Dioses de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 3) 2 Eyra #2
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2 Eyra #2

Una mezcla de frustración y decepción surgió a través del vínculo entre ambos, luego él la bloqueó.

Desde su llegada, solo le había hablado cuando era necesario, y no podía culparlo.

Utilizó su juramento para sacarlo del peligro mientras arriesgaba su propia vida.

Si la situación fuera al revés, ella no estaría menos decepcionada.

Lo arreglaría con él, pero no por ahora.

Así que le hizo un gesto con la cabeza y dobló la esquina, tras la cual se encontraba la cueva del tesoro.

Belgor yacía enroscado junto a un montón de monedas y piedras preciosas relucientes.

Tenía los ojos cerrados y sus poderosas alas estaban plegadas con tranquilidad contra sus costados.

Su larga cola cubierta de escamas se envolvía alrededor de su cuerpo.

Con la cabeza sobre sus enormes patas delanteras, dejaba escapar respiraciones calientes y silbantes en un ritmo constante que llenaba el silencio de la cueva.

La postura en la que estuvo congelado en el hielo durante todos esos siglos no había encarnado más que preparación para la batalla y agresividad, así que ella no rompería esta imagen de tranquilidad por nada del mundo. Podrían hablar más tarde.

No obstante, acababa de dar un paso atrás cuando el imponente dragón abrió un ojo: su mirada roja brillante la enfocó.

—Vuelve a dormir —susurró en su mente.

Él levantó el segundo párpado.

—No habrías venido sin un motivo.

—Ningún motivo que no pueda esperar hasta mañana.

El inmenso dragón estiró su cuerpo enorme y majestuoso y se levantó. Cuando se volvió hacia ella, su cola se deslizó sin esfuerzo a través de un montón de oro, esparciéndolo por la sala como arena.

—Eres como Celest y, sin embargo, muy diferente. —Su tono profundo no daba ninguna pista de si eso era algo bueno o malo.

—¿En qué sentido? —La chica se sentó en un trozo poroso de lava junto a él.

—Ambas ponen a los que aman por encima de todo. Incluso por encima de sus propias vidas. Pero Celest tenía una pretensión de gobernar que no veo en ti. Era más imperiosa.

—¿Así que estás decepcionado ahora que has visto detrás de la fachada? —preguntó con ligereza, aunque no podía evitar preocuparse de que pudiera alejarse de ella.

—Sabía en lo que me estaba metiendo.

Eyra frunció el ceño. No había tenido oportunidad hasta ahora de preguntar cuánto había percibido en su prisión de hielo, pero su respuesta despertó una sospecha en ella.

—¿Estuviste consciente todo el tiempo?

—No. La mayor parte del tiempo dormía. Excepto en esos pocos momentos en que esa poderosa chica de fuego me concedía magia —respondió en un tono que sonaba casi amistoso—. Sentí que habías tocado el Rubí de Fuego. Que eres la heredera de Celest, lo supe hoy por esa señora. Explica bastantes cosas.

Eyra recordó su ritual diario de poner su mano sobre su enorme pata y dejar que un poco de magia se filtrara en el hielo. Ese gesto era una expresión de esperanza, un minuto para respirar durante el cual se permitía soñar. Nunca en su vida pensó que de verdad llegaría al dragón de esa manera.

—Dijiste en el mercado de Redens que te recordaba a alguien. ¿Fue a Celest?

—Sí.

—¿Fue por eso que accediste a sacarnos a mí y a mis compañeros? —En ese momento, no entendió qué lo hizo cambiar de opinión.

—Decidiste que morirías o huirías con ellos. Como quería salvarte, no tuve otra opción.

—Y sin embargo vengaste a Noah hoy.

—Eso no fue un acto de solidaridad. —Con cada palabra, su voz se volvió más oscura—. Él es tu compañero, y no podemos mostrar debilidad. Nada más, nada menos.

—Aun así, gracias. —Incluso si el hombre de fuego sobrevivía al ataque, ese disparo de advertencia dejaría una impresión duradera.

—Además, tenía que castigarlo. De lo contrario, tu rabia habría podido contigo —continuó el dragón.

Quizá tenía razón. Solo el pensamiento de la puñalada hacía que su piel brillara y lenguas de fuego lamieran sus dedos. Belgor había impartido justicia en su nombre; solo por eso logró controlarse.

—Necesitas trabajar en ti misma.

—Lo haré. —Con un profundo suspiro y un dulce recuerdo de los besos de Lazar, forzó su fuego a calmarse, pero el calor seguía pulsando amenazante bajo la superficie—. ¿Cómo manejaba Celest este nivel de magia roja?

—Luchó contra ello toda su vida —respondió él con calma y guardó silencio durante un rato, como si se sumergiera en el pasado para traerlo aquí y ahora—.

La ira la hacía fuerte y débil al mismo tiempo, convertía a sus enemigos en cenizas con una explosión de fuego, pero cada vez que empuñaba ese inmenso poder, la consumía desde dentro.

Celest encontró una manera de controlar su rabia, que estaba dirigida principalmente contra Andris.

Pero cuando las fuerzas malignas la atrajeron a la trampa y su hermano murió, abandonó la lucha constante contra su furia.

