Dioses de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 3) 1 Eyra #2
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1 Eyra #2

En un intento por guiar sus pensamientos, depositó un beso en su nuca y deslizó su mano bajo el abrigo, rozando con las yemas de los dedos su muslo desnudo.

En un instante, su ira se transformó en deseo que surgió en ella con no menos fuerza.

Su mayor debilidad se convirtió en fortaleza, y donde momentos antes casi se había hundido en el calor, ahora encontraba la fuerza para enderezarse y enfrentar cada una de las miradas.

—Y yo que pensaba que tenía un carácter ardiente incluso antes del Rubí —bromeó, para relajarse un poco.

—Tampoco habría apostado a que hubiera espacio para intensificar eso —respondió Lazar de manera relajada y despreocupada, pero su postura rígida a su espalda desmentía su calma.

—Así que lo lograste. —La voz de Rubén atrajo su atención hacia el pasaje que conducía a la caverna común—. La puta de los príncipes invernales está aquí para presentarse como nuestra nueva reina. —A juzgar por el brillo astuto en sus ojos y la crudeza de sus palabras, pretendía humillarla.

Muchos jadearon. Lazar emitió un gruñido bajo y ya estaba a punto de hablar, pero Eyra le apretó la mano para decirle que esta era su batalla. Tenía que enfrentarse a Rubén por sí misma, aunque el mero hecho de verlo hizo que su ira volviera a surgir en la superficie.

—Solo imagínatelo en ropa interior de encaje rojo. Eso funciona bastante bien con los idiotas —intervino Noah.

—¿En mujeres o en hombres?

—En hombres me hace reír; en mujeres… bueno, me distrae de otras maneras.

Su irritación se convirtió en diversión cuando siguió su consejo.

—Gracias —dijo, mientras pasaba la pierna hacia el otro lado y ajustaba más el abrigo de Lazar, el que usó para cubrirse después de volver a su forma humana desde el fuego.

Tras una respiración profunda, se subió al ala plegada de Belgor para saltar al suelo desde allí.

Sus compañeros la siguieron de cerca y la flanquearon.

Aunque Lazar perdió su centro desde que pasaron la noche juntos, su presencia tranquila e inquebrantable fluía hacia ella, dándole estabilidad mientras todo a su alrededor estaba en conmoción.

Finalmente, Patricia y Naran se unieron a ellos.

El porte de su hermano tampoco delataba debilidad alguna ni daba indicios de que, no hacía mucho, fue víctima de un ataque de hielo.

«Ponte a la cabeza de los seres de fuego y guíalos de mi mano. Entonces seré misericordioso contigo».

Ahora se vería lo bien que podía manejarlo.

—Belgor y yo estamos aquí para recuperar el verano junto con ustedes —declaró, elevando la voz—. Mis compañeros, el príncipe Lazar, el príncipe Saul y el príncipe Noah, así como Patricia Regotar, nos apoyarán.

Estaba preparada para cualquier cosa, desde abucheos hasta aplausos eufóricos.

Pero el silencio ensordecedor del impetuoso Pueblo del Fuego la golpeó como una columna de hielo.

Quizás no debería haber puesto todas sus cartas sobre la mesa ahí mismo.

El despertar del dragón debería haber sido motivo de celebración, pero al revelar a sus compañeros apagó cualquier tipo alegría.

Parecía que todavía necesitaba un poco de práctica en su papel de «líderesa».

Rubén dio un paso adelante.

—No es así como funciona esto, Eyra. ¿Nos dejaste como una traidora, y ahora vuelves y te presentas como nuestra salvadora?

La masiva cabeza de Belgor se giró hacia él y su profundo gruñido fue acompañado por una bocanada de humo que envolvió la figura del hombre de fuego en una densa nube sulfurosa. Sus ojos brillantes se fijaron en él, y el inmenso poder que hervía dentro del dragón inundó la cueva.

Eyra levantó el brazo para contener a Belgor. Se sentía bien saber que estaba de su lado. Pero si tenía que asumir el papel de la reina de fuego, no quería gobernar por miedo e intimidación.

Cuando el dragón se retiró ante su señal, una oleada de susurros recorrió la cueva: un murmullo amortiguado surgiendo de todas partes.

—Me explicaré solo una vez, así que escuchen con atención.

El Cristal de Hielo nunca podría haber servido al Tren Rojo.

Su uso está reservado exclusivamente para la familia real de los elfos invernales.

Y una vez que conozcan a mis compañeros, se darán cuenta de que actué de buena fe cuando devolví el Cristal a la Corte.

Están de nuestro lado. Estuvimos a un paso de expulsar el invierno del sur.

Si su hermana mayor, Lorelai, no hubiera tomado la gema en el último minuto y reclamado su poder, nuestro plan habría funcionado.

Ahora ella se sienta no solo a la cabeza de la Corte sino también a la cabeza de la Orden.

Todo el resentimiento que sienten debería dirigirse a ella, no a nosotros.

Y déjenme ser clara: cualquiera que dañe a uno de mis compañeros responderá ante mí personalmente.

—Bien dicho, chica de fuego —comentó Noah—. Nunca me he sentido más seguro que bajo tu protección.

