmaditas en la espalda. Él no había dicho nada. Pugnaba por poner en orden sus pensamientos.
—¿De verdad estáis hablando con él, chicas?
—Huy —contestó la que iba del brazo de Jacques—. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba aquí.
Entonces Jacques se rio al fin, lo que reabrió una herida que en realidad nunca había cicatrizado. Stanley sintió que su sangre se derramaba a través de ella.
—No digas nada —murmuró Raph, inclinándose hacia él—. No tiene mayor importancia.
Pero sí que la tenía. Tenía toda la importancia del mundo.
Tras abrirse paso a empujones entre la gente del grupo, Stanley salió en tromba del salón al pasillo. Aunque tenía la respiración agitada, no estaba enfadado con Raph, ni siquiera con Jacques. Eran quienes eran. Esto no habría debido sorprenderlo. Ellos estaban donde les correspondía estar.
Volvió la vista hacia el interior de la sala. Al contemplar aquella masa de cuerpos sin rostro, arracimados como plantas de cultivo, como malas hierbas, adquirió una conciencia aguda de su propia alteridad.
No procedía de una buena familia. Era chusma. A ojos de los otros alumnos de Whelton, venía a ser lo mismo que si no tuviera familia. Por lo tanto, según la propia lógica de las paredes y torrecillas de piedra, jamás debía llegar a ser alguien. La vida estaba montada así.
Los juegos con Waldman le habían enseñado una realidad que nadie parecía dispuesto a expresar en voz alta: da igual lo bien que sepas jugar si es el otro jugador quien se encarga de colocar las piezas en el tablero.
Si quería alcanzar el éxito, la felicidad o cualquier otra cosa que no fuera la mediocre seguridad en la que se había instalado, tendría que irse a otra parte.
El sol se había puesto tras los campos situados en las inmediaciones de Whelton.
Entre el patio interior principal de las dependencias académicas y los señoriales edificios de piedra que albergaban los dormitorios, la luna bañaba el camposanto en un resplandor casi sobrenatural.
El baile había finalizado, y el ambiente era templado, aún otoñal, sin apenas atisbos del helor del invierno.
Y entre los desmoronados sepulcros con cientos de años de antigüedad y los caminos empedrados, que habían quedado solitarios una vez que todos los alumnos se habían retirado a sus habitaciones, sonaban risas.
—Solo digo que está cada vez más encorvado. —Raph se llevó las manos a la espalda y se inclinó hacia delante—. Creía que no era posible, pero, dentro de poco, la nariz le rozará el suelo.
Negando con la cabeza, Stanley se deshizo el nudo de la corbata.
—Estás ridículo, pero tu imitación de Waldman es genial.
—¡Ja! —exclamó Raph, dando media vuelta, de modo que quedó de espaldas a Stanley—. ¡Para el caso, es como llamar sapo a una rana!
A Stanley se le escapó una risita.
—Eso ni siquiera tiene sentido.
—Ah, ¿y lo que dice Waldman sí?
Raph se le acercó cojeando, con una sonrisa de oreja a oreja, y se sentó sobre la hierba. Se acurrucaron ahí, el uno junto al otro, recostados contra una vieja lápida, y contemplaron los campos que se extendían ante ellos.
Raph se hurgó en el bolsillo, sacó un paquete de cigarrillos, se llevó uno a los labios y lo encendió. Inclinándose hacia Stanley, le tendió la cajetilla, de la que sobresalía uno.
—¿Un pitillo?
Stanley negó con un gesto.
—La última vez que Jacques me dio una de esas cosas, por poco vomito.
—Ya. Fue él el que me enganchó, el muy cabrón. —Dio una larga calada y dejó que las bocanadas de humo flotaran en el aire en torno a él. Hubo un momento de silencio entre ellos. Un momento de reflexión—. Es un auténtico capullo, ¿sabes?
Stanley asintió antes de encogerse ligeramente de hombros.
—Sip. Lo sé. Pero es un colega, así que..., ¿qué le vamos a hacer? En el fondo no es tan malo.
Raph soltó un resoplido.
—Se muere de envidia. Y la envidia saca lo peor de él.
Stanley frunció el ceño.
—¿Envidia de quién?
—¿No es obvio?
Stanley negaba con la cabeza, intentando dilucidarlo. ¿De Waldman, tal vez? ¿O del modo en que Raph...?
—De ti, Stan.
Stanley pestañeó, pugnando por asimilar sus palabras.
—¿Por... por qué iba nadie a tenerme envidia a mí?
Moviendo la cabeza de un lado a otro, Raph soltó otro bufido, de modo que el humo del tabaco le escapó por la nariz.
