Dioses de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 3) 22 Patricia
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22 Patricia

PATRICIA

Las dinámicas de poder en Vallesland están estancadas, ya que el actual rey ha vivido mucho tiempo. Supuestamente, incluso está preparado para abdicar. Se dice que está cansado de gobernar, pero no se le ha concedido ningún hijo varón, y aún no ha considerado a ningún sucesor digno.

Carta de Remond Everlight al compañero de su hija, Saul de Eisenburg

—Quédense aquí —ordenó Patricia a los sirvientes de Lianneh, y golpeó el hielo con la punta de su bota para ver si aún podría sostenerla. Dado que la influencia del oponente de Lianneh era notoria sobre las raíces de esta, la chica decidió que la ruta de Saul sería más segura.

Respiró profundo antes de desplazar su peso sobre la lámina de hielo reluciente que atravesaba el ancho río e ignoró el peligroso crujido que aquella capa emitió, así como las finas fisuras que se extendieron en forma de telaraña alrededor de sus botas.

El hielo se había vuelto tan transparente que dejaba al descubierto las oscuras aguas arremolinadas que podrían arrastrarla en cualquier momento.

El camino que Saul dejó atrás se estrechaba cada vez más, y su corazón latía con fuerza dentro de su pecho mientras avanzaba despacio pero sin detenerse. El pánico era su peor enemigo; si dejaba que su fuego tomara el control, estaría cavando su propia tumba allí mismo.

Se sobresaltó cuando un trozo de hielo a sus pies cedió con un fuerte crujido y fue arrastrado por el río.

Instintivamente se dejó caer hacia delante a cuatro patas.

La superficie sobre la que aterrizó no se rompió.

Pero con su calor apenas bajo control, un charco se extendió bajo ella.

Se arrastró hacia delante y se impulsó sobre una piedra redondeada que sobresalía del agua.

Cubierta de algas, estaba resbaladiza; varias veces se resbaló mientras intentaba levantarse.

Cuando por fin lo consiguió, se impulsó desde allí con un gran salto hacia la orilla.

No obstante, cayó en el agua helada, pero ya era tan poco profunda que la corriente no pudo atraparla, y pudo vadear los últimos pasos a través del río.

Le habría gustado sentarse y recuperar el aliento por un momento, pero no tenía tiempo: tenía que esconderse si no quería que la atraparan a ella también.

Quienquiera o lo que fuera que hubiera arrastrado a su compañero y a la princesa hacia la espesura, era más prudente permanecer invisible.

Así que se arrastró hasta el linde del bosque, donde espesos arbustos bordeaban el río.

Con la cabeza gacha, se escondió detrás de la maleza y miró a través de las hojas hacia la densa floresta.

No vio a nadie, pero los chillidos de Lianneh eran inconfundibles.

—¿Así es como tratas a tu casi prometida?

Los gritos de la princesa atrajeron su mirada hacia un pequeño claro.

Patricia se preguntó si debía acercarse o no: el bosque la ponía nerviosa, sobre todo con un enemigo capaz de controlarlo.

Desde aquí, sin embargo, no podría acudir en su ayuda.

Así que tomó el riesgo y, con pasos silenciosos, se deslizó a través de los arbustos hacia las voces que se alzaban cada vez más por encima del canto de los pájaros.

—¡Sé lo que estás haciendo aquí! —gruñó una áspera voz masculina.

—Bien, tengo curiosidad por escuchar qué historia te inventaste —replicó Lianneh desafiante.

Patricia se escondió detrás de un tronco de árbol y miró hacia fuera. Las ramas aún los mantenían cautivos y la magia verde que les rodeaba era tan densa que no podía pensar con claridad. Saul parecía un poco aturdido, mientras que Lianneh estaba ansiosa por pelear.

—Puede que no seas capaz de mentir con palabras, Lianneh. Pero tus ojos y tu sonrisa sí que lo hacen. Nunca me han engañado.

Un tipo alto y robusto se acercó a la elfa del bosque y entró en el campo de visión de Patricia.

Su cabello castaño caía en rizos ondulados sobre sus anchos hombros y sus ojos eran de un verde sumamente penetrante, contrastando a la perfección con ese rostro atractivo enmarcado por una larga barba.

Un cinturón trenzado rodeaba su atuendo en tonos tierra, del que colgaban varias bolsas, dos cuchillos y una funda que contenía una varita.

La chica se había imaginado a un gnomo o algo por el estilo; sin embargo, nada en su apariencia explicaba por qué Lianneh rechazaba ese matrimonio.

Al contrario, era un hombre apuesto. O bien ella le negaba su mano porque detestaba tanto a su gremio, o él en realidad sí tenía un carácter vil.

Dada la situación, Patricia apostaba por lo segundo.

—Dime cuál es tu problema. Estoy segura de que podemos aclarar este malentendido —le suplicó en tono conciliador.

—¿Por qué está aquí ese príncipe de Estraora?

—Los países mantienen relaciones diplomáticas, Sedar. La mayoría de las visitas de Estado se detuvieron en las últimas décadas, ya que todos estaban lidiando con sus propios problemas, pero imagina lo que podríamos lograr juntos.

—¿Y por eso vas a presentar a este príncipe a tu padre como tu prometido? —Sedar caminaba de un lado a otro frente a Lianneh. Sus pasos eran suaves, aunque un poco inquietos—. ¿Qué otra razón tendrías para haberlo recogido en persona?

