2 Eyra
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EYRA
¿Qué distingue a las fuerzas del bien de las fuerzas del mal?
¿Quién les otorgó esas etiquetas? La primera mención de la dicotomía entre el bien y el mal se encuentra en los escritos de los Videntes.
La neutralidad de esa fuente, sin embargo, puede ponerse en duda, ya que los Videntes actúan como portavoces de la fuerza autoproclamada «del bien».
Durante la catalogación de las piedras y sus portadores, descubrí que los gobernantes que dirigían con la ayuda de una gema trajeron mucha mayor calamidad a Mirilor que las reinas y reyes que no recibieron una piedra de su creador.
Estos últimos también cometieron errores, pero surgieron principalmente de la ignorancia o la inexperiencia.
Ninguno de ellos oprimió a otros pueblos o inició una guerra.
Basándome en estas observaciones, concluyo que las gemas conducen a comportamientos destructivos y que su creador, desde una visión simplificada, puede simplemente clasificarse como «maligno».
Nota científica sobre la dicotomía de las fuerzas del bien y las fuerzas malignas
Notas de Remond Everlight
Eyra despertó cuando Noah se agitó a su lado con un suave gemido y, estirando su cuello rígido, levantó la cabeza. Saul montaba guardia fuera de su cámara mientras los demás dormían: ella misma permaneció junto al lecho de Noah durante mucho tiempo, pero debió quedarse dormida en algún momento.
Examinó su abdomen. La sanadora que una vez la trató por una mordedura de un demonio de fuego permaneció media noche a su lado. Atendió las puñaladas y las selló con un hechizo; luego de eso lo sedó con una poción para evitar que se moviera. Hasta ahora, no había más sangre empapando la tela.
Al ver los vendajes, imágenes del ataque relampaguearon en su mente, y una vez más su ira volvió a aflorar, empujándola a vengar el atentado, a acabar con el hombre de fuego.
Los de su especie eran inmunes al fuego, pero el fuego de dragón podía matarlos incluso a ellos.
El atacante luchaba por su vida en ese mismo momento, y ella no habría deseado nada más que ir a su cámara y terminar lo que Belgor comenzó.
Pero no estaba dispuesta a cruzar esa línea.
Sin importar lo que hubiera hecho, no mataría a alguien de su propio pueblo.
Por desgracia, su temperamento tenía menos escrúpulos que antes.
Antes de hacer algo que la llevara a arrepentirse después, se centró en el palpitante ardor de sus entrañas. Ese dolor punzante que le llegaba a través del vínculo entre ellos: era solo un débil eco de su sufrimiento, pero bastaba para apartarla de su ira.
Eyra puso su mano en la mejilla ardiente de su compañero, y su corazón dio un vuelco cuando un murmullo escapó de sus labios. Inquieto, movió la cabeza de un lado a otro sobre la almohada. Parecía atrapado en un sueño febril.
La chica se pasó una mano por la cara y miró hacia la salida.
En la cueva era imposible saber si había amanecido.
Dado el profundo sueño de los demás, como mucho debía ser temprano por la mañana.
Bostezando, dejó vagar su mirada por la habitación, hasta los jergones donde Naran y Patricia dormían, estaban uno al lado del otro.
Por un momento había considerado poner a la sacerdotisa en otra habitación, porque aún no tenía claro de hasta qué punto Emberis tenía influencia en ella.
Aun así, sabía que la había entrenado por orden suya: Patricia le dijo aquello.
No obstante, el hecho de que la hubiese apoyado en la lucha contra Lorelai —ya fuera por iniciativa propia o por órdenes de su divinidad—, la llevaba a pensar que aún no había peligro inmediato por su parte.
Como si sintiera su atención, esta levantó lentamente los párpados y durante un momento la miró en silencio, luego entrecerró los ojos.
—¿Por qué ya no podemos hablar en nuestras cabezas? —preguntó en un susurro.
La respuesta era simple: porque la confianza que le tenía, se fragmentó. Las razones para ello eran más difíciles de explicar, ya que Emberis podría captar cada palabra que dijera.
—¿Cuán atada estás a Emberis? —preguntó con sencillez.
—He dedicado mi vida a él.
—¿Así que nunca renunciarías a él?
Patricia frunció el ceño.
—No —respondió con calma, pero firmeza.
Eso lo decía todo.
—Vuelve a dormir.
Eyra no podía decir sus razones en voz alta.
Si Emberis descubría que no confiaba en Patricia porque sospechaba que estaba en el bando equivocado, para nada se alegraría.
Ella misma no era su seguidora más fiel; eso debía ser obvio para él.
Se había resistido demasiado a tocar el Rubí de Fuego.
Pero tampoco debía aclararle que prefería mantener a sus adeptos a distancia.
—Pero…
—Déjalo, Patricia —dijo más alto de lo que pretendía. Rápidamente miró alrededor. Por suerte todos seguía durmiendo.
