CAPÍTULO 16
FAREN
Mick toma mi mano izquierda mientras imponemos una distancia artificial y calculada entre nosotros. La eleva hasta sus labios y besa las colinas de cada nudillo, alzando la mirada hacia mí entre los valles de mis dedos. Mi mano se estremece en su agarre, y él entrecierra los ojos.
Me avergüenzo e intento apartarla de un tirón.
—No, Faren —dice él.
No consigo que la maldita mano coopere. Me muerdo el labio y lo retengo ahí, mordisqueando la carne tierna como un perro con un hueso. Mick me gira la mano, y sus profundos ojos castaños recorren las finas cicatrices que marcan donde los médicos jugaron a Humpty Dumpty.
Recomponiéndome pieza a pieza.
Jadeo cuando posa su boca contra mi mano temblorosa. Se aquieta bajo el calor de sus labios y un suspiro se me escapa. Su contacto provoca una reacción visceral en mi cuerpo. Es sensual sin pretenderlo, tierno y resuelto, y me toma por sorpresa.
Un momento vulnerable, pero no indeseado.
—Él te hizo esto.
La lengua de Mick roza el nudo más prominente de tejido cicatricial, un pico en el centro de mi palma.
La presión de su lengua caliente deshace el ovillo de mi memoria, que empieza a desenrollarse. Intento contenerlo, pero como todos los recuerdos que encierran violencia, este fluye como agua incontenible.
Veo el cuchillo atravesar mi mano, clavándome a la alfombra. Un charco de sangre se coagula debajo de mí, pegajoso, atándome y enfriándome. No puedo moverme. Bunce se acerca. Retuerce el cuchillo. Mis dedos se contraen involuntariamente, un movimiento donde no debería haber ninguno.
—Te tengo —susurra en un vaho fétido de cerveza rancia y dientes sin lavar.
Grito desde lo más hondo, mi voz convertida en un alarido ronco. Mamá yace sin parpadear, un lado de su cara paralizado. El otro ojo se desliza hacia su hija crucificada en el suelo.
Bunce nunca la ve girar con gracia salvaje, el instinto de proteger a su hija el único que importa. La pesada esfera de vidrio en su mano impacta contra su cabeza con un chasquido carnoso.
Está inconsciente cuando arranco el cuchillo de mi palma. El metal se desliza y rechina al salir de mi carne. Jadeo de dolor, tragándomelo como la píldora amarga que es.
—¡Corre, Faren! —grita Tannin Mitchell.
Me tambaleo hasta ponerme de pie y salgo a trompicones por la puerta, bajando los escalones que conducían a nuestra casa perfecta. Como un pastel echándose a perder, el interior se había podrido mientras el glaseado permanecía intacto.
Mi llamada de auxilio llegó demasiado tarde para salvar a mi mamá.
—Faren.
Escucho mi nombre a través de la niebla de mis recuerdos, una bruma densa en un plano que solo yo conozco. Mi infierno privado.
Abro los ojos y encuentro a Mick acunándome.
—Vuelve conmigo —dice él.
—Estoy aquí —respondo.
Mi mente aún flota en el horrible recuerdo, asfixiándome. Me ausenté un momento cuando él besó los vestigios de aquella batalla por mi vida.
Mick me estrecha contra él.
—Lo mataría si pudiera.
Su rostro anuncia tormenta.
Por primera vez en medio de este dilema cargado de deseo, me pregunto quién es el verdadero Jared McKenna.
Vuelvo en mí mientras Mick observa cómo mi personalidad vuelve a llenar el vacío de mis ojos. Veo la verdad en los suyos. Mick no busca lo fácil. Puede que incluso crea en el destino.
Nunca he creído tanto en el destino como en este momento.
—Lo sé —le respondo.
Sus ojos buscan los míos.
—De verdad lo siento.
Asiento. Sus manos fuertes me envuelven. Luego, centímetro a doloroso centímetro, me aparta de él. Nuestros cuerpos claman en silencio el uno por el otro, y él hace una mueca.
Mick sigue mirándome, como si tomara una decisión. Quizá fue verme luchar contra un recuerdo del que no sabe nada. Quizá es mi reciente roce con el peligro.
—Tengo algo que confesar.
Una sonrisa fantasmal roza sus labios carnosos y, sin darme cuenta, me lamo los míos.
Oh no, ¿ahora qué?
