1 Eyra #3
Su bando también gritó, y otros también se declararon en contra de Eyra, aunque con más vacilación, con la atención fija en el dragón. Unos votos más y Eyra habría perdido. Los susurros revelaban que algunos estaban dudando.
Belgor se levantó de su tesoro, haciendo crujir las monedas bajo sus garras mientras se alzaba detrás de la chica de fuego.
—¿Optando por una entrada dramática? —preguntó Noah, divertido.
Eyra no estaba de humor para bromas.
—Esperemos que para una mayoría. —Tragó saliva.
El intento de intimidación del dragón pareció dar un empujón a los indecisos, porque no se levantaron más manos.
Después de unos segundos de silencio, durante los cuales Eyra contó, dejó escapar un suspiro.
Eso lo resolvía. Se quedarían. El alivio se transformó en una sonrisa que tocó sus labios en el momento exacto en que su mirada se cruzó con la de su antiguó colega.
El hombre de fuego no hizo ningún esfuerzo por ser un buen perdedor. En un estallido de llamas dio media vuelta y abandonó la cueva. Sus seguidores no se fueron con él, sino que se mezclaron con la multitud.
—¿Quiénes son esas personas que se agruparon alrededor de Rubén? —le preguntó a Moira, que se había unido a ellos. Aparte de Pete, no conocía a ninguno.
—Pertenecen al clan Endabor. Ten cuidado con ellos.
—En mi última estancia, los clanes no jugaban un papel aquí. Todos eran una comunidad —respondió, sorprendida.
—En aquel entonces todos pensaban que sus posibilidades eran iguales.
Ahora la suerte está echada y la nueva reina de fuego es la antepasada de Celest Vestan; los Endabor son susceptibles cuando se trata de la última reina.
Les gusta torcer la historia para que se ajuste a ellos y presentar a Andris, el amante de Celest, como la víctima.
—No. Él fue el culpable. —Belgor soltó una pequeña nube de humo.
—Andris mató al hermano de la última reina de fuego en batalla y también intentó matar a Celest, porque quería reclamar el trono para sí mismo.
Ella apenas escapó y cayó en su mentira de que su hijo estaba muerto.
Pensó que todo estaba perdido cuando voló de regreso a Calor para enfrentarse al rey invernal.
Tuvo que guardarse para sí lo que realmente había sucedido en la Fuente, porque una pregunta llevaría a otra, y al final saldría a la luz que el Rubí de Fuego era un regalo de las fuerzas malignas y que ella les servía.
Moira frunció el ceño y levantó una ceja.
—¿Belgor te contó eso? —Miró al dragón, que mientras tanto se había vuelto a acomodar sobre el lecho de monedas.
—Lo sé por mi padre.
—¿Por qué robó el Rubí de Fuego?
Eyra la miró sorprendida. Por lo que sabía, esta historia no era muy conocida en el Tren Rojo.
Como la anciana siempre la trataba con amabilidad, Eyra no quería mentirle.
—Tienes que confiar en mí cuando digo que tenía razones importantes. —Razones que pondrían patas arriba la visión del mundo del Tren Rojo.
—Nunca creí la historia de que estaba en desacuerdo con despertar a los dragones de todas formas. —Inclinó la cabeza y estudió a Eyra con atención—. Tal vez algún día me cuentes la verdad.
—Sí, algún día.
Aquí y ahora no estaba dispuesta a hablar de las fuerzas malignas.
No hasta que entendiera si Emberis escuchaba todo lo que decía.
¿Podía leerlo los pensamientos? ¿La observaba todo el tiempo?
En aquel entonces, las fuerzas malignas previeron la traición de Celest y prepararon una trampa que ella y su hermano pagaron con sus vidas.
Si se descubría lo que en verdad planeaba, le sucedería lo mismo. Tenía que ser cuidadosa.
—¿Crees que alguien podría prestarme ropa? —Echaba de menos a Theo. Eyra esperaba que encontraran el camino de vuelta el uno al otro pronto, y no solo porque él podía hacer desaparecer problemas mundanos como este con un simple parpadeo—. ¿Y dónde podemos retirarnos?
—Celest tenía una habitación justo al lado de mi cueva del tesoro —intervino Belgor.
—Me instalaré donde haya espacio.
—¿Así es como habla una reina?
—Así es como hablo yo. Punto.
—Te convendría complacer a Emberis. Él exige un líder fuerte. Desaprueba cualquier tipo de debilidad. Habría sido mejor si no hubieras permitido esa votación en primer lugar.