—Eres tan idiota que no te das cuenta de lo inteligente que eres. Jacques siempre ha sido el favorito de Waldman, sobre todo desde que se graduó James. Después de lo que le hicieron sus padres, eso significaba mucho para él.
—¿Sus padres?
Raph alzó la mano.
—No me corresponde a mí decirlo. Estaría feo por mi parte. No es que no le caigas bien, Stan. Al contrario. Es solo que...
—Pero si Waldman no tiene favoritos —repuso Stanley—. Nos trata a todos por igual.
Raph soltó una carcajada.
—Y me encanta que lo veas así. —Echó la cabeza hacia atrás y bajó la voz—. Lo que ha pasado esta noche en el baile no ha molado nada. Ni que él se riera solo por seguirles el juego a las chicas.
«Pero tú no has salido precisamente en mi defensa, ¿verdad? —pensó Stanley—. Me has indicado que me quedara callado. Que me quedara en mi sitio.»
Stanley dirigió la mirada a Raph antes de tenderla de nuevo hacia los campos, en silencio.
—¿Quieres hablar de lo ocurrido? —preguntó Raph.
—La verdad es que no.
—Como prefieras.
El viento arreció un poco. A medida que caía la noche, el tiempo refrescaba. Un escalofrío recorrió a ambos chicos, que, casi sin darse cuenta, se arrimaron más el uno al otro.
—Me marcharé de Whelton —anunció Stanley—. Cuando acabe el trimestre.
—¿En serio? ¿Y adónde irás?
Stanley se encogió de hombros.
—Pronto cumpliré los dieciséis. Hay institutos, otros centros donde me admitirían. Otros caminos que tomar. Creo que ha llegado el momento.
—¿Se lo has dicho a Jacques? —inquirió Raph—. ¿O a Waldman?
—Se pondrían muy pesados. Jacques, sobre todo, no pararía de darme la vara.
—Eso es verdad.
—Pero es que... Este lugar no es para mí. No encajo aquí. Nunca he encajado.
Raph negó con un gesto.
—Eso es una gilipollez. Te mereces estar aquí tanto como los demás. O más, incluso.
—Pero la vida no trata a las personas en función de lo que merecen, Raph, sino de lo que son.
Creo que pasa más o menos como con los números: dos y dos no es igual a cuatro por una cuestión de mérito, sino porque así son las cosas.
A veces no hay más remedio que aceptarlo, porque, bueno... , ¿qué otra cosa podemos hacer?
Raph apagó el cigarrillo aplastándolo contra la piedra de la losa que tenía detrás. Se quedó mirando la cajetilla con escepticismo antes de suspirar y sacar otro.
—Sigo sin entenderlo.
—Normal —murmuró Stanley con otro encogimiento de hombros, sin volver la cabeza, como si le hablara al viento. Raph se limitó a arquear las cejas—. No es culpa tuya. Tú nunca has sido un marginado.
—¿Que yo nunca he sido un marginado? Dudo que conozcas a alguien con menos habilidades sociales que yo.
Stanley movió la cabeza de un lado a otro.
—No es lo mismo. No del todo. Yo llevo mucho tiempo intentando integrarme en Whelton, fingir que mis orígenes no son los que son, o que no tienen importancia, ¿sabes? Vosotros, Jacques, Waldman y tú, me habéis ayudado; de verdad que sí. Pero...
Raph le dio una larga chupada a su cigarrillo.
—Pero ¿qué?
—Pero... —A Stanley le entraron ganas de contárselo todo en ese momento.
Deseaba hablarle de su padre, de su madre, del miedo que aún lo atenazaba al despertar por la mañana, de los respingos que daba todavía cuando alguien se le acercaba demasiado, de lo que implicaba formar parte de la chusma y ser defectuoso.
Pero, como nunca le había hablado de ello, tampoco pudo entonces.
Lo que menos quería era que Raph o Jacques lo vieran con los mismos ojos que los otros alumnos de Whelton.
Y temía que, si se abría demasiado, si revelaba demasiadas interioridades, ocurriese justamente eso.
—Oye —lo interrumpió Raph—, si quieres convencerte de que no puedes cambiar nada, estás en tu derecho, pero por lo menos sé consciente de que es decisión tuya. Nadie te obliga a dejar Whelton, Stan. Eres tú quien decide irse.
Stanley parpadeó mientras dejaba que estas palabras calaran hondo en él.
—Me alegro de que lo hayas pasado bien en el baile, Raph. Me alegro de que hayas bailado con alguien. De verdad que sí.
Sonriendo, Raph alzó la mirada al cielo.