Dioses de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 3) 8 Eyra #2
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8 Eyra #2

—Bueno, Saul tiene razón —coincidió Naran.

De repente añoró los días en que él despreciaba a sus compañeros. En aquel entonces jamás habría dicho tales tonterías.

—¿Qué se supone que es esto? ¿Se pusieron de acuerdo para ir mi contra o qué?

Con cada latido su fuego crecía, más furioso; una bestia hambrienta que quería más. Le quemaba hasta las manos, hacía que sus músculos se contrajeran y nublaba sus pensamientos. Apenas podía contener las llamas: su autocontrol se escurría como arena entre sus dedos.

—Esto es extrañamente satisfactorio —dijo Saul al grupo, y a Eyra se le cayó la venda de los ojos.

Las expresiones de los demás se quebraron, y sonrieron al unísono.

Eyra vaciló entre el alivio y una furia aún mayor por haber sido llevada por las greñas de esa manera. Durante los últimos días, durante sus entrenamientos, Lazar la había pinchado más de una vez, pero hoy la tomó con la guardia baja.

—Ustedes… ustedes… —Agitó su dedo índice en el aire.

—Tranquila —murmuró Noah, como si estuviera hablando con un caballo asustado. Una salvaje diversión bailaba en sus ojos.

—¡Son imposibles! —Eyra intentó calmarse, con poco éxito. Su fuego hacía tiempo que había roto sus límites y era difícil de contener.

Saul se separó de la pared.

—Entonces muéstranos cómo puedes controlarte. —Su tono petulante era como una ráfaga de viento sobre las brasas.

—No hace falta que me lo digas dos veces —masculló.

Un soplo frío la acarició sin acercarse demasiado. Lazar estaba preparado por si fallaba.

Bajó los párpados, respiró hondo y se concentró. Este calor tenía que salir de ella, y Patricia le enseñó maneras sobre cómo lograrlo.

Lentamente levantó las manos y las deslizó por su cuerpo, como intentando agarrar las llamas ardientes bajo su piel.

Sus movimientos se volvieron más firmes, más resueltos, mientras se imaginaba extrayendo la energía ardiente y dándole forma de esfera brillante de pura rabia y poder.

Su respiración se volvió entrecortada y el calor en sus palmas palpitó como un latido propio.

Con un último y enérgico suspiro, juntó las manos, pero las llamas que siseaban y crepitaban bajo su agarre se negaron a someterse a su voluntad y estallaron entre sus dedos.

Después de varios intentos, miró a Lazar en busca de ayuda.

Él comprendió.

—¿Estás segura? —preguntó, solo para asegurarse.

—No puedo hacerlo sola.

En un instante, una gélida corriente de aire la envolvió. Las llamas resplandecieron antes de que el frío tirón robara el aliento a su fuego y lo disolviera en un fino velo de humo. Abruptamente, el silencio se instaló en su interior.

Con un gesto rápido, Lazar cubrió con una capa de hielo el borde humeante de su falda, sofocando esa última brasa.

Estaba agradecida por su ayuda, pero su enfado no había desaparecido del todo.

—Me engañaste.

—Habría tenido mucho menos éxito si hubiera anunciado que pretendía enfadarte, ¿no crees?

—¿Así que no estás del lado de Rubén? —preguntó, solo para asegurarse. Eyra estaba casi segura. Pero solo casi.

—No. Es el mayor idiota que conozco, y harías bien en patearle el trasero todos los días.

Eyra repasó en su mente los argumentos de sus compañeros. Habían lanzado tópicos sin utilizar una sola mentira. Ante esa ingeniosa estratagema, tuvo que sonreír.

—Puedo hacer eso.

—Entonces todos vuelven a ser amigos. Excepto Saul, que sigue enfurruñado como un oso gruñón bajo un montón de hojas —comentó Noah.

—Mantente al margen —murmuró su hermano.

—Oh, no me perdería por nada la oportunidad de fastidiarte con tu ridícula farsa.

—Noah —siseó Saul.

—Sabes, creo que el problema no es Eyra en absoluto; es tu complejo de inferio…

—¡Basta! —gruñó Lazar, peligrosamente suave.

Noah puso los ojos en blanco, pero la palabra de Lazar parecía tener suficiente peso, así que se contuvo de hacer más comentarios.

Fayette levantó una mano para hablar.

—Odio interrumpir esta dinámica fraternal tan entretenida, pero las malas noticias nos trajeron aquí. Tal vez deberíamos hablar de eso.

El corazón de Eyra se hundió. No es que les faltaran problemas. Aun así, uno más no marcaría la diferencia.

—Dispara.

El hada le dio un codazo a Noah. Él sacó un folleto arrugado de su bolsillo, lo alisó sobre su muslo y se lo entregó.

Eyra alargó la mano para tomarlo, preparada para ver un cartel de búsqueda con su cara y quizás también las de sus compañeros. En cambio, las líneas que leyó por encima le hicieron perder el equilibrio. Su rabia regresó de inmediato.

—¡Lorelai no puede hacer eso!

—Al parecer sí. ¿Quién va a impedírselo? —preguntó Noah con sequedad.

Eyra se frotó la frente para evitar el inminente dolor de cabeza.

—Emberis me ha dado hasta un mes antes de la Ceremonia de Invierno para llevar a cabo nuestro plan. Si Lorelai lo adelanta ahora, ni siquiera tendremos dos semanas. ¡No es suficiente!