Disolución 3 #3
13%

3 #3

El celador mueve la cabeza de un lado a otro.

—No es un buen momento. Acaba de cenar, y pronto será la hora del baño. No hay nadie disponible para acompañarlos. El señor Webb necesita mantener su rutina. Eso es muy importante aquí.

—¿Me está diciendo que yo, su esposa, la que está pagando su estancia en este sitio, no puede llevarlo a dar un paseo rápido de cinco minutos? ¿Qué clase de Gestapo tienen organizada aquí?

El hombre junta las cejas, desconcertado.

—Hay unas normas, señora Webb, y tenemos que...

Doy un paso hacia un lado de Stanley, que contempla una pared con mirada ausente, y en dirección al celador. Invoco ochenta años de mi furia femenina más devastadora y la transmito a mi voz.

—Por lo que he visto hoy, se están pasando por el forro las supuestas rutinas y en su lugar plantan a los residentes frente al televisor para mantenerlos callados. ¿Cuánto llevaba Stanley viendo ese trasto? ¿O prefiere que solicite acceso al sistema para averiguarlo?

Él parpadea, sorprendido de que una carroza como yo sepa aprovechar las ventajas de una red inteligente.

—Me lo imaginaba. Ya me estaba planteando la posibilidad de trasladarlo a otra residencia, pero al ver lo desatendido que lo tiene usted, creo que la decisión está tomada.

Me aseguraré de mencionar su nombre cuando se lo explique a su jefe.

Y ahora, mi marido y yo vamos a dar un paseo corto para tomar un poco el fresco, como llevamos haciendo desde antes de que usted naciera.

Le estaría profundamente agradecida si se quitara de en medio.

El hombre emite un balbuceo titubeante que parece el principio de una disculpa, pero, antes de que pueda formularla, lo rodeo empujando la silla de Stanley y entro en el ascensor.

Mientras las puertas se cierran a mi espalda, me recreo en lo a gusto que me he quedado.

¿Te dice algo Stanley en el ascensor?

No.

¿Nada de nada?

Tiene la cabeza en otra parte, como si sufriera una fuga disociativa. Para ser sincera, ni siquiera parece consciente de mi presencia.

¿Alguien intenta detenerte mientras llevas a Stanley hacia la salida?

No. Otros celadores me miran de reojo cuando paso por su lado, pero no paro en ningún momento.

Cruzamos la puerta doble de atrás y salimos al jardín.

El viento se ha enfriado, como si una mano glacial lo hubiera agarrado y estrujado hasta exprimirle unos cuantos grados.

El aire fresco resulta vigorizante, como el del mar, aunque estamos a varios kilómetros de la costa.

Un escalofrío me baja por el espinazo y me pregunto hasta qué punto me has lavado el cerebro, porque si lo que me has dicho fuera verdad, si tuvieran a Stanley estrechamente vigilado, dudo mucho que hubiera podido llevarlo fuera con tanta facilidad.

Tal vez el celador de arriba solo me estaba buscando las cosquillas. A lo mejor no existe conspiración alguna, y aquí estoy yo, sacando a mi marido de su residencia para que tú hagas vete a saber qué con él.

Entonces me acuerdo de las lagunas en mi memoria, y me recorre otro escalofrío, esta vez de abajo arriba, hasta los hombros y el cuello, que se contraen y se juntan.

Al oír unos pasos detrás de mí, giro la cabeza tan deprisa que por poco se me cae.

No hay nadie ahí. El terreno llano cubierto de césped se extiende hacia una hilera de arbustos —unas resistentes matas de hoja perenne que apenas requieren riego—, y más allá no hay nada.

Sin embargo, tengo la certeza de que alguien está detrás de esos arbustos, y si no, tras la esquina del muro, o mirando por la ventana.

Había pensado en vagar por aquí hasta que se produjera la distracción, pero ahora hay alguien observándome. Siguiéndome. No tengo muy claro cómo lo sé, pero nunca he estado tan segura de algo en toda mi vida.

