Disolución 4. Stanley 1952 #2
16%

4. Stanley 1952 #2

—No toleraré acusaciones de falsedad en esta aula.

Nuestras actividades se basan en la confianza mutua.

Sin ella, no somos nada. ¡Nada! —Dejó el bastón de nuevo y se volvió hacia Stanley con aire afectuoso—.

Mi querido muchacho, eso es asombroso. Estoy deseando oírte recitar esos decimales. ¿Qué técnica empleaste?

—El palacio de la memoria de toda la vida, pero agrupar los dígitos de tres en tres no me resultaba lo bastante eficiente. No era capaz de imaginar un paisaje lo suficientemente grande, así que empecé a reunirlos en grupos de cuatro, y luego de cinco.

—¡¿Cinco?! —se maravilló Jacques.

—Sí —dijo Stanley—. No fue fácil, pero una vez que le pillas el truco, se vuelve factible.

—Jamás se me había pasado por la cabeza formar grupos de cinco.

—Y eso es lo que marca la diferencia —sentenció Waldman, levantando un largo dedo.

Jacques se echó hacia atrás en su silla, irritado.

—Bueno, pues muy bien. ¡Os felicito! Hoy nuestras preguntas no serán de orden práctico, sino filosófico. A ver quién puede decirme por qué ejercitamos la memoria.

Raph alzó la mano de golpe. Jacques mantuvo la vista fija en su mesa, malhumorado.

—¿Archie? —preguntó Waldman.

El joven frunció el ceño, un poco incómodo por haberse convertido de pronto en el centro de atención.

—La memoria nos ayuda a aprender, y el conocimiento es poder.

Waldman hizo un gesto afirmativo.

—La frase es un poco manida, pero es una opinión muy digna. ¿Sí, Raphael?

—Ahondando en lo que dice Archie, yo añadiría que la memoria es la base de la pericia —dijo Raph—.

Los estudios realizados con expertos en su campo, desde grandes maestros del ajedrez hasta concertistas de piano o generales del ejército, demuestran que una de las diferencias clave es su memoria funcional en lo relativo a su área de conocimiento.

Un gran maestro es capaz de recordar perfectamente todas las jugadas de una partida.

Un concertista de piano memoriza horas y horas de piezas musicales.

Los generales saben de forma intuitiva cuál es la mejor táctica, la mejor estrategia, aunque todos tenemos claro que la intuición no existe.

Es algo que se basa en la memoria implícita.

Cuantas más cosas recuerdas, más cosas puedes entender.

—Buena respuesta. —Waldman inclinó la cabeza—. Noble respuesta. ¿Stanley?

—Porque nuestra identidad se define en función de nuestras experiencias, que no son sino un cúmulo de recuerdos. En consecuencia, nuestros recuerdos, tanto conscientes como subconscientes, son lo que nos hace humanos. Sin memoria, seríamos páginas en blanco. Estaríamos vacíos.

—Ja. Sí. Excelente —respondió Waldman—. ¿Veo venir un «y por lo tanto»?

—Si la memoria es lo que nos hace humanos, entonces sin duda la capacidad de recordar más nos hace más humanos.

—¡Qué concepto tan maravilloso! ¡Me encanta! ¿Jacques?

—Suscribo lo dicho.

—¿Perdona?

—Iba a decir en parte lo que ha dicho Stanley, y en parte lo que ha dicho Raph. No tengo nada que añadir.

Waldman arrugó el entrecejo, pero se encogió de hombros y se volvió hacia otro lado.

—¡Muy bien! Y ahora toca el juego de la velocidad: ¡el ganador tendrá el privilegio de pagarme el almuerzo de mañana!

Los chicos se dispersaron por la sala y procedieron a abrir cajones para sacar barajas de cartas. Se movían con la precisión de una maquinaria bien engrasada, repitiendo los mismos movimientos que habían realizado en incontables ocasiones.

Juntos, colocaron los naipes sobre la mesa, junto con tres pequeños relojes de arena de dos, cinco y diez minutos, respectivamente, y se retaron unos a otros.

El juego de la velocidad era sencillo: ¿cuántas cartas de una baraja mezclada al azar podían memorizar en diez, cinco o incluso dos minutos?

¿Eran capaces de recordar más que su rival?

A medida que se sumergían en esta vieja rutina, el malhumor de Raph se desvanecía, junto con la frustración de Jacques.

Hugo y Archie fueron perdiendo la inhibición conforme ganaban seguridad.

Stanley también salió del caparazón en el que se había encerrado.

Entre risas, se engatusaban y desafiaban unos a otros.

Waldman iba y venía sin parar entre ellos, golpeando la mesa con el bastón de vez en cuando para distraerlos, o azuzándolos para que memorizaran una carta más o gastaran un segundo menos.

Pasó volando una hora, y luego otra. Cuando por fin se dieron un respiro, estaban agotados, tanto mental como físicamente, e invadidos de una profunda euforia. «La vida está para esto», pensó Stanley, contemplando a sus compañeros atletas de la memoria. Para eso estaba él ahí.

El baile del Día del Fundador era una tradición que se remontaba a más de dos siglos atrás. Los jóvenes de Whelton asistían vestidos de punta en blanco y, si tenían suerte, acompañados de chicas de Raeburn College, que estaba justo enfrente, al otro lado de la calle.

