2. Stanley 1951
Las puertas del colegio eran enormes, de hierro forjado. Medían por lo menos siete metros de altura. No sabía cuánto rato llevaba ahí de pie, frente a esas puertas que se elevaban majestuosas e imponentes.
Hasta ese momento, todo en su vida había sido pequeño e intrascendente; una habitación que olía a cerrado, una cocina diminuta, una madre apocada. Lo más grande con lo que se había topado hasta ese momento era un puño.
Su padre no sabía que había enviado una solicitud de admisión a Whelton College, ni menos aún que se había presentado a los exámenes.
La experiencia le había enseñado que los progenitores masculinos no eran la clase de personas a las que se les contaban esas cosas, sino seres a los que había que apaciguar, evitar y temer.
Stanley nunca había entendido que alguien pudiera necesitar y mucho menos querer un padre.
Desde pequeño, cuando contemplaba a ese abusón farfullante de rostro colorado, pensaba: «Yo no he salido de ahí. No puede ser verdad. No permitiré que lo sea».
Susurraba esta frase para sí por las noches, bajo las mantas.
Se la repetía en la ducha. Le daba vueltas en la mente como un mantra cuando caminaba por las calles próximas a la mina de carbón de Ryhope.
Los muchachos de las poblaciones mineras no tenían otra salida en la vida que seguir los pasos de sus padres y acabar bajando con ellos al pozo.
Sin embargo, con cada repetición, Stanley añadía eslabones y cadenas a la promesa que guardaba bajo llave en el corazón: su historia no giraría en torno a su origen, sino en torno a su destino.
Así que, a pesar de haberse criado en un hogar hostil e inhóspito —soportando gritos, escondiéndose y recogiendo estropicios—, consiguió aprobar los exámenes. Ya era alumno de uno de los internados masculinos más prestigiosos del país, y con beca completa, nada menos.
Sin embargo, cuando salió al andén sin otra cosa que la carta de admisión y un uniforme de segunda mano lleno de remiendos, esperaba que lo invadiera el sentimiento de culpa por dejar a su madre a merced de aquel animal, por abandonarla.
Creía que la culpa lo abrumaría. Pero eso no ocurrió.
Lo cierto era que no podía imaginarla con otra persona que no fuera su padre.
Llevaba tanto tiempo conviviendo con él que era como si su sitio estuviera a su lado, del mismo modo que el sitio de una rata es una jaula.
En cuanto a sí mismo, la sensación era de libertad.
La sentía en el viento, de sabor amargo por los vapores ferroviarios, que le alborotaba el cabello y le azotaba el rostro.
La veía en el horizonte, más allá de los campos verdes que abarcaban kilómetros y kilómetros.
La oyó en el chirrido de los frenos cuando su tren llegó a la estación.
También lo invadió la vergüenza: por sentirse tan libre, por estar tan contento de escapar, por la ausencia de remordimientos.
Por otro lado, suponía que la vergüenza podía considerarse una forma de remordimiento.
Las emociones tendían a superponerse así: eran subconjuntos dentro de conjuntos, anidados unos en otros como en un diagrama de Euler.
Ahora se alzaban ante él cuatro siglos de imposiciones y expectativas.
Al otro lado de las puertas, arcos de piedra y torrecillas en espiral flanqueaban patios primorosamente ajardinados; los alumnos iban y venían en grupos apretados, serpenteando entre profesores ataviados con toga.
Estaba adentrándose en un nuevo mundo, y sabía que habría debido sentirse intimidado, incluso aterrado.
Sin embargo, a Stanley aquello le resultaba más bien electrizante.
Como tenía trece años e iba a iniciar el tercer curso, solo había otro alumno nuevo en su clase.
Stanley pronto se olvidó de él en el ajetreo de los primeros días, en la vorágine de experiencias nuevas.
Todo tenía un nombre distinto: a las lecciones las llamaban disertaciones; a las aulas, cátedras o torres.
En su horario de clases figuraban asignaturas que nunca había cursado, como Historia de Grecia, Latín o Filosofía.
En aquel universo, lo remotamente posible se volvía probable, y los sueños se vivían en la vigilia en vez de quedar arrumbados en los recovecos de la inconsciencia.
«Aquí —pensó al sentarse en un banco de la primera fila de la Tercera Torre—. Aquí es donde debo estar.»
Pero pronto se percató de que muy pocos le dirigían la palabra, al menos para entablar una conversación de verdad.
Estaba el sonriente alumno de quinto que le había mostrado las instalaciones del colegio en su primer día, pero no lo había vuelto a ver desde entonces.
Al principio, el aluvión de ideas y conceptos nuevos había sido tan intenso que a duras penas había conseguido seguir el ritmo.
El profesor de Lengua y Literatura citaba obras que todos los muchachos de su edad deberían haber leído, pero en su casa nunca había habido libros; su casa nunca le había proporcionado el ambiente seguro que se necesita para leer.
La asignatura de Ciencias le parecía complicada, y la de Latín todavía más.
