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¿Hemos salido de la casa?
Sí. Veo que ya no te refieres a ella como «mi casa». Así me gusta; estás aprendiendo la jerga local.
¿Sigo contigo?
Espera. Tengo que preguntarte algo. Tú estabas ahí conmigo; viviste esa experiencia. ¿Por qué necesitas que te lo cuente de nuevo? ¿Se te ha olvidado?
No. Me acuerdo de todo, pero tu perspectiva es la que cuenta. Es lo único que importa. Yo no soy importante.
¿Qué quieres decir con eso?
Es complicado, y no tenemos tiempo para ahondar en eso. Stanley aún no está a salvo, y faltan solo unas horas para el reinicio. Ahora mismo lo esencial es que me refieras todo lo que puedas, cada detalle, cada pensamiento. Sin duda habrás visto cosas que yo pasé por alto.
Vale, vale, tú mandas, Matt Helm. Ay, madre, seguro que no tienes la menor idea de lo que hablo. Lo peor de hacerse viejo es que todas las personas que aún pillan tus referencias están muertas o dementes.
Sé quién es Dean Martin. ¿Guarda alguna relación con el momento que nos ocupa?
Probablemente no.
¿Adónde vamos?
Estamos en tu coche, pero no sé adónde vamos.
De repente pienso que me he dejado llevar por las circunstancias.
Un desconocido ha entrado en mi casa, me ha contado historias extrañas sobre la pérdida de memoria y residencias maquinadoras, y, cuando me he dado cuenta, voy montada en su coche y nos dirigimos a algún sitio.
¿Cómo te sientes?
Tengo miedo de que lo que me has dicho sea cierto.
Y también me das miedo tú. Miras al frente, tienes las manos colocadas a las diez y diez sobre el volante, y la mirada impávida y fija en la calzada.
El sol te brilla en las mejillas, que por un instante me parecen demasiado tersas, como si fueran de mármol o alabastro.
—Hacía tiempo que un hombre no me invitaba a salir —digo, no sé por qué. Seguramente porque no me atrevo a expresar lo que pienso; porque se me antoja ridículo comentar en voz alta lo que estamos a punto de hacer—. ¿Adónde vamos?
—La secretaria que está hoy en la recepción se llama Isabella. Como es nueva, tal vez no te conozca, pero, en cualquier caso, tu nombre figurará en el sistema.
—Caray. —Niego con la cabeza. Mis dedos se agarran con tal fuerza de un lado del asiento, que los nudillos se me han puesto un poco blancos. Trato de reírme—. Veo que no te andas con prolegómenos. Vas a lo que vas, ¿no?
Giras el volante con un gesto suave y mecánico para torcer a la izquierda, pero tu cabeza no se mueve un milímetro.
—No tienen motivos para sospechar nada, al menos al principio.
Tendrás que decirles que vas a llevarte a Stanley a dar un paseo por el jardín de la residencia.
Puede que esto no les haga gracia, pero si te pones emotiva, no te lo impedirán.
No olvides que solo son empleados. No tienen una visión de conjunto.
—¿Y cuál es la visión de conjunto?
Se produce un largo silencio entre nosotros cuya complejidad me esfuerzo por desentrañar.
—¿Quieres que sea sincero contigo, Maggie? —Diriges estas palabras a la carretera que se extiende ante nosotros, y me invade la sensación de que en realidad no voy en el coche, de que vas tú solo y yo estoy fuera de él, viéndote en el vídeo de una cámara de seguridad en algún juzgado.
Abro la boca, pero la cierro, un poco temerosa de lo que pueda salir de ella. A mi pesar —y a pesar del martilleo que noto en el pecho, del calor que me baja por el cuerpo y del blanco de mis nudillos, aferrados aún a la tapicería de mi asiento—, digo:
—Sí, Hassan. Me gustaría que fueras sincero conmigo de una puta vez.
Apenas te inmutas, pero capto un gesto diminuto y fugaz, como si hubiera sorprendido a una estatua pestañeando.
—Los empleados de Sunrise tienen instrucciones estrictas de no perder de vista a Stanley, de asegurarse de tenerlo controlado en todo momento, pero no saben exactamente por qué.
Esa información no se difunde, y menos aún a enfermeros y cuidadores de la residencia.
Con el tiempo han ido confiándose y tratándolo cada vez más como a un paciente más.
Esa negligencia juega a tu favor, al igual que el hecho de que nadie en ese edificio sabe lo importante que es Stanley en realidad.
Pero solo tienes una oportunidad: si cometes un error, descubrirán tus intenciones y todo se irá al garete.
Hago un esfuerzo consciente por no quedarme mirándote con la boca abierta.
En algún momento de tu breve discurso te las has ingeniado para encender otro cigarrillo y llevártelo a los labios.
No entiendo cómo no me he dado cuenta. Algo se retuerce en mi interior.
Aunque dejé de fumar hace más de cincuenta años, el ansia no se me ha pasado del todo, y en este instante se reaviva con más intensidad que nunca.
Me entran ganas de preguntarte: «¿Cómo que todo se irá al garete? ¿En qué lío de narices me estás metiendo?».
