8 Eyra
EYRA
Estudiar la Doctrina Blanca me resultaba abominable, aunque debo admitir que despertó en mí cierta fascinación.
Los escritos dicen que los verdaderos líderes son aquellos que controlan sus emociones con serena autodisciplina.
Para los elfos invernales, cuya fuerza surge de la calma interior, esa sabiduría puede ser cierta.
Sin embargo, cometen el error de aplicar esta ideología a todos los pueblos.
¿Qué hay, por ejemplo, del Pueblo del Fuego, cuyo poder surge de las profundidades de las emociones intensas?
Iría contra su naturaleza reprimir su ira indefinidamente.
En mi opinión, su secreto reside más bien en la capacidad de canalizarla.
Nota personal, Remond Everlight
Eyra se dejó caer en posición de piernas cruzadas sobre una roca de lava a la altura de las rodillas.
Como en los días anteriores, se habían retirado durante el día a un rincón apartado del sistema de cuevas.
Lazar estaba sentado en un saliente rocoso con su habitual postura erguida, los ojos cerrados y sus facciones completamente relajadas.
Llevaba el cabello más largo ahora, recogido hacia atrás, lo que le favorecía demasiado.
La escarcha que poco a poco iba envolviendo su ropa demostraba que por fin había encontrado su centro de nuevo, por primera vez desde la noche que pasaron juntos y todo el caos posterior a su llegada.
Una delicada capa helada se asentaba sobre su piel, una fina película que se agrietaba y desmoronaba con cada movimiento.
Los copos de nieve giraban a su alrededor y caían silenciosos hasta el suelo.
Al principio, se derretían tan pronto tocaban la roca.
Pero a medida que una capa cristalina se extendía alrededor de sus pies, comenzaron a quedarse donde caían.
La verdadera naturaleza de Lazar había asustado a Eyra durante mucho tiempo.
Temió que sus diferencias los separaran algún día, pero ocurrió lo contrario.
Él era su contraparte, aquel que podía enfriarla cuando su ardiente temperamento la dominaba.
Para eso, solo necesitaba aprender a mantener su frío de manera permanente. Y por eso estaban allí.
Después de unos minutos, el aire estaba tan frío que pequeñas nubes de vapor se formaban en su boca con cada respiración. Lentamente, levantó los párpados, revelando dos iris plateados y brillantes que resplandecían como un lago montañoso congelado.
Bien, entonces era su turno.
Con un movimiento felino se levantó y entró en el remolino de nieve que lo rodeaba.
A pesar de su capa, se estremeció al instante, pero no retrocedió; en lugar de ello, dio la bienvenida a la calma que se asentaba sobre sus emociones como una manta suave de terciopelo.
La Guardia Blanca utilizaba este efecto de la nieve para apaciguar los ánimos y adormecer a la población en una indiferencia lánguida que cortaba de raíz cualquier rebelión.
La nieve de Lazar, por el contrario, la envolvía en un silencio en el que todos sus pensamientos acelerados se detenían: Rubén, las exigencias de Emberis, el Tren Rojo…
todo el peso sobre sus hombros desaparecía, dejando tras de sí solo ligereza.
Por un momento lamentó no poder lanzar magia blanca por sí misma, ya que el Rubí de Fuego había completado su trabajo y convirtió sus otros dos colores de magia en rojo. Para su fortuna, Lazar estaría a su lado de por vida y podría concederle esta calma siempre que la necesitara.
Ahora, sin embargo, se trataba de interrumpirla.
Eyra sonrió mientras dejaba que su dedo índice se deslizara sugerente por su espalda. El frío helado de su cuerpo le atravesó la piel de inmediato, pero el fuego que ardía en su interior era lo bastante fuerte como para contrarrestarlo.
—A menudo pienso en nuestra noche juntos. —Su calor derritió la fina capa de hielo en su camisa.
—¿De verdad? —El poder de Lazar se desplegó con tanta fuerza que habría extinguido cualquier fuego. Cualquiera menos el suyo.
—Cuando me acuesto a tu lado por la noche, sueño con volver al momento en las aguas termales. A tus manos recorriendo mi cuerpo, cada vez más profundo, hasta el lugar donde más las anhelo.
Un ronroneo satisfecho que vibró hasta sus terminaciones nerviosas se escapó de su garganta.
La cercanía, sus palabras susurradas, sus caricias…
todo estaba destinado a despojarlo de su control.
Sin embargo, de repente fue ella quien estuvo mucho más cerca de perder el control sobre su poder.
A diferencia de él, ella saldría más fuerte, así que continuó.
—Maldigo cada segundo en que no estoy a solas contigo, porque hay tantas cosas que me gustaría probar.
—¿Como cuáles? —A pesar de la tensión en su voz, se mantuvo firme. El hielo que lo envolvía solo se derretía donde Eyra lo tocaba.
—Tengo curiosidad por saber cómo se siente cuando los copos de nieve se derriten sobre mi piel desnuda. En especial en… ciertos lugares.
—Por los altos poderes, Eyra —suspiró con voz áspera, y una ráfaga de calor la golpeó.
En una emergencia real, Lazar no tendría un respiro, pero aun así le dio un momento para recuperarse. Cuando el aire se enfrió de nuevo, continuó.
