CAPÍTULO 25
FAREN
Luz. Abrasadora y total. Mantengo los ojos cerrados, pero siento un ardor profundo detrás de los párpados.
Un clic seco, como el de un bolígrafo al cerrarse. Luego: —¿Cuándo ha pasado esto?
Me suena esa voz.
—No lo sé, hace un par de horas. —Una pausa—. Estábamos hablando y entonces —casi puedo ver cómo se encoge de hombros— se desplomó sin más, como un castillo de naipes.
Conozco esa voz.
Thorn.
Abro los ojos poco a poco. La luz cegadora ha desaparecido y distingo la mirada compasiva del doctor Clive Matthews.
—Hola, señorita Mitchell.
No digo nada. Thorn está aquí.
¿Dónde estoy?
Miro a mi alrededor con el cuello rígido y veo que estoy en otra habitación de hospital.
Genial.
—Tu novio dice que te has desmayado.
Dios mío. Giro la cabeza hacia Thorn y él me responde con una sonrisa. Tiene las manos metidas en los vaqueros de diseño, los tatuajes de los brazos bien visibles.
—Ah... —grazno.
El buen doctor me acerca un vaso de agua y me pone la pajita en los labios.
Bebo mientras fulmino a Thorn con la mirada.
Termino y abro la boca para negar que tenga nada que ver con Thorn.
Antes de que pueda hablar, Thorn dice: —El doctor Matthews ha dicho que no deberías trabajar tanto en tu estado.
Giro la cabeza hacia Matthews y entrecierro los ojos con reproche. ¿Se lo había contado a Thorn?
Arquea las cejas. —Creía que habíamos hablado de cómo llevar esto, señorita Mitchell. —Frunce el ceño mientras ladea la cabeza—. Usted aceptó reducir su actividad como parte del plan.
Thorn observa con sumo interés, alternando la mirada entre Matthews y yo.
Tengo que reconducir la situación, pero no sé cómo.
Recapitulo mentalmente. Matthews cree que Thorn es mi novio. No sé si Thorn sabe que estoy enferma terminal, pero sabe que algo pasa. Mick no sabe nada de los eventos de bailes privados, pero Thorn me tiene pillada con eso.
Es un círculo de locura y engaños que no logro desentrañar.
Cierro los ojos, abrumada por el caos en que se ha convertido mi vida.
Justo entonces, suena un mensaje en el móvil y todas las miradas se dirigen a mi bolso.
—¿Quieres que lo coja, cariño? —pregunta Thorn con tono desenfadado, aunque sus ojos permanecen oscuros.
—No —respondo entre dientes—, déjalo sonar.
El doctor Matthews me da unas palmaditas en la rodilla por encima del camisón. —Me gustaría tenerte aquí veinticuatro horas. —Ve mi cara y se echa a reír.
—Pero sé que no vas a quedarte tanto.
Asiento.
Ni de coña me quedo aquí.
—Puedes irte, pero recuerda lo que acordamos.
Matthews me mira y luego desvía la vista hacia Thorn.
Asiento deprisa, con la esperanza de que Thorn no lo sepa todo.
Ya sabe demasiado.
—Sal de mi habitación —le digo a Thorn en cuanto Matthews se marcha, subiéndome las mantas hasta la barbilla.
—No —dice.
Frunzo el ceño y él espera.
Suelto un suspiro.
—No te debo ninguna explicación.
Echa la barbilla hacia atrás y se pasa una mano grande por el pelo corto. —Eh, sí que me la debes. —Sus ojos oscuros me clavan a la cama.
Me mantengo en mis trece y no digo nada.
—Escucha, Faren, tengo un buen chollo con estos eventos de bailes privados. McKenna va con su mierda de blanquito engreído...
—¿Mierda de blanquito? —pregunto, haciendo comillas en el aire.
Asiente con rigidez. —Sí. McKenna y yo somos del mismo barrio.
Frunzo el ceño. No esperaba esa revelación.
Mick me había dicho que se había hecho a sí mismo. Su intelecto está fuera de toda duda. Pero ¿y ese filo que tiene, su lado oscuro y áspero?
Aquí está la prueba. Thorn no es un empleado cualquiera. Hay un hombre de verdad escondido bajo la fachada elegante del multimillonario que todos ven.
—¿Así que eres un fichaje por caridad? —lo provoco.
Thorn da un paso adelante y su expresión pasa de neutral a furiosa. —No tienes ni puta idea, chica.
Nos miramos fijamente.
—Sé que te estás quedando con dinero de los eventos rotativos de bailes privados —digo—. Y que McKenna no tiene ni idea.
Thorn frunce el ceño, se frota la cara y se pone las manos en las caderas. Observo cómo los tatuajes le ondulan con el movimiento y trago saliva.
No puedo negar que Thorn me da miedo, un miedo visceral.
O quizá de cualquier tipo.
—Y yo sé que te mola el jefe —dice.
Niego con la cabeza, pero mi expresión me delata.
—Sí —dice, asiente y se acaricia la barbilla—. Te mola mi colega Mick.
—¿Cómo supiste que estaba... saliendo con él?
¿Estoy saliendo con él?
Oh, sí.
—Sé que va en serio porque mi hermano no suelta prenda sobre las tías a menos que sea algo serio.
—¿Tías? —pregunto con un hilo de voz.
Thorn asiente.
—Ya sabes, titis.
Dios mío.
Su vulgaridad no conoce límites.
—Por favor, sal para que pueda vestirme —le pido con toda la educación que puedo reunir.
