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La soledad suele representarse con imágenes del aislamiento y la claustrofobia que trae consigo; personas acurrucadas en la cama en una habitación oscura, incapaces de moverse.
Sin embargo, la soledad real se traduce en la repetición, en seguir las mismas rutinas día tras día, sin novedades que den pie a la reflexión o a ilusionarse.
En el fondo, resulta irónico. Durante gran parte de mi juventud, yo hacía todo lo posible por evitar la soledad; bebía, iba de fiesta, me entregaba a múltiples devaneos desaconsejables que no me dejaban más que una sensación hueca, aturdimiento y ansia por ir en busca de una nueva distracción.
No fue sino hasta que conocí a Stanley que aprendí que la soledad no se vence huyendo de ella o enterrándola bajo otras cosas: había que plantarle cara o encontrar a alguien dispuesto a afrontarla contigo.
Ahora, en cambio, pese a la maravillosa vida que construimos juntos, no hay nada en todo mi día que me haga sentir más sola que visitar a Stanley.
Bueno, hasta que apareciste tú. Irrumpiste en mi vida y lo pusiste todo patas arriba. No sé si te adoro o te odio por ello. No sé qué se supone que debería sentir por ti. Hay algo en ti que me da mala espina... Eso lo tengo claro.
Te estás distrayendo, y eso no nos ayuda ahora mismo. Estoy perfectamente.
Nada está perfectamente. Me encuentro en una piscina abandonada, enchufada a un gotero, por Dios. No sé cómo he acabado aquí, ni qué demonios estoy haciendo. Tengo la sensación de que todo esto es un sueño terrorífico, una especie de pesadilla desbocada. Nada de lo que está pasando me parece real.
Pues es real. Yo estoy aquí, delante de ti. Te estoy grabando porque todo lo que dices es importante. Estás cruzando la calle. ¿Y luego?
Pues... atravieso el césped y subo los escalones de la entrada principal.
Han instalado una de esas cámaras nuevas de reconocimiento facial tan sofisticadas.
Emite un destello para indicar que estoy registrada como familiar.
Las puertas correderas se abren. Oigo música de fondo, el tintineo incesante de un piano.
La sala es amplia, una zona de estar diáfana con una cocina pequeña a un lado —una de esas con cafeteras eléctricas que los vejestorios no sabemos utilizar como es debido— y una colección de sillones a la derecha.
Algunos están ocupados por residentes con los ojos vidriosos y fijos en un televisor, viendo la reposición de alguna telecomedia que reconozco pero cuyo nombre no recuerdo.
Hay un piano de verdad al pie de la escalera principal, claro, pero nadie lo toca nunca. El tintineo procede de los altavoces.
Flota en el ambiente un olor a lavanda artificial, esa sustancia sintetizada químicamente. Es una mala imitación, pero más o menos consigue disimular el hedor subyacente a meados y productos de limpieza, así que, a pesar de todo, me alegro de que exista.
—Margaret —gorjea la recepcionista con una enorme sonrisa estampada en la cara—. Qué alegría volver a verte.
Es la primera vez que la veo. Antes me molestaba que las recepcionistas nuevas fingieran conocerme, cuando en realidad es la cámara de la entrada la que les revela mi nombre directamente en la pantalla.
Sin embargo, descubrí que no fingían; ya nadie se molesta en recordar el nombre de la gente.
¿Para qué, si esa información está siempre al alcance de la mano?
Las interacciones auténticas se han visto remplazadas por una cordialidad fácil de fabricar.
Eso no tiene nada de malo en sí mismo. La sociedad avanza, y también sus prácticas. Pero me hace sentir muy muy mayor.
—Hola. No nos conocemos —digo con toda la intención—. Vengo a ver a mi marido, Stanley Webb. Está arriba, en...
—El pabellón de la memoria, sí —me interrumpe—. Es uno de mis residentes favoritos.
«No le has dirigido una palabra en tu puta vida, ¿a que no, guapi?»
Es lo que le habría dicho si no hubiera estado a punto de sacar furtivamente a mi esposo de una prisión en la que ni siquiera sabía que estaba encerrado, y si no hubiera estado cagándome encima por la mezcla de miedo y adrenalina que esto traía aparejada.
—Gracias. —Le sonrío y me encamino hacia los ascensores para subir al segundo piso.
Un celador al que sí reconozco me deja entrar en el pabellón y me acompaña hasta el cuarto de Stanley. Está acostado en la cama, con la mirada clavada en el televisor, uno de esos dispositivos inteligentes de última generación que están conectados entre sí en el edificio. Se me escapa un suspiro.
—¿Puede apagar eso?
—Faltaría más, señora. —Asiente, coge el mando y pulsa un botón.
—Creía haber pedido que no le dejaran pasar tanto tiempo con ese maldito trasto encendido.
La sonrisa del celador se tensa.
—Es que ha dicho que quería ver la tele un rato. Es un documental. Sobre la guerra de Irak. Son muy educativos.
—Stanley detesta las guerras y no le gusta nada hablar de ellas —espeto—. Bah, qué más da. ¿Nos da un momento de privacidad?
No era mi intención ponerme tan borde, pero verlo así —vacío, como una escultura hueca, como una botella reciclada— hace aflorar lo peor de mí.
