2. Stanley 1951 #2
A Stanley le costó contener el llanto, tanto en ese momento como más tarde, en el dormitorio.
Tenía experiencia en reprimir sus emociones y mantenerlas ocultas bajo la superficie para que no lo castigaran por mostrarlas, pero esta vez la sensación era distinta, porque, a pesar de la rabia que le daba que le hubieran hablado así, sabía que tenían razón.
Visualizó la ciudad en la que se había criado, con sus habitantes tiznados de carbón y sus vientos gélidos. Se imaginó a su padre borracho, con la cara enrojecida e hinchada, dando traspiés por la casa.
«Si la materia prima es de baja calidad, es imposible que no salga un producto cutre.»
Apretando el rostro contra la almohada, dejó fluir las lágrimas en silencio, de modo que nadie oyera nada, hasta que, en algún momento, el sueño se apoderó por fin de él.
Es curioso cómo un único suceso puede determinar por completo la percepción que tenemos de un lugar.
Para Stanley, Whelton College perdió su encanto casi de la noche a la mañana.
Los pasillos de piedra y las escaleras de caracol, antes rebosantes de vida, se fundieron en un fango marrón grisáceo que se le pegaba a las suelas al caminar.
Los rostros amigables de los profesores ocultaban expresiones ceñudas y desdeñosas tras sus estudiadas sonrisas, y sus ojos se clavaban como puñales.
A medida que las semanas se convertían en meses y los colores se agrisaban, Stanley se iba consumiendo.
Aunque seguía asistiendo a las disertaciones, ya no se sentaba en primera fila, donde todos podían ver sus defectos, su baja calidad. Fue desplazándose con disimulo hacia el fondo del aula y cayó discretamente en el olvido.
Así la situación era más llevadera, se decía. Todo era más fácil si no llamaba la atención.
Cuando llegaba el viernes y ya no estaba en clase, se pasaba fines de semana enteros sin pronunciar una palabra.
Se escondía en la biblioteca o sacaba libros que se llevaba al dormitorio; volúmenes sobre matemáticas, lógica y probabilidad.
Esas páginas, con sus ecuaciones equilibradas y sus pruebas irrebatibles, le brindaban certezas que no encontraba en ninguna otra parte.
Se dio cuenta de que, incluso entre semana, solo había hablado una vez en clase, para responder con un hosco «presente, señor».
En muchos sentidos, esto ejemplificaba su nueva existencia: solo estaba presente de palabra.
El resto de su ser —sus sueños, sus esperanzas, su espíritu introspectivo— estaba en otra parte.
O quizá en ninguna. Tal vez había muerto.
En ocasiones, sin embargo, no es un suceso lo que cambia el rumbo de una vida, sino una persona.
Sucedió un jueves por la mañana, hacia el final del almuerzo temprano, cuando a los alumnos más pequeños se les permitía comer mientras los mayores aún estaban en clase.
Stanley subía pesadamente a la Segunda Torre, donde lo esperaba una aburrida disertación sobre los emperadores de la Antigua Roma, cuando se detuvo frente a una puerta abierta.
—¿Y bien? —atronó una voz profunda, en plena lección—. ¿Se os ha comido la lengua el gato, o es que pensáis que estoy aquí para entreteneros como un payaso?
A través del vano de la puerta, Stanley entrevió a un hombre de baja estatura encorvado, apoyado en un bastón.
Alcanzaba a ver las primeras filas, ocupadas por alumnos que le parecieron mucho mayores que él, de dieciséis o diecisiete años, y que miraban al hombre que tenían delante en silencio y con atención.
Este se dio la vuelta y golpeó la pizarra con el bastón.
—Si aceptamos que eix es igual a cos(x) + i sen(x) , ¿qué ocurre cuando x es π ?
La clase lo contemplaba con fijeza sin decir una palabra.
—Vamos, vamos. —Blandió el bastón, no hacia la clase, sino hacia la ventana—. ¡Pensad! ¡Trabajad en el problema!
—Se obtiene cero y menos uno —dijo Stanley, y acto seguido se tapó la boca con la mano.
—¡Sí! —exclamó el hombre, eufórico. Sin volverse para mirarlo, se puso a garabatear en una pizarra que quedaba justo fuera de la vista de Stanley—. ¡Exacto! cos(π) = −1 y sen(x) = 0 . Por consiguiente, si volvemos a la igualdad original, se deduce que...
— eiπ = −1 + 0i . —Stanley no sabía muy bien por qué seguía hablando. Los otros chicos se inclinaron hacia delante para observarlo con ojos escrutadores a través de la puerta. Ya no estaba fundido con el entorno. Se había puesto al descubierto.
—¡En efecto! Y, puesto que el cero cancela la i , podemos reescribirlo como eiπ +1 = 0 . —Se volvió hacia la clase—. Bien, ¿qué relevancia tiene esto? ¿Por qué debería importarnos?
Esta vez Stanley no quería responder, demasiado consciente de la atención que había atraído. El corazón se le aceleró en el pecho. Tenía las palmas de las manos empapadas en sudor. A pesar de todo, como empujado por el destino, habló.
—Porque son cinco de las constantes fundamentales de las matemáticas, y todas aparecen en la misma igualdad bella y equilibrada. Es el lenguaje del universo y tiene sentido.