El dolor cruzó las facciones de la mujer de fuego a quien hasta ahora había contado entre sus amigas, porque no quería eliminarla de su círculo íntimo. Pero mientras sirviera a Emberis, no podía confiar en ella.
Con un suspiro secó el sudor de la frente de Noah, acarició su mejilla y se deslizó hasta el lecho de Lazar.
En silencio, se sentó en su catre. Las camas adicionales fueron traídas como medida provisional.
No eran ni de lejos tan cómodas como las de Theo.
Pero como no estaba allí, tenían que conformarse con estas.
Lazar abrió los ojos.
—Lo siento, no quería despertarte.
—No estaba durmiendo.
Se corrió para hacerle sitio, y ella se acostó con la espalda contra su pecho. Su compañero la atrajo hacia sí, y su calor, junto con su magia verde, la envolvió de inmediato. Resultaba reconfortante. Aun así, todo en su interior permanecía frío y en carne viva.
—¿Cómo se supone que nos enfrentaremos a las fuerzas malignas cuando ni siquiera conseguimos sobrevivir al Tren Rojo?
—Solo un cuchillo en el corazón puede matarnos con seguridad. Y no olvides que los elfos somos más fuertes que los seres de fuego y sanamos más rápido. No vivimos varios siglos por nada. —Aunque lo dijo para tranquilizarla, sonaba como si también tratara de convencerse a sí mismo de aquello.
—Fuimos descuidados. Nunca debí traerlos aquí.
—Tenías que venir para complacer a Emberis. Y donde tú estás, nosotros también. —Como tantas veces antes, la inquebrantable certeza en sus palabras era como un ancla, manteniéndola donde pertenecía en medio de un mar agitado por la tormenta.
—Pero ¿cómo vamos a burlar a las fuerzas del mal? Los dioses son omniscientes.
Lazar apretó su abrazo alrededor de su cintura.
—Dijiste que Emberis no podía decirte con seguridad si sobrevivirías al Rubí de Fuego. Así que no pueden ser tan omniscientes.
—Necesitamos averiguar todo lo posible sobre las fuerzas malignas.
Quizás Belgor podría reconstruir cómo los dioses se enteraron del plan de Celest para destruir las gemas. Tenían que aprender de los errores de la última Reina de Fuego.
—Buscaremos a tu padre.
Sí, él también era una valiosa fuente de conocimiento; y si le hubiera escuchado en Oritea, habría sabido antes que fue una fuerza maligna quien la envió a buscar el Rubí de Fuego.
Habrían podido juzgar mejor el comportamiento de Lorelai.
Y ciertamente habrían sido más cautelosos y no habrían puesto en riesgo la magia blanca de Lazar por una noche de pasión.
Aunque una conversación con su padre les hubiera ahorrado bastante sufrimiento, y él le explicó sus motivos, sentía cierta reticencia a enfrentarse a él de nuevo.
Su enfado era demasiado profundo y, ahora mismo, ese sentimiento era demasiado peligroso.
—Primero, hablaré con Belgor
Con un profundo suspiro, se liberó de los brazos de Lazar, se deslizó fuera de su cama y se vistió.
Luego se puso el abrigo que Moira le trajo esa noche junto con otras prendas.
Su propio abrigo, cuyo bolsillo contenía todos los objetos encogidos, se quemó.
Pero eso era solo una pequeña entrada en la larga lista de cosas que lamentaba.
En lo más alto, con mucha diferencia, estaba su servidumbre a Emberis.
Lazar también hizo ademán de levantarse, pero Eyra negó con la cabeza.
—Por favor, cuida de los demás. Sabes que puedo arreglármelas sola.
—Mientras no te alteres.
Su sonrisa torcida, combinada con su mirada adormilada y su cabello revuelto, le daba un aire descarado. El deseo en ella se encendió de inmediato, y el aire a su alrededor comenzó a ondular.
En lugar de alejarse de su calor, su compañero se sentó en el borde de la cama, atrayéndola entre sus piernas; un momento después, bajó un poco la cintura de su falda para cubrir su vientre de suaves besos.
Ella sabía lo que estaba haciendo: quería canalizar su fuego incontrolable hacia corrientes que no pudieran dañarla; y a pesar de la estrategia pensada detrás de sus caricias, saboreaba cada una de ellas.
Con deleite, hundió sus manos en su espeso cabello plateado. Había crecido tanto aquellos días.
Una tos discreta hizo que Lazar se detuviera.
Eyra apretó los labios mientras Naran se daba la vuelta con un sonido seco y, con pesar, dio un paso atrás.
—Pronto, cuando estemos solos… —Lazar no continuó, pero lo no dicho crepitaba en el aire entre ambos. Un gruñido frustrado vibró en su pecho antes de que él también se levantara—. Relevaré a Saul.
Eyra le dio un último beso y salió de la gran cámara delante de él.
—¿Cómo estás? —le preguntó a su otro compañero, ganándose una mirada oscura y sin respuesta.