Disolución 4. Stanley 1952
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4. Stanley 1952

Mientras ascendía los escalones hacia el aula de Waldman, a Stanley le sorprendió lo grata que le resultaba aquella nostálgica sensación de familiaridad.

Solo dos años atrás, todas las cosas familiares eran peligrosas.

Toda rutina le inspiraba temor o, como mínimo, preocupación.

Sí, era cierto que Whelton no había resultado ser el fabuloso mundo de ensueño que se había imaginado.

De hecho, a menudo era todo lo contrario.

No obstante, en el club de Waldman había encontrado un lugar seguro en medio del peligro.

Durante los últimos dos años, la seguridad había primado sobre casi cualquier otra consideración.

—Peón a cuatro rey —dijo Jacques, retando a Stanley en cuanto entró en la sala.

Este arqueó la ceja. Jacques alzó las manos con exasperación, retrepándose en la silla—.

Sí, ya lo sé. La defensa siciliana. Una jugada aparentemente nada polémica.

Pero ¿habrá alguna estratagema detrás? ¿Un farol?

¿Un doble farol? —Se echó hacia delante y asestó una palmada con las dos manos en la mesa—. ¿Un triple farol?

—Peón a cuatro alfil de dama —repuso Stanley.

No había tablero ni piezas. Así jugaban ahora, como Waldman, en los recovecos más profundos de su memoria.

En el rincón, otros dos muchachos estaban sentados uno frente a otro, jugando con un tablero de verdad.

Hugo y Archie, alumnos de primero recientemente reclutados por Waldman, a los que Stanley sacaba cuatro años, eran más bien reservados.

Jacques suspiró.

—¿La variante Najdorf? Qué sosería. No tienes el menor sentido de la teatralidad, Stan.

—Tu obsesión con la teatralidad es lo que te hace perder. —Stanley se acomodó en un asiento a su lado.

—Ah —dijo Jacques, levantando un largo dedo—. Pero pierdo con estilo.

Stanley desplegó una sonrisa. Jacques, el muchachito que había conocido en el aula de Waldman, había crecido considerablemente tanto en estatura como en lo relativo a su personalidad.

Era incluso más alto que Raph —el otro miembro del pequeño grupo— y, a pesar de su tendencia al histrionismo, había demostrado poseer una inteligencia excepcional, aunque, como suele ocurrir, esto le confería cierta propensión a la arrogancia.

Huelga señalar que nada de esto le importaba a Stanley.

Ninguna de estas cosas tenía importancia cuando se trataba de un amigo.

—Caballo a tres torre de rey.

—Qué jugada tan absurda —masculló Hugo tras ellos, lo que hizo que Stanley enarcara las cejas. Hugo rara vez abría la boca.

Jacques sonrió de oreja a oreja.

—Y, no obstante, la he hecho. ¿Has visto a Raph hoy? De verdad que es para partirse.

—¿De qué hablas? —preguntó Stanley.

El otro chico sonrió de nuevo.

—Ah, ¿no lo sabes?

—¿Qué es lo que no...?

La puerta se abrió de golpe, y el profesor Waldman entró cojeando y golpeteando el suelo de piedra con su bastón.

—«¡Oh, si esta demasiado sólida masa de carne pudiera ablandarse y liquidarse disuelta en lluvia de lágrimas —murmuró—, o el Todopoderoso no asestara su cañón contra el homicida de sí mismo!

¡Oh, Dios, oh, Dios mío, cuán fatigado ya de todo, juzgo molestos, insípidos y vanos los placeres del mundo!

» —Cuando llegó al escritorio, volvió el rostro hacia los dos muchachos (o, para ser precisos, ligeramente hacia su izquierda) y dijo—: Terminadlo.

—«¡Nada, nada quiero de él —estalló Jacques, continuando con el soliloquio—, es un campo inculto y rudo, que solo abunda en frutos groseros y amargos!»

—«¡Que esto haya llegado a suceder a los dos meses que él ha muerto!» —añadió Stanley.

—«No, ni tanto, aún no ha dos meses —prosiguió Waldman, apoyando el bastón en la mesa para quitarse la americana—. ¡Aquel excelente Rey, que fue comparado con este, como con un Sátiro, Hiperión!»

Se interrumpió, y el silencio se impuso en la sala. Juntó las cejas, con una expresión escrutadora reflejada en los lechosos ojos. Tanto Hugo como Archie alzaron la vista, aunque todavía no se esperaba de ellos que fueran capaces de recitar las obras de Shakespeare cada vez que se lo pidieran.

—¿Y bien, Raphael? ¿Vas a ensalzar cuán cariñoso con tu madre era el difunto rey, o es que tal vez se te ha olvidado este soliloquio en particular?

—Raph no está —dijo Stanley.

—¿Qué? —barbotó Waldman—. ¿Que no está? En los últimos cincuenta años, ni un solo alumno ha tenido la osadía de presentarse con retraso a una de mis reuniones.

—No lleva cincuenta años dando clase —lo pinchó Jacques.

—Lo sé, Jacques. Se llama hipérbole. ¡Bah! ¡Mira que decirme cuánto tiempo llevo dando clase! ¡Para el caso, es como explicarle a un pez cómo se nada!

La puerta se abrió con un chirrido. La delgada figura de Raph se acercó cabizbaja a su asiento y, como una torre que se derrumba, se dejó caer en él.

Se encorvó y posó la cabeza sobre la mesa con aire taciturno, como un perro cansado.

—¿Todo bien? —le preguntó Stanley.