—¿Quisieras contarme alguna de tus fantasías?
—Preferiría vivirlas. —Las fuertes manos de su compañero la agarraron y la acercaron más. El frío se filtró a través de su abrigo, y Eyra liberó su fuego para contrarrestarlo.
Sin apartar los ojos de los suyos ni un segundo, la atrajo entre sus piernas. El hielo se extendió desde sus muslos hacia ella, pero esta postura tan íntima la calentó lo suficiente como para derretirlo al instante.
Frías bocanadas de aliento rozaron su piel mientras él bajaba la boca hacia su escote. La escarcha en sus labios se disipó bajo su suave beso.
—¿Estás listo, entonces? —bromeó.
—¿Recuérdame por qué estamos aquí? —susurró en respuesta, y otra ola de calor la invadió.
Eyra soltó una risita.
—Tu centro. Piensa en tu centro.
Su compañero suspiró resignado, y su frío se estabilizó, pero volvió a vacilar de inmediato cuando la mano de ella se deslizó por su pecho, bajando por su estómago… y más abajo, donde sintió la prueba de que él también la deseaba cada vez más.
Ante su ronco gemido, el frío se derrumbó sobre sí mismo y dio paso a un calor reconfortante.
Requirió todo su autocontrol para no continuar.
No le habría importado un pequeño —y, debía admitirlo, prematuro— descanso entre sus ejercicios.
Pero su familia podría irrumpir en cualquier momento.
Además, acababa de encontrar su centro de nuevo, así que quería tomárselo con calma.
Nunca quería volver a culparse porque Lazar no pudiera defenderse por su culpa.
Así que dio un paso decisivo alejándose de él.
Lazar soltó un suspiro.
—Eso fue… intenso. Y un poco devastador. —La divertida mueca en su boca suavizó sus palabras.
Eyra le devolvió la sonrisa.
—Un pequeño adelanto de nuestro futuro juntos.
—¿Ah, sí? —Una sonrisa diabólica curvó sus labios—. ¿Y eso comienza… ahora?
Se le secó la boca y el calor en su vientre descendió aún más, pero se mantuvo firme.
—No. Cuando estés estable.
Lazar subió las piernas al saliente rocoso y se reclinó sobre los codos.
—Bien. Lo intentaré de nuevo en un momento. Primero, necesito hablar de algo contigo.
—Te escucho.
Por la forma en que sus hombros se tensaron, supo que debía esperar un tema desagradable.
—Deberías hacer las paces con Rubén, Eyra.
El resplandor que persistía en su vientre tras su pequeño interludio se extendió en un latido.
—El tipo me mintió, fingió ser mi amigo durante años y esperó a que apareciera mi padre para poder quitarle el Rubí.
—Creo que sus sentimientos por ti eran reales. Los enamorados a veces actúan de forma irracional. Sé de lo que hablo. —Sus ojos brillaron con complicidad.
—No puedo creer que estés de su parte. Estuviste allí cuando intentó humillarme delante de todos. —Chispas centellearon alrededor de sus manos—. Él y Ahrin tomaron a Fayette como rehén para quitarle el Rubí a mi padre.
—No puedo ni voy a endulzar eso. No digo que debas perdonarle, pero probablemente aún necesitemos su apoyo. Si fueras un poco más abierta…
—¿Más abierta? —Eyra golpeó con el puño la áspera pared de la cueva, esperando desahogarse. Sin embargo, lo único que consiguió fue un dolor punzante en la mano.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Noah desde detrás de ella.
Eyra se giró hacia él y divisó también a Saul, Naran y Fayette, a quien no había visto en varios días.
—Deberías estar en cama —gruñó, furiosa.
—No soporto más estar en ella.
—Entonces acuéstate en otra —espetó, aunque la sanadora le permitió dar uno o dos paseos desde ayer. El ataque había sido hacia solo cinco días atrás, y sin embargo ya estaba de pie, tan despreocupado como siempre.
—Bueno, desembuchen, ¿de qué estaban discutiendo? —insistió Fayette, que estaba sentada en el hombro de Noah.
Eyra levantó las manos.
—Lazar cree que debería reconciliarme con Rubén. —Exageró sus palabras en un arranque de rebeldía infantil.
Saul se apoyó contra la pared de la cueva con los brazos cruzados y Naran la observó con los ojos entrecerrados. Cuando su hermano abrió la boca, Eyra esperaba que se pusiera de su parte, pero ni hablar.
—Muchas cosas serían más fáciles si dejaras a un lado tu rencor contra él y arreglaran las cosas y los otros líderes de clan.
¿Hablaba en serio? Rubén también lo había traicionado a él, había fingido ser su amigo solo para encerrarle en la cueva junto con ella. El calor en su interior seguía aumentando, imparable, como agua a punto de hervir.
—Perdona que no sea tan buena como Rubén fingiendo amistad.
—¿Y cuál es la alternativa? ¿Forzarle a ser leal? —intervino Saul. Con la cabeza ladeada, proyectaba una inocente curiosidad, pero su pulla dio en el blanco.
—Deja nuestro problema fuera de esto, Saul. —La piel de Eyra ardió y un temblor incontrolable recorrió su cuerpo, y el fuego rugiente en su interior puso a prueba su autocontrol.