El celador cierra la puerta, y nos quedamos solos Stanley y yo.
Es una habitación pequeña, con un ambiente pasablemente hogareño —papel pintado, plantas, unas mantas bonitas, fotos antiguas de Stanley de vacaciones en Australia, cuando era más joven—, lo justo para convencer a un visitante de que es posible que alguien se sienta como en casa aquí.
Cuando la pantalla de la tele se queda en negro, él se vuelve hacia mí con el entrecejo arrugado.
—¿Por qué has hecho eso?
—Soy yo, Stan —digo inútilmente. Si no me ha reconocido aún, no me va a reconocer—. Soy Maggie.
—Sí, ya lo veo. ¿Te crees que soy idiota?
—Claro que no, Stan.
—Siempre me hablas con condescendencia. Me tratas como a un niño tonto.
Tuerzo el gesto. Si hay algo que me gusta aún menos que los días en que no me reconoce, son sus rabietas. Cuando vivíamos juntos nunca se ponía así: era un hombre tranquilo, flemático y siempre comprensivo.
—Pero bueno, ¿qué haces ahí parada? Te he pedido un vaso de agua.
—Perdona, Stan. —Me acerco al fregadero y lleno un vaso.
Las cañerías viejas gorgotean como cuando llevan mucho tiempo sin abrirse.
Esto parece indicar que, a pesar de todos los artilugios de alta tecnología que adquieren con el dinero de los residentes, el edificio en sí seguramente es más viejo que yo.
Me pregunto cuánto rato lo han tenido pegado al televisor, cuánto rato llevan sin prestarle atención.
—Estúpida —masculla en una voz apenas lo bastante alta para que yo lo oiga.
Tras llevarle el vaso y ponérselo en la mano, lo ayudo a incorporarse. Él me deja hacer a regañadientes.
—A mí antes la gente me respetaba, ¿sabes? En las universidades y en el ejército. El mismísimo secretario de Defensa en persona me dio un día una medalla.
—Lo sé, Stan —asiento.
A veces le vienen a la memoria recuerdos claros, por lo general de cuando era joven, antes de que nos conociéramos.
A menudo menciona una parrillada a la que asistió en la playa de Portobello, en Edimburgo.
Y luego están esas vacaciones en Australia de las que habla a todas horas.
Pero a veces, estímulos externos —como ese documental de guerra— se infiltran en su cerebro, y sus pobres neuronas, desesperadas por establecer conexiones, confunden algunas partes con recuerdos.
No se puede hacer otra cosa que seguirle la corriente.
Llevarle la contraria solo lo enfurece aún más.
La verdad es que ignoro por qué la edad y la pérdida de memoria han vuelto tan cruel a Stanley, pero, desde que está aquí, ha surgido entre nosotros un muro de piedra que se ha ido haciendo más alto e intimidatorio.
A veces, aún encuentro alguna grieta en él a través de la que se cuela la luz del sol y crecen flores que podemos pararnos a admirar juntos.
Sin embargo, últimamente, en muchas de mis visitas, no encuentro en ese muro más que la gelidez del hielo y la dureza de la piedra.
Durante una época, incluso aquí en Sunrise, hace un par de años, nos leíamos el uno al otro. A él le gustaba recitar a Shakespeare, interpretar conmigo diálogos entre Romeo y Julieta, y fingíamos ser adolescentes que descubrían el amor. Todo eso me parece ahora muy lejano.
Hace solo tres semanas me dijo por primera vez que me odiaba. Estaba furioso y, aunque me esforcé por mantener la calma, no fui capaz de contener las lágrimas.
—Te odio —me dijo.
—No pasa nada, Stan —respondí.
Él negó con la cabeza.
—No, no; sí que pasa: me estoy muriendo. Voy a morir y tú seguirás viviendo.
Recuerdo que me acerqué a la ventana y, mientras contemplaba las gaviotas que revoloteaban y chillaban en el cielo, pensé: «Pero si esto mío ya no es vida, Stanley».
Todo esto no es más que una broma de pésimo gusto.
—¿Salimos a dar un paseo? —propongo—. Hace un día precioso, Stan.
Agita la mano en un gesto vago que interpreto como un sí.
Su ira se ha aplacado hasta ceder el paso a una especie de apatía, de docilidad.
Me deja trasladarlo a su silla de ruedas y ayudarlo a sentarse derecho.
Cuando le limpio un poco de baba que le cae por la comisura de la boca, se encoge ligeramente, como si fuera a pegarle.
Ha empezado a reaccionar así hace poco, como si el alzhéimer hubiera reavivado un temor de su pasado remoto que una parte de mí siempre había intuido, aunque Stanley nunca hablaba de él.
En otra vida, tal vez le habría preguntado al respecto.
Ahora tengo la sensación de que es demasiado tarde.
Con la mayor delicadeza posible, le arropo las piernas y los brazos con una manta para que no coja frío.
Cuando salgo al pasillo empujando la silla, el celador de labios tensos reaparece.
—¿Adónde van?
—Ah, solo vamos a pasear por el jardín. Me lo ha pedido Stanley. —Decido presionarlo un poco—. Dice que nadie se ha molestado en sacarlo desde hace días.