El salón principal se acondicionaba como pista de baile formal donde los alumnos pasaban una velada de confusión embarazosa y pubescente, flirteos mal concebidos y ritos de apareamiento poco reflexivos, bajo la vigilante mirada del personal del centro.

Las paredes de piedra estaban decoradas con banderines y purpurina, y las mesas engalanadas con manteles y otros ornamentos. Los alumnos se ponían de tiros largos con los esmóquines y pajaritas que les habían comprado sus padres, gemelos y relojes que habían pasado de generación en generación.

Stanley nunca se había sentido más fuera de su elemento.

Y, sin embargo, había acudido, presionado por Jacques y Raph.

Los tres eran marginados, los estrafalarios cerebritos de Waldman que sabían demasiado sobre cosas raras y se reunían después de clase.

Stanley sabía que los demás hablaban de ellos, que cuchicheaban a sus espaldas.

Aun así, le consolaba saber que, fuera lo que fuese lo que le deparaba esa noche, no tendría que afrontarlo solo.

Por otro lado, Jacques y Raph se conocían desde años antes de que Stanley ingresara en Whelton, y sabía que, pese a sus rencillas, su amistad resonaba con una profundidad que él aún no había alcanzado.

Pese a que, en su cabeza, formaban un trío indivisible, no estaba muy seguro de que los otros dos compartieran esta visión.

—Vamos —les dijo Jacques, agarrando una taza de ponche—. Ahí está mi pareja, y sus amigas no están nada mal. Como mínimo podrías hacer otro intento, Raph.

—No tengo ganas de...

—¿Te acuerdas de cuando en la clase del profesor Halk, en segundo, la cagaste tanto durante la presentación que querías morirte? ¿Qué ocurrió entonces?

Raph soltó un resoplido.

—Sé lo que ocurrió, Jacques. Estuve ahí.

—Pues dilo.

—Me obligaste a suplicarle a Halk que me diera otra oportunidad, y entonces lo bordé.

—Exacto. Así que vamos allá.

Suspirando resignado, Raph lo siguió. Por algún motivo extraño, Stanley se quedó atrás un momento, de pie junto al tazón del ponche.

Jacques no se había dirigido a él, claro.

Sabía que era alguien con quien nadie querría hablar.

Sin embargo, cuanto más se alejaban de él, más crecía el pánico en su interior.

Como no tenía ningún otro sitio adonde ir, echó a andar tras ellos, arrastrando los pies.

—¡Señoritas! —anunció Jacques—. Estáis todas deslumbrantes esta noche.

Las jóvenes se dieron la vuelta y lo miraron de hito en hito. Algunas pusieron los ojos en blanco. La que se suponía que era la pareja de Jacques se encogió ligeramente y desvió la mirada, lo que no pareció afectar mucho al chico.

—¿Conocéis a mi amigo Raph?

Lo agarró del brazo y tiró de él hacia delante, de modo que se tambaleó hacia el centro del grupo y acabó rodeado de muchachas.

—Hola, me llamo Raph —dijo, provocando un coro de risitas.

—Hola —dijo una de ellas—. «Raph» no suena muy asiático.

Él alzó los ojos al techo.

—Por favor... Mi familia lleva aquí desde mediados del siglo XIX . Seguramente soy más inglés que la flamante reina. —Una de las chicas le susurró algo al oído a otra. Él bajó la vista con un suspiro de sumisión—. ¿A alguien le apetece bailar?

—Vale.

—¿Qué? —Raph irguió el cuello de golpe, con los ojos muy abiertos.

La muchacha, algo sonrojada, se encogió de hombros.

—Bueno, ¿por qué no?

—Ah. —Raph sacudió la cabeza, como para despejarse las telarañas—. Pues muy bien.

Se tomaron de la mano y se dejaron envolver por la dulce magia que solo destila el baile, revoloteando en torno a Stanley como polillas, en un frenesí caótico de vestidos y camisas, susurros y promesas. Cuando se alejaron, él se quedó solo. Relegado al olvido.

Permaneció un rato ahí de pie, preguntándose si alguien se daría cuenta si se tumbaba en el suelo durante el resto de la celebración o si rompía a gritar.

Regresó con paso cansino adonde estaba el ponche y se quedó un rato más ahí.

La velada transcurría con lentitud para él.

De vez en cuando Jacques y Raph se acercaban un momento a comprobar cómo estaba antes de volver junto a sus acompañantes y reanudar sus bailes.

En cada ocasión él les reiteraba que se encontraba bien, que no se preocuparan por él, que estaba justo donde quería estar.

Pero eso no era del todo cierto, porque en el fondo no quería estar en Whelton. A decir verdad, detestaba ese lugar. Pero estaba a salvo y, tras instalarse ahí para huir de la casa de su padre, marcharse a cualquier otro sitio no parecía una opción viable.

Se disponía a retirarse cuando Jacques le dio una palmada en la espalda.

—Por tu cara se diría que se ha muerto alguien, Stan. ¿No lo pasas bien?

Stanley estaba a punto de responderle y de darle las buenas noches cuando Raph apareció también. Al poco, la bandada de chicas se arremolinó en torno a él como agua sobre una concha marina, de modo que se quedó donde estaba, callado, invisible.