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Disolución

Disolución

Por Nicholas Binge

© inepub.com

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Te quedan once horas antes del reinicio. Tienes que decirme exactamente qué ha pasado.

¿Dónde estoy?

Ya hemos hablado de esto, Maggie. No es importante. Lo único que importa es que me prestes toda tu atención.

¿Cómo que «no es importante»? Ni siquiera sé dónde estoy. No sé quién eres. ¿Cómo no va a ser importante?

Soy Hassan. ¿Te acuerdas de mí?

No... Es decir, sí. Creo. El nombre me suena.

Tómate un segundo. Respira. Estás aturdida.

Nos... nos conocemos, ¿verdad?

Así es.

¿Dónde está Stanley? ¿Se encuentra bien?

Eso es justo lo que intentamos averiguar.

¿Qué quieres decir con eso? Dios santo, ¿le ha pasado algo? ¿Está a salvo?

Tranquilízate. No tenemos tiempo. Necesito que te concentres. Que recuerdes lo que está ocurriendo. Para empezar, centrémonos en el presente. Háblame de tu entorno inmediato. Iremos paso a paso, eso te ayudará. Dime dónde estamos.

Estamos en... ¿Esto es una piscina vacía?

En cierto modo. Descríbemela.

¿Qué narices está pasando?

Estás desorientada. Tu cerebro aún se está recuperando después del cambio. Si quieres entender lo que sucede, tienes que concentrarte. Empieza por el aquí y el ahora. Descríbeme lo que te rodea, con todo detalle. ¿Qué ves? ¿Qué sonidos percibes? ¿Qué hora es?

Estoy... Estamos en un interior, ¿no? La luz es artificial y no hay ventanas, como si estuviéramos bajo tierra. La piscina está vacía —no hay ni una gota de agua—, y empiezo a dudar que sea una piscina en realidad. Es demasiado lisa, demasiado aséptica. Más bien parece una palangana gigante.

¿Dónde estamos, tú y yo?

Seguro que lo ves tan claramente como yo. Ay, perdón, las gafas oscuras. ¿Eres ciego?

No soy ciego. Solo estamos estableciendo un punto de referencia cognitivo. Considéralo una especie de test de alcoholemia: necesito comprobar que conservas tus cinco sentidos, como si te pidiera que me dijeras cuántos dedos te estoy mostrando.

Vale. Pues estamos sentados ante un escritorio en medio de la palangana, tú, yo y nadie más, uno enfrente del otro. El sitio está desierto. Llevo una vía intravenosa en el brazo. ¿Por qué? ¿Estoy enferma?

¿Qué oyes?

¿Ahora mismo? Lo único que se oye son nuestras voces, que resuenan en la habitación.

Bien. Eso está muy bien, Maggie. Sigamos. ¿Qué hay sobre la mesa?

Pues... un pequeño envase cilíndrico, como un frasco de pastillas, además de un vaso de agua.

Hay papel y bolígrafo, y un aparato para grabar, como si estuviera en algún tipo de sala de interrogatorios.

Pero no es así: estoy en una piscina. ¿Por qué estoy en una piscina?

¿Por qué estoy enchufada a esa bolsa que a saber qué contiene?

El porqué es lo de menos. No debes preocuparte por eso ahora.

¿Ah, no? Pues dime, jovencito, ¿de qué debo preocuparme?

Necesitamos averiguar con exactitud cómo has acabado aquí. Es absolutamente esencial para todos que lo sepamos.Tienes que contarme de la manera más detallada posible cómo fue nuestro primer encuentro.

No... no lo recuerdo. No me acuerdo de nada. ¿Qué haces con ese frasco?

Esta pastilla te refrescará la memoria y te ayudará a concentrarte.

Hace bastantes décadas que no acepto pastillas de extraños.

Si no empiezas a recordar pronto, se nos acabará el tiempo y todo esto habrá sido inútil.

La pastilla no es peligrosa, te lo aseguro.

Simplemente te ayudará a despejar la bruma que nubla tu mente.

Por favor. Es muy importante que entendamos qué sucedió.

No nos queda mucho tiempo. Tenemos que localizar a Stanley.

Vale, vale. Tranquilo, hombre. Madre mía, si no tuviera ochenta y tres años, sospecharía que vas con segundas intenciones.

Puaj, qué desagradable. Lo noto en toda la garganta. Me arde. ¿Qué demonios era eso? Y, aun a riesgo de repetirme, ¿qué narices está pasando?

Stanley no está a salvo. Ninguno de nosotros lo está. Ha ocurrido algo y necesito tu ayuda para averiguar qué. Haz memoria: ¿cuándo me viste por primera vez?

¿Qué?

Tenemos que remontarnos al principio, analizar cada momento. Es la única manera de estar seguros. Cierra los ojos, concéntrate, deja fluir los recuerdos. Retrocede a la primera vez que me viste.

De acuerdo, lo intentaré, pero no sé qué esperas que... Un momento. ¿Cómo es posible?

¿Qué sucede?

Lo veo. Es como si... Qué raro. No es para nada como un recuerdo normal. Veo la habitación entera frente a mí, como si estuviera ahí.

Eso es que la pastilla empieza a hacer efecto. Se trata de un potenciador de la memoria.