En especial porque Andris le dijo que su hijo estaba muerto, lo que debió ser mentira… o de lo contrario tú no existirías.

—¿Qué ocurrió cuando llegaron a Calor?

La temperatura en la cueva aumentó, y esta vez no provenía de ella.

—El Rey Invernal nos esperaba en el mercado de Redens.

Celest quería matarlo y luego liberar a los dragones.

El Rubí de Fuego no fue destruido en la Fuente porque faltaban sus contrapartes, así que ella aún poseía todo el poder de la piedra.

En su ataque desató toda la ira que las fuerzas malignas avivaron con su cruel juego.

Sabía que su rabia la mataría tarde o temprano, pero no que sucedería tan rápido.

Se consumió en su primer ataque. Su furia simplemente era demasiado grande.

El corazón de Eyra se saltó un latido al pensar que estaban persiguiendo el mismo objetivo que Celest. Tenía que hablar con Belgor sobre su plan y pedirle su opinión, pero primero necesitaba aclarar algunas cosas.

—¿Emberis podía leer los pensamientos de Celest? ¿O cómo se enteraron las fuerzas del mal de su plan?

—Emberis no es capaz de eso. Celest se rebeló contra él durante un tiempo. Así que supongo que se volvió más vigilante cuando ella dejó de resistirse de un día para otro. Sospechaba que estaba tramando algo.

—¿Puede Emberis observarme en cualquier momento?

—Sí, desde que el Rubí de Fuego te eligió.

—¿Y antes de eso? Antes toqué el rubí una vez.

—No, no lo creo.

Eyra repasó la última vez que habló de sus planes en voz alta: fue con su padre. Así que Emberis no debería conocer nada de ello. Y tenía que seguir siendo así.

—¿Puede leer lo que leo o escribo?

—No. Una vez le dijo a un rey de fuego que lo veía desde una distante vista de pájaro.

—¿Y puede matarme si quiere?

—Si la respuesta fuera sí, habría matado a Celest entonces en lugar de atraerla a una trampa.

Aun así, puede hacerte daño. Una vez vi a un rey débil derrumbarse bajo la influencia de Emberis y nunca volver a levantarse.

Eso no te pasará a ti. Pero ten cuidado con los discípulos de ese dios.

Su conciencia puede saltar a su presencia en cualquier momento, y casi siempre son fáciles de manipular para él.

—¿Qué tipo de discípulos son?

—Antes de mi tiempo en el hielo, había bastantes brujas que realizaban rituales oscuros en los que los dioses ofrecían magia a cambio de obediencia. A quienes obtuvieron poder de esa manera los llamamos discípulos. Andris era uno de ellos.

Eyra tragó saliva. ¿Patricia era una discípula así?

—¿Y siempre está con ellos? —Ya estaba repasando lo que había hablado con Patricia. Nada que concerniera a su plan respecto a las gemas.

—No como contigo. La magia del Rubí de Fuego los ha unido de tal manera que puede observarte todo el tiempo. Solo lo sentirás cuando quiera hablarte. Sus discípulos, en cambio, sienten la presencia de la magia ancestral cuando su conciencia se une a ellos.

—¿Entonces por qué el Rubí de Fuego? ¿Por qué las fuerzas malignas no hacen que alguien que los venere y los sirva sea el líder de su pueblo?

—Eso también ocurrió. Pero mientras las gemas existan, sus gobernantes elegidos nunca estarán seguros en el trono, ya que no podrían conceder a sus discípulos tanto poder como lo hacen las gemas.

Y a través del vínculo del Rubí, puede proporcionarte magia adicional casi sin límite.

Por eso prefieren trabajar con aquellos que han reclamado el poder de las piedras para sí mismos.

Lentamente, Eyra comprendió el peso de lo que estaba diciendo. Eso significaba que cualquiera podría ser un discípulo de los altos poderes y traicionarlos. Por lo tanto, debería compartir sus planes solo con sus confidentes más cercanos. La cuestión era si podía contar a Patricia entre ellos.

—Dijiste que, a diferencia de los otros dragones, tú no sirves a los dioses —tanteó con cautela.

—Correcto. Nunca me sometí a ellos.

—¿Qué piensas de las fuerzas del mal?

—Son un grupo ávido de poder que solo se unen cuando se trata de oponerse a las fuerzas del bien. Siempre esperé que se aniquilaran entre ellos. Hasta ahora, eso no sucedió.

—¿No están unidos? —Esto era nuevo para ella. Había asumido que se enfrentaba a un círculo unido de fuerzas malignas, no a dioses rivales.

—Cada fuerza maligna quiere ver a su pueblo en la cima.

Nevalis y Emberis son archienemigos. Los dioses han trabajado juntos solo una vez, y fue cuando Celest quería arrojar las gemas a la Fuente y destruirlas.

En el proceso, sin embargo, Nevalis traicionó a su mayor rival: aprovechó el momento no solo para quitar a Celest Vestan de su camino, sino que ordenó a su rey de hielo exterminar a cada dragón; como Emberis estaba tan enfurecido contra Celest pasó por alto aquello.

Después de esa experiencia, los dioses se volvieron más cautelosos a la hora de formar alianzas.