Disolución 1 #2
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Después de colgar, Stanley se volvió hacia mí y me dijo: «Se me acaba de ocurrir que a todo padre le llega el momento en el que coge en brazos a su hijo por última vez.

Y en esos instantes uno no es consciente de que ya nunca lo volverá a hacer».

Tenía razón, claro: los finales llegan sin avisar.

Se acercan de puntillas y pasan con disimulo, sin que nos enteremos, hasta que, un día nublado, contemplamos una calle vacía y nos damos cuenta de que todo terminó hace ya tiempo.

Me preocupa que suceda eso con Stanley, que llegue el día en que me reconozca por última vez, el último día en que sabrá quién soy.

Por alguna razón absurda y estúpida, quiero convertirlo en un desenlace, decirle a Stanley que no se preocupe.

Dios, casi me dan ganas de abrir una botella de champán solo para señalar el momento; decirle: «Si esto pone punto final a cincuenta y dos años de matrimonio, que así sea. Puedo asumirlo».

Pero esa mañana comprendí de golpe que no habrá desenlace. Simplemente un día tomaré conciencia de que lleva meses sin reconocerme. Y eso será todo. Se habrá terminado.

Volvamos a la casa, con Sandra. ¿Qué ocurre?

Ella sigue hablando. Yo he terminado de prepararme el té y caigo en la cuenta de que tendré que volver a sentarme frente a ella. ¿Voy bien? ¿Te estoy dando la información que necesitas?

No estoy seguro. Solo lo sabremos a partir de ciertos detalles muy concretos. Continúa.

Ha dejado el tema de Stanley y me está hablando de su trabajo en la residencia, en Sunrise. No lleva mucho tiempo ahí; la acaban de trasladar de otro centro que la misma empresa tiene en el sur.

—¿Quién le está siguiendo la corriente a quién? —pregunto. Empieza a aburrirme y casi me he terminado el té.

—¿Disculpe?

Dejo mi taza en la mesa.

—¿Sigue hablando conmigo porque supone que una vieja solitaria como yo necesita compañía, o soy yo quien finge interés en su vida por un mero formalismo social?

—Ah —dice, mirándose las manos—. Ah, ya lo pillo. Debería ir tirando. —Se levanta y recoge sus cosas, que están dispersas sobre la mesa, como un pájaro que junta ramitas para su nido. Cuando llega a la puerta, dice—: La falta de respeto sobraba.

Alzo los ojos al techo. Después de ochenta y tres años en este planeta, he llegado a la conclusión de que en realidad lo que sobra es la cortesía.

Cierro la puerta y me doy la vuelta. Frente a mí hay un pasillo, y a la derecha, unas escaleras que suben a dos dormitorios vacíos y un desván.

No hay cuadros en las paredes; los que significaban algo para nosotros los trasladé a la habitación de Stanley para intentar ayudarlo a recordar.

Los otros los doné a una tienda benéfica o los tiré en el contenedor.

Me aparto de la puerta y entro en el salón. La corriente se cuela por las ventanas, hay una grieta en el aislamiento que aún no he mandado arreglar. Me da frío.

Al mirar el sofá, la mesa de centro, las cortinas, veo escenas fugaces de mi vida grabadas en ellos: Stanley rodando en la moqueta con Leah, haciéndole cosquillas; ella huyendo antes de correr de vuelta hacia él para otra ronda; Stanley llorando en el sofá el día que ella se marchó de casa y yo escondida tras la puerta para que no se diera cuenta de que lo había visto; dos copas de vino juntas en la mesa de centro, con el televisor encendido y una botella medio vacía.

Las imágenes están ahí, y a la vez no: son fragmentos del pasado superpuestos, como un lienzo repintado cientos de veces.

En la última capa de pintura no se aprecia ni una nota de color, solo un tono blanco crudo. Es una superficie yerma.

No sé por qué Leah no me coge el teléfono.

Es algo deliberado, de eso no me cabe duda.

Sé que es una persona adulta, de verdad que lo sé, aunque a veces tengo que pellizcarme para recordar que tiene más de cuarenta años, pero cuando Stanley empezó a perder la memoria, solo me quedaba ella.

Ni siquiera tiene la delicadeza de dejar sonar el teléfono hasta que se corte la comunicación, de fingir que no lo oye.

Me cuelga directamente. Le he enviado mensajes de texto, suplicándole.

Aún le escribo largos correos electrónicos con la esperanza de que los lea.

He dejado de telefonearla hace poco, porque la desesperación que me invade cada vez que rechaza mi llamada me produce un dolor físico, como una puñalada en el pecho.

Ni siquiera se digna decirme qué he hecho mal. Creo que eso es lo peor. Simplemente ha cortado todos los lazos conmigo como quien separa un trozo de cartílago de la carne que se está comiendo.