Esto es más que un potenciador. Oigo el sonido de la tetera al hervir. Noto la sensación seca en la lengua por la copa de vino que me tomé anoche. No es que esté recordando, Hassan; es que estoy ahí.

Genial. Eso es justo lo que necesitamos. Y ahora concéntrate. Es la primera vez que me ves. ¿Dónde estás?

Estoy... estoy en mi casa. Creo. O en lo que era mi casa. Ya no me gusta llamarla así.

¿Por qué no?

Porque solo era mi casa cuando Stanley vivía ahí.

Ahora es una casa, sin más. Grande, demasiado grande para mí, con demasiadas habitaciones y una cocina americana que antes me encantaba.

Supongo que aún me refiero a ella como mi casa cuando hablo con alguien, o cuando pienso «vaya día más largo, será mejor que vuelva a mi casa», o algo por el estilo.

Pero esa expresión ya no es más que una serie de sonidos para mí.

Ya ha perdido el significado que tenía cuando Stanley y Leah estaban aquí.

Porque ya no es nuestra, ya no la siento como mía. No sé si lo que digo tiene sentido.

¿Estoy yo en la casa?

No, aún no. Estoy sola con Sandra, la señora de Sunrise...

, la señora de la residencia. Me está hablando del estado de Stanley, pero, para ser sincera, ya no le presto atención.

En mitad de la conversación, me levanto para prepararme un té, no porque me apetezca, sino porque ya no aguanto estar sentada frente a ella.

Me dedica una mirada compasiva y condescendiente, como si la enterneciera que yo sea una ancianita que todavía utiliza los fogones para hervir el agua.

Me ponen mala esas chorradas edadistas —como es obvio, tengo un hervidor eléctrico y sé perfectamente cómo usarlo—, pero poner la tetera en el quemador me brinda una excusa para darle la espalda.

Me permite fingir que la escucho, a pesar de que he desconectado.

¿Siempre ignoras a las personas que no te caen bien?

Bueno, no es por ella en sí, sino por lo prosaico del tema, el dar vueltas y vueltas a esas banalidades de las que nunca he querido ocuparme; la regularidad intestinal de Stanley, los alimentos que toma, la medicación.

Odiaba esos asuntos rutinarios cuando era joven, pues me hacían sentir como si estuviera atrapada, corriendo en una rueda de hámster.

Esa sensación no ha hecho más que aumentar en los últimos días.

No he sido siempre tan insensible, ¿sabes?

Al principio, cuando Stanley ingresó en la residencia, me obsesioné con todas esas cosas.

Era la única forma de sentir que controlaba algo.

Pero ahora, después de la milésima conversación sobre eso, ya no puedo.

La verdad es que, con lo que me cuesta ese sitio, creo que me he ganado el derecho a ignorarlos cuando me dé la gana.

Dios santo, al decirlo en voz alta me doy cuenta de que parezco una persona espantosa.

Pero ¿qué hago? ¿Por qué te estoy contando todo esto?

La pastilla que te he dado... te impulsa a verbalizar tu monólogo interior al estimular las conexiones entre la memoria y el centro del habla. Está muy bien que me refieras todos estos detalles. No omitas nada. ¿Está Stanley en la residencia en este momento? ¿Cuándo lo viste por última vez?

Sí, está ahí. Lo visité en Sunrise esa misma mañana. No me reconoció, lo que no me sorprendió demasiado. Es algo que ocurre cada vez con más frecuencia últimamente.

Empezó varios años antes. Cuando iba a verlo, me sentaba junto a su cama y le hablaba de mi día a día.

Bueno, más bien me lo inventaba, porque no quería que supiera lo aburrida que se había vuelto mi vida.

Le contaba cómo le iba a Leah, que estaba viajando por el mundo, dejando su huella.

Pero ella ya no me habla, y no tengo la menor idea de por qué.

En cuanto a Stanley, él... no reaccionaba. Se quedaba con la mirada fija en el vacío, murmurando de vez en cuando algo que yo no alcanzaba a entender, y entonces pensaba: «Ya está: ha llegado el momento en que mi esposo se ha olvidado de mí».

Pero no fue así. No en ese entonces. Lo sé porque, de hecho, sucedió dos años después.

Pese a lo borroso de mis recuerdos, sé que eso no lo olvidaré nunca.

Entré en su habitación para regar la planta nueva que tenía en el alféizar —me gusta regarlas los martes— y, Dios santo, tenía una expresión en la cara que nunca le había visto.

La confusión que reflejaba, el pánico...

El miedo. Pensándolo bien, tiene toda la lógica del mundo.

Es la cara que pondríamos todos si un completo desconocido apareciera en nuestro cuarto.

Me miró con la misma cara esa mañana, la mañana en que te conocí, pero ya me había acostumbrado.

Sucede de cuando en cuando; hasta un par de veces por semana, aunque hay ocasiones en que transcurre un mes entero sin que le vea esa expresión.

Siempre me recuerda algo que Stanley dijo cuando éramos más jóvenes, aunque ya sesentones.

Acabábamos de hablar por teléfono con Leah después de su primer trimestre en la universidad, y la casa nos parecía más vacía de lo que habíamos imaginado.

Nos habíamos pasado dieciocho años comentando medio en broma lo libres que seríamos de hacer lo que nos diera la gana cuando ella se marchara, pero lo cierto es que por encima de todo la echábamos de menos.