Acelero un poco la marcha. Stanley murmura algo, en voz tan baja que no alcanzo a entender sus palabras. No me inclino hacia él para oírlo mejor. No hay tiempo. Empujo la silla hacia la puerta de la verja.

La sensación de que nos siguen aumenta con cada paso.

Percibo unos ojos tras la ventana, pero no distingo si pertenecen a un residente o un celador.

Sé que me has avisado de que habrá una distracción, pero caigo en la cuenta de que no sé cuándo ni en qué consistirá.

Me has enviado aquí a ciegas y, pese a todas mis dudas, de pronto me entra mucho miedo.

Las ruedas de la silla de Stanley empiezan a emitir un rumor sordo cuando pasamos del césped al asfalto. Cruzamos el aparcamiento en dirección a la calle. Donde nos esperas tú.

—Señora Webb. —La voz que suena a mi izquierda me golpea como un látigo—. ¿Adónde va?

—Ah. —Detengo la silla con un chirrido. La recepcionista está ahí de pie, firme como un pino, y la fachada de familiaridad se ha esfumado por completo de su rostro—. Solo quería mostrarle a Stanley una tienda nueva en la acera de enfrente. Una conocida nuestra trabajaba...

—Creo que será mejor que vuelvan a entrar.

Lleva en la mano un artilugio extraño, un pequeño tubo negro que sujeta contra el costado como si fuera una pistola. Intento recordar dónde la he visto antes. «En la recepción», susurra una voz en mi mente.

Pero ¿qué recepción? ¿Qué hago aquí, en el aparcamiento?

—No... No sé muy bien qué...

—Tranquila, señora Webb —dice—. Usted llévelo dentro y lo resolvemos todo.

Es entonces cuando reparo en el sonido: un gemido de dolor y angustia que me hace bajar la mirada hacia Stanley.

Se agarra el brazo, intentando hablar, pero de su boca solo sale un batiburrillo lastimero de balbuceos ininteligibles. Dios santo, ¿estará sufriendo un derrame cerebral?

—Señora Webb —dice la mujer—, venga hacia mí y...

Se oyen exclamaciones cada vez más fuertes procedentes del interior del edificio. Tras exhalar un suspiro y cerrar los ojos, Stanley se hunde en la silla, inconsciente.

—¡Isabella! —grita alguien desde la puerta principal. La mujer plantada ante mí se vuelve, aferrando con más fuerza el extraño objeto negro. Hay un hombre de pie en la puerta principal, haciendo bocina con la mano—. Isabella, te necesitamos dentro ahora mismo. Os necesitamos a todos dentro.

Por toda la residencia suenan voces de alarma que se escapan por las ventanas, las puertas y las rendijas y recovecos de las paredes.

El rostro de Isabella es la viva imagen de la rabia.

—¿Qué cojones está pasando?

—Están... —barbotea él, casi sin dar crédito a sus propias palabras—. Se están desmayando, Isabella. Todos a la vez. Están... cayendo redondos. Cielo santo, ¡todos, Isabella!

Ella se queda mirando al hombre de la puerta, debatiéndose entre regresar ahí a toda prisa o quedarse con Stanley y conmigo. Yo pestañeo, con la mente sumida en una confusión de recuerdos e intenciones nebulosos, abrumada por el pánico ante lo que le está ocurriendo a Stanley.

Y entonces te veo al otro lado de la calle, y tanto el motivo como la naturaleza de mis actos vuelven a mi cabeza con la fuerza de un tsunami.

De pie junto a tu coche, me haces señas de que cruce la calzada. Devuelvo la mirada a Isabella, que nos observa de nuevo, con aire expectante.

«Se producirá una distracción», te oigo susurrar en mi mente.

—Madre mía —digo, negando con la cabeza e imitando la voz de una ancianita desvalida—.

Ay, madre mía, tenemos que regresar adentro para que alguien lo atienda.

—El hombre de la puerta está temblando; parece a punto de explotar—.

Adelántese usted. Yo iré justo detrás con Stanley. Esa pobre gente necesita su ayuda.

Con un suspiro y un gesto seco de asentimiento, Isabella echa a andar a grandes zancadas hacia el edificio con el cuerpo entero tenso de rabia.