Disolución 3 #4
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Hago un débil intento de girar la silla de ruedas. En cuanto ella llega a la puerta y entra, pongo pies en polvorosa.

Empujando la silla, cruzo la calle hacia ti, sin fijarme en la proximidad de vehículos o algún otro peligro.

Aunque no te mueves un milímetro hacia nosotros, siento que tu ansia me impulsa a seguir adelante, y por un momento me pregunto si no puedes, si hay algo que te impide físicamente salvar la distancia entre la residencia y tú.

No voy tan deprisa como quisiera.

Me gustaría arrancar a correr para alcanzar la seguridad de tu coche lo antes posible, pero no puedo hacer más que andar a paso acelerado, y menos aún teniendo que cargar con un minusválido gemebundo.

No miro atrás. No puedo.

—¡Eh, alto ahí!

Oigo pisadas en la acera, detrás de mí.

Me falta el resuello. Intento apretar el paso, pero me resulta imposible. Mi cuerpo no me lo permite.

Cada segundo se me antoja una hora, cada metro, un kilómetro.

Cuando por fin llego a la acera opuesta, a solo unos metros de ti, una mano me ase del hombro y me obliga a girarme.

El rostro de Isabella, rojo como un tomate y crispado de ira, está a unos palmos del mío. Me agarra fuerte —demasiado fuerte para unos huesos viejos como los míos—, y siento que me está haciendo polvo el hombro. Stanley suelta otro quejido débil.

Y, de pronto, estás ahí, a nuestro lado.

A Isabella se le desorbitan los ojos, como si te hubiera visto antes.

Abre la boca para decir algo, pero tú la silencias poniéndole la mano en la cara.

Se le corta la voz. Los brazos quedan colgando a los costados.

Clava la vista en mí, y todo rastro de furia o de cualquier otra emoción le desaparece por completo del semblante.

Su aspecto es inhumano, como el de un maniquí o un traje de piel que se ha vaciado en un abrir y cerrar de ojos.

Me entran ganas de gritar, pero no puedo.

Tú ya has levantado a Stanley de la silla y le estás abrochando el cinturón de seguridad en el asiento trasero.

—¿Qué le has hecho? ¿Y a ella? ¿Qué les has hecho a todos?

—Se pondrán bien —me aseguras—. Sube. Tenemos que irnos.

Obedezco y tú te sientas al volante, como si tal cosa. Te... te comportas como si nada hubiera pasado. Y yo no lo entiendo. No tengo la menor idea de lo que estoy haciendo.

¿Adónde vamos?

¿Qué?

Desde ahí, ¿adónde nos dirigimos?

No lo... Lo siento. Estos recuerdos se me arremolinan en la cabeza. Son demasiado vívidos. El horror, la locura absoluta de todo ello... ¿Qué le hiciste a esa mujer?

Eso no es importante.

Espera... No, un momento. ¿Dónde está Stanley ahora, en este preciso instante?

Es lo que estamos intentando determinar.

¿Cómo es posible que no lo sepas? ¿Por qué estamos solo tú y yo en esta piscina de mierda? Ay, Dios.

¿Qué ocurre?

¿Dónde está Leah? ¿Le has hecho algo? ¿Está al tanto de este tinglado? Alguien tiene que informarla.

Ella no importa en este momento.

A mí me importa.

Eso es irrelevante.

¿Cómo puedes decir eso? O me explicas qué está pasando aquí o me callo y no te cuento nada más.

En ese caso, te abandonaré aquí. Si no sigues colaborando, no tengo motivo para quedarme. Estarás totalmente sola. Nadie vendrá en tu auxilio. ¿Es eso lo que quieres?

No... No, por Dios.

Pues entonces concéntrate. ¿Qué ocurre a continuación? ¿Estamos en el coche en marcha?

Eh..., sí.

¿Qué sucede después?

Por favor.

Maggie, escúchame. ¿Qué sucede después?

Estás conduciendo. Yo voy a tu lado, sin apenas hablar.

Stanley sigue inconsciente y, por un momento, entro en pánico al pensar que le has hecho lo mismo que a esa pobre mujer.

Sin embargo, cuando lo miro me percato de que no es así, de que su aspecto es distinto.

Parece dormido; sigue habiendo una persona en su interior.

Tras unos veinte minutos de trayecto, formulo la única pregunta que creo que puedo hacerte sin ponernos a Stanley y a mí en un peligro mayor.

—¿Cómo has conseguido que se desmayaran todos? ¿Les has echado algo en la comida? Cielo santo, Hassan... ¿Has drogado a todas esas personas?

Aunque no dices una palabra, juraría que las comisuras de los labios se te curvan ligeramente hacia arriba en una tenue sonrisa.

—Estás mal de la cabeza. Esto es de locos. ¿Por qué acabamos de hacerle esto a esa pobre...? ¿Por qué estamos haciendo todo esto?

—No he sido del todo sincero contigo, Maggie —declaras.

Enderezo la espalda e intento recuperar la compostura en la medida de lo posible.

—No me digas —respondo con claridad, sin alterarme.

—Dentro de la cabeza de Stanley hay algo de vital importancia. Algo que hizo hace mucho tiempo, antes de conocerte. Una decisión que tomó. El destino de todos nosotros depende de que averigüemos exactamente en qué consistía.

Parpadeo. Oír la frase «el destino de todos nosotros» y tomársela en serio no es algo que ocurra todos los días. Sin embargo, hay algo en tu voz tan firme como una estructura de piedra y mortero, como una cordillera. Inamovible.

—Pero Stanley ya no se acuerda de nada —replico—. No es capaz de acceder a ninguno de sus recuerdos.

—Lo sé —dices—. Por eso vas a colarte en su mente y a ayudarle a recuperarlos.