Solo las Matemáticas le ofrecían un respiro de toda aquella complejidad, el alivio que le habían brindado durante toda su vida.
Se basaban simplemente en números y figuras, líneas e intersecciones, cosas que tenían sentido para él; siempre lo habían tenido.
Por la noche, en el dormitorio, mientras los otros chicos charlaban y jugaban, él estaba tan cansado que se dejaba caer en la cama y se quedaba dormido al instante.
Al cuarto día se había fundido con el entorno; era el alumno nuevo que no hablaba, un fantasma, un motivo en el papel pintado de las paredes.
También había bichos raros, sobre todo entre el personal. Un día, a la hora del almuerzo, cuando estaba sentado solo en un banco con su botella de agua y un sándwich, una de las profesoras se le acercó. Era una señora mayor de cabello plateado.
—Disculpe, jovencito —dijo, dirigiéndose a él.
Stanley miró alrededor, sin saber muy bien por qué alguien le estaba hablando.
—¿S-sí?
—Voy a necesitar esa botella de agua.
Stanley parpadeó, desconcertado.
—¿Mi botella?
—Sí —dijo ella, alargando la mano—. Trae.
Como no quería montar un número, Stanley se la pasó. Ella le sonrió y se esfumó sin decir una palabra más. Esa clase de extravagancia casi parecía un sello distintivo de aquella antigua institución, y a Stanley lo intimidaba un poco.
Sin embargo, Whelton era un lugar de oportunidades donde no cabía la cobardía.
Ya había visto bastante en el comportamiento de su madre, en su resignación ante la brutalidad de la vida.
No; había ido allí para dejar atrás la cobardía.
Así que, tras una disertación especialmente difícil en la Cátedra Menor sobre La república de Platón, intentó abordar a los tres chicos que habían estado sentados delante de él.
Aunque solo uno de ellos era alto, los tres lo hacían sentirse pequeño, tal vez por la seguridad de su porte, la convicción con que hablaban.
—Hola...
El alto —un muchacho con una llamativa cabellera rubia y un flequillo que le colgaba justo por encima de los ojos— se volvió hacia él.
—¿Sí?
—Me llamo Stanley.
Los otros dos se dieron la vuelta a la vez, como dientes de un engranaje.
—Caray, fíjate, Barty —dijo uno de ellos—. El enano sabe hablar.
Barty se rio.
—¿Qué quieres, enano?
—Me llamo Stanley —repitió.
—Ay, pobrecito —se mofó el tercero—. Me parece que lo has destrozado. Se ha quedado turulato.
—Es lo que pasa cuando eres chusma —aseveró Barty sin inmutarse, como si explicara un problema de aritmética o una ecuación química—.
Piénsalo bien, Charles. Es como cuando la gente compra algún artículo extranjero barato; se cae a pedazos al cabo de un par de días.
Si la materia prima es de baja calidad, es imposible que no salga un producto cutre.
A Stanley se le encendió el rostro. Abrió la boca para replicar, pero de ella solo brotó una exhalación. Ni siquiera estaban hablando con él, sino de él, como si fuera un objeto, un desperdicio del que intentaban decidir cómo deshacerse.
—¿Y bien? —dijo el chico llamado Charles, inclinándose hacia él y bajando la voz para que no lo oyera un profesor que pasaba por ahí—. ¿Qué coño querías?
La urgencia de la pregunta lo impulsó a responder en un murmullo.
—Solo quería hacer amigos.
Se replegó en sí mismo en cuanto lo dijo, avergonzado por las lastimosas palabras que se le habían escapado de los labios.
Los tres chicos rompieron a reír con carcajadas crueles y estentóreas. Se entregaron a la burla, regodeándose en ella.
—Oye, enano —dijo Barty, con las facciones crispadas de rabia despiadada—.
No sé a quién tuvieron que lamerle las botas tus padres, si es que los tienes, para conseguir que te admitieran aquí, o qué acto de caridad de mierda representas, pero, en serio, no hay más que mirarte.
—Agarró con brusquedad el uniforme de segunda mano de Stanley y dio un tirón a la tela—.
Tú no pintas nada aquí. Este nunca será tu lugar.
Y las autoridades del colegio no tardarán en darse cuenta y enviarte de vuelta al estercolero del que has salido.
Yo que tú no perdería el tiempo intentando hacer amigos.
A Stanley le ardían las entrañas. Apretó los puños, pero no pudo hacer otra cosa que quedarse ahí, paralizado y mudo.
Barty se agachó hasta que su rostro quedó a solo unos centímetros del de Stanley, y su crueldad de pronto cedió el paso a una sonrisa amable.
—Lo siento, enanito. De veras que lo siento, pero no es una cuestión personal, sino de calidad. Cuando vienes de buena familia, no es justo que te obliguen a relacionarte con el populacho. Me entiendes, ¿no?
Tras darle una palmadita en la mejilla, como si examinara a un animal de granja, giró sobre los talones y se alejó, con los otros dos chicos a la zaga.