—Vine para discutir algo con él de antemano. Las gemas que algunos pueblos recibieron de los altos poderes están causando problemas en muchos países. Me reuní con Saul de Eisenburg porque quería hablar con él sobre este tema, ya que mi padre hace oídos sordos cada vez que intento hacérselo ver.

Sedar se detuvo frente a ella y acercó su rostro al suyo.

—¿Quieres casarte con él? —preguntó tan suavemente que Patricia apenas pudo escucharlo. Su nariz rozó la mejilla de la princesa—. ¿Es eso lo que quieres, pequeña Lianneh?

—Nuestro compromiso está a la vuelta de la esquina. ¿Por qué querría eso? —sonrió en respuesta.

—Te hice una pregunta directa, y espero una respuesta directa.

—¡No! ¡No quiero casarme con él! —le espetó.

Patricia apretó la mandíbula. Así que Lianneh no quería a Saul como marido y, sin embargo, lo estaba planeando.

Casi soltó una risa. Con qué destreza podían usarse las palabras para hacer desaparecer las mentiras en una niebla de ambigüedades.

Al final, sin embargo, quedaba la sobria verdad de que Lianneh no quería a Saul.

Como un viento desatado, esta confesión avivó el fuego interno de Patricia, lo hizo arder con fuerza y puso su autocontrol en una dura prueba.

El calor quería extenderse en su pecho, pero ella apretó los puños, respiró hondo y lo obligó a retroceder con un pensamiento decidido.

En verdad, era positivo que Lianneh no hubiera desarrollado ningún sentimiento por Saul hasta ahora.

De lo contrario, no habría podido esquivar esa pregunta con tanta facilidad.

Riendo, Sedar se alejó de ella.

—¿Y aun así lo prefieres antes que casarte conmigo? —Dada la precisión de su pregunta, sabía muy bien cómo leer a la elfa. O en verdad estaba familiarizado con la imprecisión verbal que a los elfos les gustaba usar para eludir la verdad.

—Sedar… —canturreó la princesa, tratando de batir sus pestañas. Una táctica de evasión visiblemente desesperada.

—Mejor acabo con él. —Sacó su cuchillo.

Ni siquiera ese anuncio sacó a Saul de su letargo. Su mirada seguía vacía.

El pulso de Patricia, por el contrario, se aceleró; sus manos se volvieron húmedas.

Tenía que hacer algo. Pero, ¿tenía algo que oponer a este hombre?

No se le permitía atacar a la naturaleza, eso ya lo tenía claro; pero Sedar, a su vez, lanzaría la naturaleza contra ella… Maldita sea, se sentía impotente.

—¿Qué crees que hará nuestro país vecino si su príncipe muere durante una visita diplomática a Vallesland? ¿De verdad quieres provocar una guerra?

Sedar se encogió de hombros.

—Un desafortunado accidente. ¿Qué se le va a hacer? Lo salvaje aquí es impredecible para los forasteros.

—No puedo ocultarle eso a mi padre.

—Oh, sí que puedes. De lo contrario, descubrirá algunas cosas sobre ti que no le gustarán para nada.

Los labios de Lianneh temblaron con furia contenida.

Patricia respiraba en bruscas bocanadas. Quizás no tenía ninguna posibilidad contra este druida en el bosque, pero disponía de otras armas con las que podía luchar. Así que enderezó los hombros y salió de su escondite con paso decidido.

Sedar se giró hacia ella. Parecía que no estaba bendecido con el mismo don que Lianneh: el de sentir a los intrusos en el bosque.

—¿Por qué retiene a mi esposo?

Sedar frunció el ceño.

—¿Quién y qué es usted?

—Patricia de Eisenburg, la esposa de Saul. ¿Y usted quién es? —dijo con la voz más autoritaria que pudo lograr. Respondió a la pregunta de qué era invocando su fuego y haciendo que las llamas surgieran en su palma.

Él se acercó a ella e ignoró su pregunta.

—Me cuesta creerlo, señora. ¿Un elfo invernal y una mujer de fuego? Me parece muy improbable. Sobre todo, porque Lianneh no habría dudado en mencionar un pequeño pero crucial detalle de que su príncipe ya está unido a otra. —Una sonrisa astuta jugueteó en sus labios.

Había algo de cierto en eso, pero no se le ocurría ninguna explicación en ese momento.

—¿No deberíamos hablar más bien de por qué emboscó a la princesa de Vallesland y a una delegación diplomática de alto rango?

—Ah, tenía mis razones. —Se encogió de hombros con despreocupación.

Toda su actitud mostraba que creía tener ventaja y, al parecer, sí la tenía—.

Si se hubiera unido a nosotros antes, las conocería.

Sea como sea. Perdóneme si no puedo tomar solo su palabra, pues, a diferencia de ellos dos —señaló con gesto despreocupado a sus prisioneros—, usted sí es capaz de mentir.

Sin embargo, si me proporcionara una prueba, por supuesto que no dudaría en disculparme por este malentendido.

—¿Qué tipo de prueba tiene en mente? —preguntó Patricia, aunque ya imaginaba la respuesta. Los elfos no besaban a nadie a la ligera en la boca; ese eterno voto de lealtad estaba reservado para su cónyuge.