Disolución 1 #3
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—No. Era joven, de veintitantos años. Estaba recién salido de la universidad y había conseguido un trabajo de becario en una prestigiosa agencia de noticias en Londres.

Creyó que ya había triunfado: que aquello catapultaría su carrera hacia lo más alto del periodismo, lo que le permitiría viajar por el mundo, visitar lugares interesantes y disfrutar de todos los alicientes de la profesión.

Después de unos días en que se dedicó a servir cafés y aprender las tareas rutinarias del departamento de recursos humanos, asistió a su primera reunión importante presidida por el redactor jefe.

Permaneció sentado, escuchando en silencio hasta el final, y salió con algunas grandes ideas sobre noticias que a lo mejor se pondría a investigar en cuanto tuviera un momento.

Diez minutos más tarde, el redactor jefe lo mandó llamar a su amplio despacho.

«¿Qué narices ha sido eso?», le preguntó este.

K movió la cabeza con aire vacilante. «Mira», dijo el editor, «deberías estar agradecido por haber conseguido un puesto de becario como este.

Yo me dejo la piel, como todo el mundo en esta agencia, y desde luego no nos hace ninguna gracia que venga un chaval con ínfulas a quedarse sentado, pasando olímpicamente de los que trabajamos duro».

K no entendía de qué le estaba hablando el hombre, y así se lo hizo saber, lo que enfureció aún más al redactor jefe.

«No has tomado ni una puta nota. Ni siquiera llevabas papel y boli.

¡Como si te importara un pimiento lo que decíamos! »

Sigo sin sentarme, aunque no sé muy bien por qué.

Estoy plantada ante ti como un halcón viejo y huesudo, embelesada.

Por un momento, me viene a la mente aquella escena de El libro de la selva en la que la serpiente obliga a Mowgli a mirarla a los ojos mientras empieza a enrollarle la cola en torno al cuello.

Sin embargo, antes de que mi mente consiga asimilar esta idea, tú continúas hablando.

—Al oír esto, K frunció el ceño, se rascó la barbilla y procedió a repetir todas las palabras que había pronunciado durante la reunión cada uno de los participantes, de principio a fin.

El redactor jefe se quedó de una pieza. Lo más extraño era que, hasta ese momento, no había caído en la cuenta de que a las otras personas se les olvidaban cosas.

Como se había criado en un entorno bastante aislado, creía que todos poseían la misma capacidad que él.

Nunca la había considerado algo del otro mundo, y nadie le había pedido explicaciones antes.

Haces una pausa, meditabundo. Aprovecho el momento de silencio para soltar una frase de un tirón.

—¿Qué tiene esto que ver con Stanley?

Alargas el brazo para tirar las cenizas de tu cigarrillo en un bol que no recuerdo haber sacado del armario.

—El problema de K es que no pasaba desapercibido.

Algunos le tenían envidia. En otros solo despertaba curiosidad.

Más tarde, ese mismo año, accedió a participar en un estudio de investigación, a cambio de una suma considerable.

No sabía exactamente en qué consistía —por lo visto, eso formaba parte del estudio—; simplemente se presentaba, le hacían escáneres del cerebro y pruebas sencillas para que demostrara su habilidad con los juegos lingüísticos, los números y cosas por el estilo, y luego se iba a casa.

»Un día llega a la oficina y no reconoce a nadie.

Reconoce el lugar en el que lleva trabajando un año.

Sabe dónde están su mesa y el despacho, pero los compañeros no son los mismos.

Se comportan como si lo conocieran. Le dirigen inclinaciones de cabeza y lo saludan.

Alguien le lleva un café. No había visto a una sola de esas personas en su vida.

Así que ¿qué hace? Llama a sus amigos y familiares...

, pero no reconoce a ninguno de ellos. La voz de su madre por teléfono no le suena de nada.

Una perfecta desconocida le asegura que todo va bien, que lo quiere.

Él entra en pánico. Tres días después, se ahorca.

—¡Madre mía! ¿Eso sucedió de verdad?

Asientes con un gesto escueto.

—Ya lo creo. ¿Y cuál fue el único cambio en su vida antes de que se olvidara de quién era todo el mundo?

Miro por la ventana a la calle. Una mujer con atuendo completo de corredora pasa trotando. No levanta la vista hacia nosotros, pero, por alguna razón, pienso que más vale que nadie sea testigo de esta interacción. Aunque me siento ridícula, me acerco a la ventana y cierro las cortinas.

—¿El estudio de investigación? —pregunto.