Mi hermana me aconsejó que vendiera la casa y me mudara a un sitio más pequeño que no me despertara tantos recuerdos, uno de esos apartamentos diminutos donde pudiera pasarme el resto de mis días comiendo platos precocinados y ejercitándome con vídeos de «Yoga para la tercera edad con Morganne» en YouTube.

Pero si hiciera eso me sentiría como una traidora.

Si algo me queda es el sentido del deber, la convicción de que, si uno de nosotros va a perder todos los recuerdos relacionados con la familia, el otro tiene que aferrarse a ellos con uñas y dientes.

Cada vez que descubro que he olvidado algo —qué tarta de cumpleaños le preparamos a Leah cuando cumplió los once, qué película fuimos a ver Stanley y yo por nuestro trigésimo segundo aniversario o cualquier otra cosa—, me invade un profundo sentimiento de culpa.

A veces me siento como si sujetara cientos de miles de globos, todos tirando con fuerza de sus cuerdas, ansiosos por escapar, por desaparecer en el cielo, pero no puedo soltarlos. Son todo lo que tengo.

Oigo unos golpes en la puerta. Lo recuerdo con claridad porque tardo un segundo en reconocer el sonido. Ya casi nadie llama con los nudillos.

¿Quién es?

Eres tú. Es la primera vez que nos vemos. Me causas buena impresión de entrada. Lo primero que me llama la atención es lo joven que pareces, tu aspecto descansado y fresco. No como ahora, que da pena verte.

¿Qué te digo?

¿No vas a reaccionar a lo que te acabo de decir? En otra época, habrías sonreído. Recuerdo que tu sonrisa me gustaba, me resultaba enigmática. El caso es que, cuando abro la puerta, dices:

—¿Qué sabe de Sunrise?

Yo parpadeo, desconcertada. Eres alto, de tez oscura, con una expresión como de tiburón en la cara. No es exactamente la expresión de un depredador, pero desprende cierto aroma a peligro. Eso me gusta. Es algo que siempre me ha gustado en un hombre.

—¿Quién es usted? —pregunto.

—Me llamo Hassan. —Cruzas el umbral, pasas por mi lado y me dejas ahí parada, mirando a la calle. Cuando por fin me recupero lo suficiente para dar media vuelta, ya estás en el salón, sentado en el sofá.

Me acerco. Hace veinte años, seguramente habría llamado a la policía. Hace diez, te habría gritado que te largaras de mi casa. Pero ya no la siento como mi casa, y tu visita es lo más interesante que me ha pasado en meses.

—¿Qué dice de Sunrise?

—La residencia donde está ingresado su marido. ¿Qué sabe de ella?

Estoy de pie en medio del salón, mirándote desde arriba.

En el cine se usa ese plano para conferirle a un personaje un aspecto poderoso y dominante, y al otro un aspecto débil.

En este caso no funciona. Entrelazas las manos con un gesto relajado y las apoyas sobre tus piernas cruzadas.

Dudo que hayas parecido débil alguna vez.

—Sé que es una residencia para la tercera edad, y que mi esposo está en el pabellón de la memoria. Ahí cuidan de él. ¿Quién me ha dicho que es usted?

¿Qué estás pensando en este momento?

¿Eso importa?

No estoy seguro.

Estoy un poco preocupada, porque me hablas de Stanley, y me asalta la sospecha de que algo va mal.

Por debajo de eso, noto un extraño aleteo de excitación, como si tuviera mariposas en el estómago.

Qué curioso, ¿no? Como si me hubiera topado con mi amor platónico del instituto.

Y en cuanto identifico esa emoción, se la lleva por delante el sentimiento de culpa.

¿Culpa?

Por el hecho de que me excite algo que podría ser preocupante, el mero hecho de estar excitada. Mi deber no es ese, sino cuidar de Stanley.

—¿Por qué ha venido? —pregunto. Tú ladeas ligeramente la cabeza, como si hubieras visto una ardilla trepar a toda velocidad por un árbol.

Te sacas del bolsillo una pitillera dorada y una caja de cerillas.

Cuando aún estoy procesando lo que estás a punto de hacer, enciendes un cigarrillo y, sujetándolo entre dos dedos, le das una buena calada.

Me lanzas una mirada furtiva, y tus ojos se me antojan tallados en caoba. Pero...

¿Pero qué?

Ahora llevas gafas de sol, pese a que estamos en esta piscina. Me ocultas tus ojos. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Eso no tiene importancia. Concéntrate en lo que te pasó a ti; eso es lo que importa.

Te inclinas hacia delante y dices: «Voy a contarte una historia».

En ese momento siento que no tengo elección.

Tengo la impresión de que, desde el instante en que te he abierto la puerta, me he visto arrastrada por una corriente cuyo rumbo no puedo cambiar.

Lleva demasiada inercia, y yo estoy demasiado mayor. Me duelen las piernas.

Me planteo sentarme en el sillón que tienes delante. No lo hago.

—Hace tres años conocí a un hombre. Lo llamaremos K.

—¿Ese es su nombre?

Sueltas una risita.