Disolución 2. Stanley 1951 #3
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2. Stanley 1951 #3

Stanley parpadeó, sorprendido por la impertinencia de la pregunta. Al inclinarse hacia delante, reparó en que el profesor Waldman no los miraba a la cara, sino ligeramente hacia un lado, así como en la fuerza con que agarraba el bastón y el velo blanco de sus ojos.

En su encuentro anterior, Stanley se había quedado tan petrificado que se le había escapado por completo que el hombre era ciego.

—Por el olor —respondió Waldman, dejando el bastón apoyado contra la mesa—. Lo recuerdo muy bien, Stanley. Tienes un olor muy característico.

—Eso no ha sido muy amable —murmuró Raph, bajando la vista hacia sus manos—. A algunas personas les podría resultar ofensivo.

—¡Pues yo no lo veo así! —espetó el hombre, palpando la mesa con sus manos envejecidas—. ¡Ja! ¿Lo habéis pillado? No lo veo así.

Raph soltó un quejido.

—No deja de asombrarme que, después de todos estos años, siga usted haciendo chistes de ciegos —dijo Jacques.

—¿Chistes de ciegos? —barbotó el hombre, alzando las manos con ademán dramático—. ¿Cómo que chistes de ciegos? Me dejas desaso cegado . ¡Ja!

Jacques negó con la cabeza.

—Los chistes serían divertidos si no recalcara la gracia cada vez.

Stanley se quedó mirándolo. Desde que había llegado a Whelton College, no había oído a nadie hablarle así a un profesor.

—Lo que hay que ver —farfulló Waldman para sí—.

El gran Jacques Bashar dándome lecciones de cómo ser divertido.

Para el caso, es como si una piedra le enseñara a una esponja a ser absorbente.

—Abrió la puerta de un armario y sacó un maltratado paquete de papel.

Tras acercarse cojeando a las mesas, repartió una hoja y un bolígrafo a Jacques, Raph y Stanley—.

Hoy toca ajedrez. Veremos si sois capaces de no poneros en evidencia. Pero antes, ¡preguntas!

Stanley posó la vista en el papel que tenía delante, intentando dilucidar qué estaba pasando.

El aula había adquirido una tonalidad distinta durante el último minuto; de alguna manera, los colores se habían vuelto más intensos y acogedores.

Tenía la sensación de que las paredes estaban un poco más cerca y que cuatro personas bastaban para llenar aquel espacio.

Sin embargo, mientras oía las conversaciones en torno a sí, sintió que su identidad se disolvía.

—¿Quién fue el trigésimo segundo canciller de la Hacienda, bajo el mandato de qué rey ejerció y cuándo murió?

—Thomas Thwaites —dijo Raph sin tocar su folio—. Eduardo IV, 1503.

Stanley se puso a juguetear con el bolígrafo y el papel.

¿Qué hacía ahí? ¿Por qué había ido, para empezar?

—En 1587, el gobernador John White fundó una colonia en la isla de Roanoke, en lo que hoy es Estados Unidos. ¿Qué sucedió ahí y qué palabra se asocia al suceso?

—Ah, esta me la sé —saltó Jacques, pero no dijo nada más. Apretando los dientes, se propinó unas palmadas en la cabeza como para obligar al recuerdo a aflorar—. Lo tengo en la punta de la lengua.

—Todos desaparecieron —dijo Raph, sonriente—. Nadie sabe adónde se marcharon. Fue como si los hubieran borrado de la faz de la tierra. Dejaron una palabra grabada en el tronco de un árbol, «CROATOAN», pero no explicaba nada.

—¡Bien, muy bien! Cuidado, Jacques, que te está tomando la delantera. ¿Cuál es el septuagésimo octavo número primo?

—Uf, ¿primos? —protestó Raph—. ¿En serio?

—Sí, lo que oyes: ¡primos! No seas insolente. Tú acudiste a mí, Raphael, ¿o es que ya no te acuerdas? Dijiste que querías aprender todo lo que se podía saber. No seas tan quisquilloso respecto a lo que engloba ese «todo».

Jacques garabateaba a toda prisa en su hoja. Raph alzó la vista al techo, con una expresión ceñuda de concentración.

—Espabilad, chicos —los aguijoneó Waldman—. Es para hoy.

—Trescientos noventa y siete —dijo Stanley. Los números brotaron de sus labios antes de que pudiera contenerlos.

—¡Bien! —exclamó Waldman—. ¡Estupendo! —Estaba caminando de un lado a otro frente a la mesa—. ¿Cuál es el imperio más duradero en toda la historia de la humanidad y cuánto tiempo se mantuvo en pie?

Stanley contuvo la respiración. Había intervenido —se había convertido en el centro de atención por unos instantes—, y nadie había reaccionado.

Nadie se había mofado de él. Waldman simplemente había seguido adelante como si Stanley siempre hubiera estado ahí, como si siempre hubiera sido uno de ellos y el hecho de que respondiera correctamente a una pregunta sobre matemáticas fuera lo más normal del mundo.

Exhaló un profundo suspiro y se percató de que estaba sonriendo.

—El Imperio kushita de Nubia —dijo Jacques—. Mil quinientos setenta años.

—¡Ja! —gritó Waldman—. ¡Error! El reino de Kush fue derrotado por el Imperio axumita en el año 350, lo que significa que duró mil cuatrocientos veinte años, sesenta menos que el Imperio romano, ahí es nada.

—Te equivocas —repuso Jacques, levantando el dedo e inclinándose hacia delante—.

Unas excavaciones arqueológicas recientes en Sudán han revelado que había reyes kushitas en Napata ciento cincuenta años antes de la desintegración del Imperio Nuevo de Egipto.

Esta superposición temporal implica que debemos suponer que el Imperio kushita ya existía en el 1220 antes de Cristo.

—¿Qué? —preguntó Waldman con voz imperiosa, volviéndose hacia ellos—. ¿Dónde has leído eso?

—En ningún sitio —respondió Jacques, desplegando una sonrisa de oreja a oreja—. Me lo he inventado.