Por lo visto, el dragón parecía conocer muy bien al dios. Eyra decidió sonsacarlo información sobre Emberis más tarde. Hasta entonces, necesitaba darse ciertos aires, porque su dragón tenía razón.
—Mis compañeros y yo requerimos una cámara de tamaño suficiente junto a la cueva del tesoro de Belgor —concretó, aunque le resultaba difícil hacer que las palabras sonaran firmes y no como una petición.
Moira levantó la ceja de nuevo. Al parecer notó el cambio en su comportamiento, pero no dijo nada y, en su lugar, hizo una reverencia en respuesta, algo que nunca había hecho antes.
—Te conseguiré algo de ropa y dispondré que se desocupe la antigua cámara de Celest.
Solo esperaba que Rubén no viviera allí. Por otro lado, difícilmente podría odiarla más de lo que ya lo hacía.
Se volvió hacia Lazar, cuya mirada vigilante recorría la cueva, donde muchos curiosos seguían deambulando. Para alivio de Eyra, el dragón, que observaba el bullicio con los párpados medio caídos, era el centro de atención y no ella.
—Hay un manantial de aguas termales aquí en la cueva. Puedes refrescarte un poco allí —sugirió Patricia—. Puedo preparar nuestra cámara.
—Conozco el manantial. Es una buena idea —respondió Eyra con frialdad. No sabía cómo tratar con ella todavía; después de todo, se puso al servicio de Emberis como sacerdotisa. ¿Habría sabido desde el principio que su dios era de las fuerzas malignas?
—Te acompañaré —dijo Lazar. Su expresión seria dejaba claro que estaba preocupado por su seguridad.
Sin embargo, los pensamientos de la chica se dirigieron de inmediato a su último encuentro en un manantial y por un momento se sintió tentada a reclamar las aguas para sí misma durante media hora.
Si iba a interpretar el papel de reina, podría disfrutar de los privilegios que venían con el título.
Pero descartó la idea en cuanto vino. Eso sería exagerar.
—Bueno, yo tengo hambre —dijo Noah, frotándose el estómago tonificado. Saul y Naran asintieron en señal de acuerdo.
Moira lo miró de arriba abajo. No estaba claro qué sentía por los elfos invernales.
—Vengan conmigo —indicó, sin esperar una reacción y se adelantó.
Eyra los vio alejarse, luego tomó la mano de Lazar.
Justo cuando estaba a punto de decir algo, captó un movimiento apresurado por el rabillo del ojo: uno de los miembros del Pueblo del Fuego que había estado junto a Rubén anteriormente se separó de la multitud y se abalanzó sobre Noah.
La cuchilla en su mano destelló en el resplandor de un brasero.
Eyra tomó aire para gritar, pero el jadeo de Noah interrumpió su advertencia cuando el atacante lo apuñaló varias veces en cuestión de segundos.
Una punzada de dolor atravesó el vientre de la chica, justo como si la hoja se estuviera hundiendo en ella.
Saul arrancó al hombre de encima de Noah y congeló su brazo en hielo para evitar otro ataque.
Noah se dobló, agarrándose el costado y el mareo invadió a Eyra mientras el dolor le carcomía las entrañas.
¿Qué ocurría? ¿Por qué podía sentir esto? ¿Por su vínculo como compañeros?
Esas preguntas pasaron a segundo plano cuando vio la sangre empapando la tela bajo los dedos de Noah y extendiéndose a un ritmo alarmante.
Una furia pura y sin freno se acumuló en su interior y surgió a través de sus manos.
El aire se calentó, quemando su propia piel, extendiéndose en oleadas sobre el Pueblo de Fuego.
La multitud retrocedió; se produjo un alboroto alrededor de las salidas mientras muchos huían.
El caos se desvaneció en segundo plano para Eyra.
Su mirada abrasó al atacante y el fuego hirvió en la boca de su estómago, pero no eran sus llamas las que se derramaban sobre él.
En un instante, su rabia se derritió, cediendo a una profunda satisfacción cuando el preciso estallido de fuego de Belgor lo alcanzó.
Los pocos espectadores se lanzaron a un lugar seguro justo a tiempo, mientras que el hombre no pudo hacer nada más que levantar su brazo libre para protegerse la cara.
La fuerza de las llamas lo derribó al suelo, y sus gritos resonaron en las paredes desnudas de la cueva mientras el aire se llenaba con el crepitar de aquella llamarada y el acre hedor de carne quemada.
Eyra no prestó más atención al atacante que yacía en el suelo.
Cada fibra de su ser, toda su atención, estaba en Noah, que se tambaleaba contra Saul, con el rostro contorsionado por el dolor.