Arrugando el entrecejo, el hombre se volvió ligeramente hacia Stanley.
—¿Por qué suena como si no estuvieras en mi aula, muchacho?
—Pues... —En ese momento, el profesor pareció buscarlo con una mirada de desaprobación desde el fondo de la sala. Tenía el cabello cano, la frente arrugada y unas grandes gafas redondas—. Porque no estoy en su aula, señor.
—¿A qué esperas para entrar, entonces?
La mera idea de adentrarse en la sala y plantarse frente a una horda de alumnos de Whelton College —chicos como Barty o Charles, pero mayores y más crueles— lo horrorizaba. Sus pies se quedaron paralizados.
—Es que tengo que irme a...
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—S-Stanley.
—Preséntate en esta aula cuando terminen las clases —dijo, mirando vagamente en dirección a Stanley—. A las seis en punto. No tolero la impuntualidad. ¿Queda claro?
—Sí, señor.
—¡Bien! —Se giró de nuevo hacia la pizarra blanca y continuó con su clase como si Stanley ya se hubiera marchado—. Si pasáis a la siguiente página de vuestro libro de ejercicios y cogéis el bolígrafo, descubriréis que...
Estupefacto, Stanley retrocedió, huyendo de lo que se le antojaba un cebo que lo arrastraba hacia una trampa, demasiado consciente de lo que sucedía cuando uno se dejaba atrapar. En cuanto se encontró fuera del campo visual de la clase, arrancó a correr por el pasillo y dobló la esquina.
Tras dejarse caer al suelo, se abrazó las rodillas y respiró hondo varias veces.
Volvía a estar en casa, en su habitación, escondido bajo las mantas, mientras la escalera se estremecía con las pisadas furiosas de su padre.
Había faltado poco —demasiado poco— para que lo pillaran de nuevo.
Se había prometido que no permitiría que eso ocurriera.
Cuando su pulso recuperó un ritmo normal, caviló sobre aquel encuentro.
¿Qué acababa de suceder? ¿Se había metido en un lío?
¿Por qué se había sentido obligado a hablar?
Estos pensamientos lo acosaron durante las clases de Historia de Roma y Latín, mientras recorría los largos pasillos y corredores, y, cuando por fin regresó a aquella aula, unos buenos quince minutos antes de la hora indicada, se encontró la puerta cerrada.
Esperó. Y esperó.
Sin un sitio donde sentarse, cinco minutos le parecieron una hora, y diez minutos, una eternidad.
Cuando por fin dieron las seis, llamó a la puerta.
En cuanto la tocó, esta se abrió con un chirrido como si solo hubiera estado asegurada con una fina telaraña.
Había otros dos chicos en el aula, cada uno sentado frente a un escritorio.
Uno de ellos, moreno, de tez oscura y más o menos de su estatura, estaba retrepado en su silla con los pies encima de la mesa.
El segundo era más alto, un asiático flaco y desgarbado con un flequillo negro que le caía sobre los ojos.
Estaba encorvado sobre el escritorio, con las rodillas apretadas contra el tablero y los codos doblados en ángulo recto.
—Hola —dijo el más pequeño—. Me llamo Jacques, ¿y tú?
—Stanley. Me habían citado aquí.
—Ya. Son cosas que pasan. Al profesor Waldman de vez en cuando le da por ahí. Si te soy sincero, desde que Theo se graduó, he estado preguntándome cuándo habría una nueva incorporación. Hace un año largo que estamos solo nosotros dos. —Miró al chico mayor, ladeando la cabeza—. Él es Raphael.
—Raph —murmuró el muchacho alto, sin mirar a Stanley. Sus ojos se desplazaban por toda la sala.
Jacques sonrió.
—Le gusta más Raph.
Stanley paseó la vista en derredor, confundido.
Aunque unas horas antes había estado justo al otro lado de la puerta, ahora alcanzaba a ver en su totalidad el interior de la sala, y no se parecía a ninguna otra aula del colegio.
En todas las paredes había estanterías y, a diferencia del resto del edificio, donde reinaba un orden aséptico, cada una de ellas estaba abarrotada de libros, baratijas, juegos de mesa y adornos colocados de cualquier manera.
Había un cráneo humano en un estante, una espada enorme apoyada junto a la ventana y una granja de hormigas arrimada a un rincón.
—¿Esta no es... el aula de castigo?
Jacques estalló en carcajadas, y Raph soltó una risita. Pero no se trataba de una burla cruel como las que se le habían quedado grabadas a fuego en el cerebro. Era una risa cálida como la miel.
—Ven, siéntate —lo invitó Jacques, señalando la silla con un gesto—. Y tranquilo, que no estás castigado. Vas a tercero, ¿verdad? Me suena haberte visto en alguna clase.
Stanley cruzó la sala, asintiendo.
—Soy nuevo.
En el instante en que su trasero tocó la madera del asiento, la puerta se abrió de golpe y el profesor Waldman irrumpió en el aula, con un enérgico repiqueteo del bastón contra el suelo.
—¡Buenas tardes! —dijo con los ojos puestos en la ventana—. Bien, contamos con la presencia de nuestro último fichaje.
—¿Cómo lo ha sabido? —inquirió Jacques.