—¿Por qué es importante Stanley? —pregunto en cambio.
—Eso es justo lo que intentamos averiguar —respondes. Exhalas una vaharada de humo alargada como una serpiente, y yo aspiro, convertida en fumadora pasiva.
El coche se detiene. Al mirar a la izquierda, veo que estamos delante de Sunrise, aparcados al otro lado de la calle.
—Te espero aquí, fuera de la vista. Es fundamental que el personal no me vea.
Cuando te lo lleves a pasear por el jardín, se producirá una distracción.
Será desagradable y lamentable, pero nos enfrentamos a personas peligrosas.
Ten la seguridad de que Stanley no sufrirá ningún daño.
Cuando llegue ese momento, no te lo pienses.
Te darás cuenta enseguida. Sácalo a la calle por la verja principal en la silla de ruedas.
Abro de inmediato la puerta para bajar del coche. No sé si porque quiero quitarme esto de encima cuanto antes o porque no quiero pasar un segundo más ahí dentro contigo.
—Maggie —dices en cuanto pongo un pie en el asfalto.
Me doy la vuelta.
Me dedicas la sonrisa más carismática que he visto jamás.
—Si alguien te causa problemas, dale caña.
Y entonces, inexplicablemente, una oleada de alivio me recorre, arrulladora, como si ya hubiéramos hecho esto antes —tú y yo—, como si fuéramos viejos amigos a punto de hacer una travesura peligrosa como cuando éramos críos.
Me quedo parada delante de Sunrise, un edificio en el que tengo la sensación de haber entrado cien mil veces. Se alza sereno a un lado de la calle, imponente, no amenazador, sino simplemente presente, un elemento más del paisaje.
El sol cabrillea en el estanque del jardín, flanqueado por dos árboles bien derechos. El césped aún está húmedo por el rocío; se oye el susurro de la brisa. Por un instante percibo los latidos de mi corazón, y una soledad profunda y penetrante se apodera de mí.
—Joder —murmuro.
Un joven que está a la izquierda me mira y frunce el ceño antes de proseguir su camino. ¿Sabes lo que significa eso?
¿Qué significa?
Que soy una vieja chiflada que habla sola en la acera. En eso me he convertido. Y soy incapaz de dilucidar cuándo demonios pasó.
Leah se reía de mí por eso, cuando aún me visitaba, pero no me lo tomaba a mal.
Se burlaba cuando me olvidaba de encender el horno para preparar la cena, o cuando metía el hervidor en la nevera, y yo pensaba: «Es lo que tiene hacerse mayor; puedo vivir con ello».
Pero cuando no hay nadie a tu lado para reírse contigo, la cosa deja de tener gracia.
Y la última vez que me cogió el teléfono estaba en Portugal..., en Lisboa, creo, trabajando en un bar, pero no quiso decirme dónde exactamente. Hacía una semana que no respondía a mis mensajes de texto, y solo quería asegurarme de que se encontraba bien.
—¿Qué quieres? —dijo cuando contestó. Y ya está, sin un «hola, mamá» o un «¿cómo estás?».
—¿Va todo bien, cielo? —pregunté—. Hace tiempo que no sé de ti...
—¿Cómo te atreves a preguntarme eso? ¿O es que has llamado para pedir disculpas? Porque no quiero oírlas.
Recuerdo con claridad estas palabras, porque nunca en la vida me había sentido tan perpleja. La última vez que la vi, vino a verme a la hora del té. Horneamos panecillos y se quedó a dormir. Por la mañana me dio un abrazo y se acercó a visitar a Stanley antes de irse a su casa.
—¿Pedir disculpas por qué? Leah..., ¿qué está pasando?
—No te hagas la vieja chocha conmigo —espetó.
Aunque nos separaban cientos de kilómetros, el veneno que destilaba su voz me hirió los oídos—.
Sobre todo después de lo que me dijiste, de lo que hiciste.
Tienes suerte de que te haya cogido el teléfono.
Eso no volverá a pasar. Si quieres echarme de tu vida, perfecto. Pero deja de llamarme.
Poco me imaginaba entonces que el tono de ocupado que se oyó a continuación marcaba el final de nuestra última conversación.
Han pasado dos años, y prácticamente he renunciado a intentar esclarecer la razón.
¿Fue porque metí a Stanley en una residencia?
Pero habíamos vuelto a vernos después de eso.
Ella me había apoyado. Me había acompañado cuando, con la ayuda de Hugo —uno de los más viejos amigos de Stanley y padrino de Leah—, lo había ingresado en el centro.
Aún hay veces en que me despierto en plena noche esperando que ella llegue corriendo a nuestra cama como cuando era pequeña, asustada por algún terror nocturno.
Amodorrada, retiro el edredón para que se meta debajo, pero lo único que entra es una ráfaga de aire frío, y me quedo confundida, con una pregunta a medio formular en los labios.
En ocasiones, eso es lo que siento que tengo ahora en vez de una hija: un vacío gélido y preguntas sin respuesta.
Ni siquiera sé dónde vive, si tiene novio, si está contenta.
Por lo que yo sé, podría estar casada.
Así que hago lo único que puedo: seguir adelante.