Disolución 2. Stanley 1951 #4
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2. Stanley 1951 #4

—¡Ja! Excelente —dijo el profesor, asintiendo—. Sí, excelente. Casi me lo trago. Pero solo casi, ¿eh? Casi, pero no. Y ahora deja de sonreír. Puede que esté ciego, pero percibo tu mueca de autocomplacencia desde aquí.

—No estoy haciendo ninguna mueca —replicó el chico, con la amplia sonrisa aún dibujada en la cara.

—Lo que faltaba, Jacques, que me insultes delante de nuestro invitado. Huelo esa mueca tuya. Puede que tus dotes de embaucador estén mejorando, pero a mí no me la das. Bien, ha llegado el momento... ¡del ajedrez! Stanley, doy por hecho que sabes jugar, ¿no?

Stanley asintió en silencio hasta que recordó que Waldman no podía verlo. Tragó saliva.

—Sí, señor. Es decir, me he leído las reglas y he estudiado algunas técnicas, pero... nunca he tenido a nadie con quien jugar.

—¡Qué absurdidad! ¡Qué disparate! No te preocupes, nosotros te enseñaremos.

Con la agilidad de una rutina bien ensayada, los otros chicos extrajeron tableros y piezas de ajedrez de sus huecos en los armarios y los cajones de los escritorios.

Antes de que Stanley pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, había siete tableros dispuestos; tres delante de Jacques, otros tres delante de Raph, y uno frente a él.

—Jugamos al ajedrez el primer y tercer miércoles de cada mes. Cuando consigas darme jaque en un tablero, puedes pasar a jugar con dos, y luego con tres.

—¿Y si consigo ganarle?

—¡Ja! —estalló Waldman—. ¿Ganarme? A mí no hay quien me gane.

Así pues, Jacques y Raph procedieron a jugar tres partidas a la vez, estudiando los tableros entre cada turno y anotando ideas y estrategias en sus papeles.

Le cantaban cada jugada al profesor Waldman —torre a cinco torre de rey, peón a seis dama— y enseguida Stanley empezó a hacer lo mismo, habiendo pillado rápidamente el truco a la notación.

Pese a su ceguera, a Waldman le bastaba con esto para seguir las siete partidas simultáneas en la cabeza.

No le hacía falta estudiar los tableros ni pararse a pensar.

Cuando uno de los tres chicos hacía una jugada, él anunciaba la suya al cabo de un segundo.

—¡Caballo a tres alfil de dama! ¡Ja! ¡Supérame eso!

Ganó las siete partidas. Derrotó a Stanley en seis movimientos.

Antes de que se diera cuenta, Stanley estaba yendo ahí todos los días después de clase.

Los cuatro jugaban a toda clase de cosas — backgammon , El juego de la vida , go—, pero el ajedrez era el claro favorito de Waldman.

Jacques se escabullía de las situaciones difíciles mediante engaños y marrullerías.

Raph manejaba las piezas con torpeza, pero de vez en cuando ejecutaba una jugada tan magistral que Stanley se quedaba mirándolo estupefacto.

En cuanto a Waldman, disfrutaba vapuleando a los chicos, apretándolos, contrarrestando cada uno de sus movimientos.

Mientras jugaban, no dejaban de charlar: el profesor recomendaba libros que Stanley luego leía hasta altas horas de la noche y comentaban al día siguiente durante una partida de Carrom o Camelot .

Waldman los interrogaba, los examinaba y, de algún modo, conseguía que nada de ello pareciera parte de un proceso de aprendizaje, sino de la vida.

Durante sus clases, Stanley intentaba pasar inadvertido, pero si antes sentía que se disolvía y se fundía con el papel pintado de las paredes, en su cerebro bullían ideas y conceptos nuevos: de Bach a Braque, de Milton a Bakunin.

Y, por primera vez en toda su vida, Stanley comprendió lo que significaba un hogar: la seguridad, la calidez y la libertad que llevaba aparejadas. Se preguntó si eso era lo que se sentía al tener un padre, en cuyo caso, tal vez no era algo tan terrible, después de todo.

Una tarde de principios de diciembre, cuando acababa de ponerse a nevar y la luz empezaba a menguar, Stanley formuló la pregunta que le rondaba la mente desde la primera vez que había puesto un pie en el aula de Waldman.

—¿Cómo lo consigue?

—¿Hmm? —murmuró Waldman, inclinándose sobre el segundo tablero de ajedrez de Raph mientras este meditaba su siguiente movimiento—. ¿Cómo consigo qué?

—Recordar la posición de cada una de las piezas en todas las partidas que jugamos. Memorizar todos esos datos e ideas.

—¡Ja! —El hombre enderezó la espalda—. Eso no es nada.

Hay personas capaces de aprenderse hasta setenta mil decimales del número pi, o de recitar de corrido las obras completas de Shakespeare, o la Biblia, sin despeinarse.

Tengo la firme convicción de que la memoria humana posee un potencial ilimitado.

¡Ilimitado! Un potencial que la mayoría de la gente apenas llega a rozar.

Podrías memorizar todas y cada una de las palabras jamás escritas. Te bastaría con saber cómo hacerlo.

Stanley levantó la mirada del tablero y, por alguna razón, aquellas palabras que se le habían quedado grabadas a fuego hacía unos meses salieron flotando a la superficie.

«Es lo que pasa cuando eres chusma. Si la materia prima es de baja calidad, es imposible que no salga un producto cutre.»

Se agarró a la mesa con ambas manos.

—¿Me enseñará cómo?

—Ay, muchacho. —Waldman movió la cabeza con un gesto teatral—. ¿Qué crees que llevo haciendo todo este tiempo?