—Llevado a cabo por un grupo llamado Sunrise Medical. Salvo por unos pocos rastros documentales cuidadosamente ocultos, no hay pruebas de la existencia de ese estudio, claro.

Estoy caminando de un lado a otro, intentando entender qué diablos dices. El corazón me martillea en el pecho. Por algún motivo, me estoy tomando esto como algo personal. Demasiado personal.

Apuras el cigarrillo mientras tus ojos me siguen por el salón.

—Creo que Stanley fue objeto de un experimento parecido. Me parece que aún lo es.

Me paro en seco.

—¿Cree que están experimentando con él? ¿Cree...? Un momento, un momento. ¿Me está diciendo que el alzhéimer de Stanley es... qué? ¿Que ellos le han hecho esto?

—Sí.

Se me tensa todo el cuerpo. Esto es una locura. Es absurdo. Acabas de entrar en mi casa, me estás contando historias rarísimas y ni siquiera tengo idea de quién eres.

Pero me crees.

Sí.

¿Por qué?

No lo sé. Supongo que, mientras te escucho, se me ocurre que, si lo que le sucede a Stanley no es natural, sino provocado, entonces quizá sea reversible.

Tú no has dicho que lo sea; ni siquiera lo has dado a entender.

Pero la pequeñísima posibilidad de que esto entre en el terreno de lo factible basta para que quiera creerte.

—Debería ir a buscarlo —digo—. Sacarlo de ese lugar y traerlo a casa.

—Quizá eso no sea tan sencillo como parece.

Te pones de pie y reparo en lo alto que eres, lo intimidante que resulta tu presencia. Trago la saliva que se me acumula en la boca.

—¿A qué se refiere? Es una residencia, no una puta cárcel. Y soy su esposa.

—¿Cuándo diría que lo sacó de ahí por última vez?

—Pues... —Me quedo mirándote y me desconcentro—. No lo sé.

—Desde su ingreso, ¿recuerda específicamente habérselo llevado del centro algún día, por el motivo que sea?

Bajo los ojos hacia mis manos y, por unos instantes, me asalta la impresión de que las veo por primera vez. Les doy la vuelta y contemplo las arrugas en el dorso, la curvatura de los huesos. Noto tu mirada fija en mi coronilla.

—No lo sé. Pero sé que podría. Me refiero a sacarlo de ahí. En términos generales.

—Entonces, ¿por qué no guarda recuerdos de haberlo hecho?

Alzo de nuevo la vista hacia ti. Me siento perdida, como si se me hubiera escapado un globo de la mano y estuviera flotando hacia el cielo, cada vez más alto, para no volver jamás.

—Pero justo por eso elegí Sunrise, porque quería tenerlo cerca. Está en esta misma calle. Lo interné ahí para...

Me posas una mano en el hombro, y noto el peso en todo el cuerpo.

—¿Está totalmente segura de haber elegido Sunrise? ¿Tiene el recuerdo concreto de haberlo ingresado ahí?

Desvío la mirada. No aguanto más. Me tambaleo hacia la cocina para servirme una taza de té e intentar recuperar algún tipo de control sobre la realidad.

Trato de pensar en el día que llegué a la conclusión de que ya no podía cuidar de él a jornada completa.

Me veo a mí misma hojeando folletos aquí abajo mientras Stanley está arriba, en el dormitorio, porque no quiero mirarlos delante de él.

Me vienen recuerdos de quedarme despierta para leer reseñas en mi portátil cuando Stanley ya se había dormido.

Y lo siguiente que recuerdo es a Stanley ya en Sunrise.

Intento evocar el momento en que descubrí el folleto o la web, o cuando los llamé por primera vez.

Me esfuerzo por rememorar el día de nuestra primera visita y qué tiempo hacía.

Pero no puedo.

El recuerdo no está.

—¿Qué narices está pasando? —susurro.

Apareces detrás de mí, más cerca de lo que imaginaba. Recuerdo que esto me reconforta y me asusta a la vez.

—Eso es lo que intento averiguar. Quiero que me preste mucha atención: algo muy extraño está ocurriendo en ese edificio, y sospecho que no dejan salir a nadie. Y creo que la clave para desentrañar el porqué está en Stanley. —Acto seguido dices—: ¿Me ayudará?

¿Y qué pasa después?

Te respondo que sí. Ya he decidido que no hay alternativa. Algo le está sucediendo a Stanley. Le están haciendo algo. Te pregunto qué necesitas que haga.

¿Y qué digo?

—Necesito que lo saque de ahí.