Por toda respuesta, Raph soltó un gruñido.

—«Las angustias de un mal pagado amor» —dijo Jacques con una mueca.

—Cállate —espetó Raph—. No sabes de lo que hablas.

—Stanley desde luego no sabe de lo que hablo, y creo que el profesor Waldman tampoco.

Raph enderezó la espalda, apretando los puños.

—Dejadlo ya, ¿vale? ¿Por qué no lo dejáis?

—Porque es importante, Raph. Se trata de un momento decisivo en tu vida, y todos debemos apoyarte.

—¿De qué habláis? —inquirió Stanley. Archie dejó escapar una risita, pero ante la mirada que le lanzó Raph, devolvió de inmediato su atención a la partida de ajedrez con Hugo.

—En efecto. —Waldman dio unos pasos hacia ellos—. ¿Qué te ha sumido en ese estado de abatimiento, mi querido muchacho? Huelo la tristeza que destilas. Apestas a tristeza.

Raph volvió a descansar la frente en la mesa.

—Raph ha invitado a esa chica de Raeburn al baile del Día del Fundador.

Un hondo gemido brotó del pecho de Raph, que ocultó aún más el rostro entre sus brazos.

—¿Esa a la que has estado dándole clases particulares? —preguntó Stanley—. Y... ¿cómo ha ido?

Waldman prorrumpió en carcajadas.

—¿Que cómo ha ido? Pero qué tonto eres, chiquillo. Para el caso, es como si le preguntaras al sol si está muy caliente. ¡Escucha cómo arrastra los pies, qué suspiros tan profundos y sentidos exhala! Pero si es la viva imagen del amor no correspondido...

—¿De verdad tenemos que hablar de eso? —le preguntó Raph a la superficie de su mesa.

—Oh, ya lo creo que sí —lo presionó Jacques—. Quiero que nos cuentes exactamente cómo...

—Jacques. —Stanley no solía endurecer el tono, pero cuando lo hacía, era como el acero—. Déjalo.

—Solo estaba...

— Jacques .

Este levantó las manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Lo que tú digas. Al fin y al cabo, yo ya tengo pareja para ir al baile.

—No te creo —repuso Raph—. ¿Cómo has conseguido pareja tú?

Jacques se encogió de hombros.

—Con perseverancia. En realidad, es una cuestión de números. Si te tomas cada rechazo como algo personal, no me extraña que...

—Es que es personal —insistió Raph—. Si una chica te rechaza es porque no le gustas. No hay ninguna otra razón. Es literalmente lo más personal que existe.

—Solo digo que...

Los dos continuaron con su rifirrafe por encima de la cabeza de Stanley, que crispó el gesto.

La discusión sobre el mundo exterior al aula evaporaba su sensación de paz.

Ninguno de los muchachos le había preguntado si se había molestado en invitar a una chica al baile. Sabían que era un caso perdido.

Y es que, a pesar de que aquel único espacio le ofrecía algo parecido a un sentimiento de pertenencia, Whelton se había convertido para Stanley en algo análogo a un traje que no era de su talla y le apretaba en todos los sitios inapropiados.

Lo percibía en todas las risitas y cuchicheos sobre su forma de vestir; lo notaba en cada sonrisa de superioridad mal disimulada.

Pero no le daba mayor importancia, porque al menos se encontraba a salvo.

Mientras estuviera a salvo, podía sobrellevar cualquier cosa.

Waldman, que había estado jugueteando distraídamente con unas chucherías que tenía sobre la mesa, se volvió para mirar a Stanley.

Al menos, le daba esa impresión a veces.

Aunque sabía que aquellos ojos velados estaban privados de la vista, había momentos —muy breves— en los que parecía que lo veían todo de golpe.

—Creo —dijo el hombre, con una voz que cortó las palabras de los muchachos como si fueran tiras de papel— que es hora de que pasemos a conversaciones más sustanciosas.

Después de todo, hay temas más importantes que indagar, y el tiempo no perdona a nadie.

¿Por qué decimales van nuestros nuevos reclutas?

—Yo me sé los primeros cincuenta y tres decimales de pi, profesor —saltó Hugo—. Y Archie llegó anoche hasta el decimal setenta y cinco. Los recitó de corrido delante de mí.

Stanley asintió, impresionado.

—Bien hecho.

Raph irguió la espalda, deseoso de intervenir en aquella nueva conversación.

—Yo batí mi récord el fin de semana. Voy por el número cuatro mil cincuenta.

Hugo se quedó boquiabierto.

—Caray.

—¡Ja! ¡Estupendo! —exclamó Waldman—. ¡Me alegra ver que nada frena tu progreso! En cuanto al señor Bashar y al señor Webb, ¿por dónde van ustedes, caballeros?

Jacques respiró hondo y sacó pecho.

—Tres mil ochocientos noventa y cuatro. Apliqué la técnica de asociación con colores que me enseñó usted el mes pasado, y está dando resultado. Seguramente podré llegar más lejos si me da más clases individuales.

—Hmm. Sí, buen trabajo —dijo Waldman. Jacques asintió, con un brillo anhelante en los ojos—. Ya veremos, señor Bashar, ya veremos. ¿Y tú, Stanley?

El aludido se revolvió en su asiento.

—Siete mil tres.

Raph y Jacques dirigieron la mirada hacia él a la vez, con la mandíbula colgando.

—¿Qué? Sí, hombre.

—Y una mierda —se mofó Jacques en cuanto recobró la compostura.

Waldman pegó un fuerte bastonazo al escritorio que sobresaltó a todos los chicos.