—Ahórrate el sarcasmo —respondió irritada.

—No, en serio, eres poderosa, tienes un dragón, ¿qué más podría querer? Si no estuvieras ya tomada…

Eyra reprimió una sonrisa y dejó que el silencio se prolongara, un silencio que, con cada momento que pasaba parecía inclinarse más hacia el desconcierto. Se intercambiaron miradas mientras nadie encontraba el valor para romper la quietud que los envolvía.

Por otro lado, la ira de Rubén le pinchaba como una punta de flecha en las costillas, pero no lo miró; no era a él a quien iba dirigido su discurso. Él le había enseñado a esta comunidad a tomar decisiones de manera colectiva, así que tenía que convencer a cada una de las personas presente.

Finalmente, Moira, una anciana encorvada, se desprendió de las filas.

A pesar de su avanzada edad, siempre había colaborado como todos los demás aquí, aunque solo fuera para rellenar los cuencos de sopa.

Eyra la conocía como una mujer reservada y tranquila, pero incluso entonces todos aguzaban los oídos cada vez que hablaba.

—Eres la antepasada de Celest Vestan. Despertaste a su dragón y tienes el valor de volver a nosotros y enfrentarnos…

—Porque nos necesita —gritó un hombre de fuego barbudo, Arnaud, si recordaba bien, mientras más y más seguidores del Tren Rojo entraban en la cueva.

Eyra tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco.

No necesitaba a esta gente. Esto lo hacía únicamente para aplacar a Emberis.

Si por ella fuera, habría evitado toda la molestia de «jugar a ser reina» y habría volcado toda su energía en reunir las gemas necesarias y llevarlas a la Fuente para destruirlas.

Le habría encantado poder escupir aquellas palabras a los pies de aquel tipo, pero se aguantó.

Eso de «Todas las opiniones son bienvenidas» no estaba hecho para ella, por mucho que Rubén insistiera en que así era como se manejaban las cosas aquí dentro de esta cueva.

—No nos necesita —intervino Moira, dando voz a lo que Eyra estaba pensando, aunque probablemente por otras razones—. ¿O acaso tú la ayudaste a liberar a Belgor? Puede que hiera tu ego, pero ella logró eso sin tu participación.

Algunas risitas dispersas surgieron de las filas traseras, pero se silenciaron de inmediato cuando Rubén soltó un gruñido.

—Votemos si pueden quedarse o no.

—Deberíamos esperar a todos —sugirió una menuda mujer de fuego. Miró hacia la entrada de la cueva, por donde todavía seguían entrando seguidores del Tren Rojo.

—No trabajé toda vida para ver este día y que ahora se eche a Belgor lejos de aquí —resonó desde algún lugar. Eyra no pudo distinguir quién hablaba.

—Rubén solo está enfadado porque ella está amenazando su posición —llegó desde otro sitio.

Las llamas ardieron en las puntas de los dedos de este último, y su expresión se oscureció.

—El clan Endabor recuperó el Rubí de Fuego de la Fuente. Los altos poderes nos eligieron para resucitar la Dinastía de Fuego.

—Tus padres lo intentaron y fracasaron —respondió Moira, imperturbable.

A medida que más y más de los presentes tomaban partido para que Eyra, o al menos Belgor, se quedara, se formó un grupo de personas alrededor de Rubén.

Pete, a quien vio por última vez en su puesto de hierbas en el mercado de Redens, se plantó justo a su lado.

A su otro lado se situó una mujer de fuego con el cabello alborotado, y detrás de él se alinearon algunos hombres de fuego de su edad, sus rostros sombríos y sus cuerpos robustos irradiaban la misma energía ominosa.

—Incluso si aceptamos a Eyra aquí por ahora, los príncipes tienen que irse —declaró uno de ellos con la determinación de quien cree tener la última palabra.

—Mis compañeros se quedan conmigo. —El tono de Eyra se volvió peligrosamente calmado, pero cada gramo de su poder bullía bajo él—. Así que voten a favor o en contra de todos nosotros —añadió, para acelerar las cosas, sobre todo porque el flujo de espectadores había disminuido.

Apenas pronunció estas palabras cuando una pesadez se asentó sobre ella, una que reconoció de su visita a Madame Moryena.

—¿Por qué les estás dando opción cuando no la hay? Esta es la cueva de Belgor. —La voz de Emberis retumbó en su cabeza.

Lazar la estudió de reojo. Al parecer se percató del cambio en el aire… o en su estado de ánimo.

Eyra escondió sus manos temblorosas en los bolsillos de su abrigo.

—Si estos hombres y mujeres de fuego votan por mí, me seguirán después que si reclamo mi derecho derramando sangre —le respondió al dios.

—¿Y si votan en contra? —preguntó él, con un tono de promesa.

—Entonces sentirán el poder de Belgor y el mío —dictaminó, decidida, aunque no tenía intención de atacar a los de su propia especie.

—En ese caso…

La antigua y pesada magia se retiró y en su lugar, la carga de lo que tendría que hacer en caso de derrota se asentó sobre sus hombros.

—¡Voten por que se vayan! —gritó Rubén por encima de las cabezas de todos, levantando su mano.