—Sí, vale.
Thorn me clava una mirada dura y se golpea el pecho con el pulgar.
—Luego tú y yo vamos a tener una charla.
Asiento. Lo que sea con tal de quitármelo de encima.
Espero hasta que la puerta se cierra tras él, luego saco las piernas de la cama y espero el mareo. Cuando no llega, suelto el aire que había estado conteniendo.
El suelo me roba el calor de los pies mientras camino al baño y me encierro.
Alguna enfermera maravillosa ha colgado mi ropa en el gancho de atrás, y sonrío mientras me arranco la odiosa bata de hospital.
Me miro en el espejo y veo un rostro pálido y demacrado. Me embuto en mi ropa, me calzo los zapatos y vuelvo a la habitación.
—¿Por qué has tardado tanto? —pregunta Thorn, apoyado en el marco de la puerta.
—Vámonos —digo.
Hace ademán de agarrarme del codo y me aparto de un tirón.
—No me toques.
Thorn menea el dedo en señal de advertencia.
—Parecerá sospechoso si no actúo como el novio preocupado.
Se inclina hacia mí, sus dedos apretándome el codo como un torniquete.
—Además, hemos hecho mucho más que esto.
La vergüenza me invade. Una oleada de rabia mezclada con bochorno me sube a la cara, y él suelta una risita.
—Buena chica.
O mala, según se mire.
Su flamante Porsche 911 turbo Carrera rojo bombero se pega al bordillo como una joya escandalosa. El color grita nuevo rico a todo el que pasa.
Mick probablemente tiene diez de estos guardados en algún sitio, aunque solo le he visto montar en la Harley. Se me hace un nudo en la garganta con ese recuerdo.
—¿Eh? —dice Thorn, y me doy cuenta de que me he dejado arrastrar hasta su coche—. Sube.
Claro. Para que podamos charlar.
Aceptar ayuda de Thorn no es inteligente. Seguro que lleva un registro mental de favores, y los míos se van acumulando. No necesito más deudas.
Pero tengo que llegar a casa.
Suspiro, agarro la manija por arriba y engancho mi mano buena como una garra para tirar de ella. La pesada puerta se abre hacia la acera, pasando sobre el bordillo con apenas un suspiro de espacio entre el metal rojo brillante y el cemento.
Aguanto la respiración ante la mirada que Thorn me lanza cuando ve la puerta suspendida a milímetros de la acera.
—Menos mal que no has dañado la mercancía.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Si no, tendría que cobrármelo con tu pellejo.
Maravilloso. Menudo capullo.
Me dejo caer en su coche. Es como tumbarse en una cama, de lo bajo que está. Meto la mano en la manija y cierro la puerta mientras Thorn arranca suavemente.
Viajamos en silencio durante unos minutos, y observo sus manos cambiar de marcha y maniobrar entre el tráfico.
Me pregunto en qué se habría convertido Thorn si no fuera un matón rico.
Por lo visto es amigo de la infancia de Mick. Eso me inquieta porque no consigo cuadrar a los dos.
Sus manos aprietan el volante, y sé que no voy a librarme de nuestra charla.
—Entonces... ¿qué te hizo caer de morros? Créeme, si tienes alguna enfermedad, no puedo permitir que te desmayes encima de los clientes.
Gracias por la compasión, gilipollas.
Los clientes.
Siempre vuelve a lo mismo.
Sus ojos se posan en mí un instante y luego se apartan.
—Tengo un negocio, Faren. Sé que piensas que soy un cabrón sin corazón.
Me río, no puedo evitarlo. Tiene toda la razón.
Frunce el ceño y aprieta el volante mientras me lleva por calles conocidas.
Ni de broma voy a contárselo.
—Un negocio a espaldas de Mick —digo en cambio.
Se detiene junto al bordillo. El parquímetro cambia a un rojo brillante de caducado mientras miro. El motor ronronea y hace vibrar nuestros cuerpos.
—Y resulta que la primera chica de la que oigo hablar a Mick es una esponja de semen para viejos verdes.
Arquea las cejas, y la cara me arde.
Me retuerzo las manos en el regazo y no respondo.
—Ya no te las das de tanto, ¿eh? —pregunta Thorn en voz baja.
No me muevo cuando me agarra la mano izquierda del regazo.
No puedo. Es así de fuerte, así de rápido.
Me da la vuelta a la palma, y mis dedos se cierran indefensos contra su mano.
Los ojos de Thorn se clavan en los míos.
—¿Qué coño es esto?
Niego con la cabeza y espero que lo deje estar. Sé que no lo hará.
—Yo... tuve un accidente... hace unos cuatro años.
—Y una mierda.
Sus ojos negros arden en los míos, su mano se cierra con más fuerza, y un gemido se me escapa de los labios.
—Por favor.
Intento respirar a pesar del dolor.
Sus ojos buscan los míos un instante antes de soltarme la mano.
Se contrae entre nosotros. No podré usarla durante unos minutos.
Nuestros ojos se encuentran.
—Sé lo que es un accidente —dice Thorn lentamente—. Y esto no lo es.
Trago saliva y me aclaro la garganta.
—¿Cómo lo sabes? —Mi voz suena queda bajo el ronroneo del coche, mi cuerpo en tensión.
Nuestras miradas se cruzan.
—Porque... —me toma la mano con suavidad mientras sigue contrayéndose y pasa un dedo sobre la cicatriz del centro—. Conozco los cuchillos.
Por supuesto que sí.