—Quiero que sepas cómo hice mi fortuna.
Su mirada intensa se clava en la mía.
Me encojo de hombros.
Nada de lo que pueda decirme hará que deje de parecerme inalcanzable. Vivo una existencia singular medida en respiraciones, no en años. No puede afectarme con su pasado, aunque siento curiosidad. Mi corazón se acelera por la tragedia recordada, por su cercanía.
—Yo... inventé algo.
Por cómo lo dice, parece que estuviera admitiendo algo vergonzoso.
No es lo que esperaba oír. Sus palabras me dejan clavada al suelo con la boca abierta de par en par. Él suelta una risita nerviosa, intentando quitarle peso a la confesión.
Me explica su invención, dándome la versión para profanos, seguro.
Me levanto, cruzo los brazos bajo el pecho y camino hacia el sofá.
Lo observo. Las manos callosas, los músculos tan marcados.
.. ahora todo cobra sentido. Esos músculos no bailan ante mis ojos porque sea un narcisista de gimnasio, de esos con cien metros cuadrados de cristales y máquinas de ejercicio a su disposición.
—A ver si lo entiendo... ¿Inventaste una celda de combustible para aviones? Eso es tecnología revolucionaria. ¿Qué, tienes un incinerador de dinero en tu mansión?
Mick no merece mi sarcasmo. Me doy cuenta de que me lo ha contado para parecer normal ante mí. Repaso con la mirada su ropa cara. Su camisa vale más de una cuarta parte de mi sueldo.
Su rostro se endurece. La hermosa hendidura de su barbilla es una mancha oscura, como un punto final a la frase de su enfado.
—Escucha, nunca tuve dinero. Hice lo mismo que mi padre, pero con un giro. Él era mecánico de coches, y cuando era niño, yo soñaba con aviones.
Se mete las manos en los bolsillos, mira los zapatos italianos y frunce el ceño.
—Quería pilotar aviones, pero en aquella época los pilotos necesitaban una visión perfecta. Así que me hice mecánico de aviones. Estudié mientras trabajaba a jornada completa, y descubrí que tenía talento para dar saltos de lógica. Varios, por lo visto.
No se me escapa el doble sentido. He estado atenta desde el minuto en que quedé tendida en aquella calle fría, con su mano en la mía mientras su moto rugía de fondo.
Mick me mira a los ojos. Un truco de luz hace que parezcan brasas encendidas de emoción cruda y convicción.
—No son solo aviones. La pieza que diseñé para mejorar la eficiencia del combustible me ha dado los medios para hacer más de lo que jamás imaginé. He usado esos medios para levantar un imperio de inversiones. Pero al principio, solo era un chico con un sueño que aprovechó lo que le habían dado.
Sus ojos se clavan en mí.
—A base de sudor y determinación, hice de mi vida lo que es ahora.
No sé qué decir. Si él dice que me juzgó mal, soy culpable de lo mismo.
Siento vergüenza, pero por razones diferentes.
Si tiene miles de millones de dólares, ¿por qué Mick elige dirigir los clubes de striptease más importantes de la costa oeste?
Sus establecimientos Black Rose están repartidos por toda esta parte de América.
Si es tan jodidamente bueno, tan trabajador, tan todo.
.. ¿por qué le parece bien vender carne?
Asiente, casi para sí mismo. —Ahí lo tienes. No soy un tipo rico que... ¿cómo dijiste? —Se ríe.
—Caga oro —respondo distraída, perdida en mis conjeturas.
Mick suelta una carcajada grave, con ese barítono profundo que hace que se me contraigan las entrañas y me estremezca por dentro.
Estoy metida en un buen lío. ¿Por qué tuve que conocer a alguien que parece hecho a mi medida justo cuando no puedo aprovechar todo su potencial?
Es como una broma cruel. Mientras Mick va desenvolviendo su historia como un regalo primorosamente envuelto, el misterio, las múltiples capas de este hombre no me disuaden. Sus motivaciones deberían alarmarme.
En cambio, avivan mi deseo.
—Oye —dice Mick en voz baja, al ver algo en mi rostro que lo hace acercarse a mí con dos pasos ágiles. Sus ojos buscan los míos—. Te lo he contado porque quiero que sepas que no somos tan diferentes.
Niego con la cabeza soltando una risita. —Au contraire, señor McKenna. Sí que lo somos.
Tuerce los labios con gesto de sabia conformidad. —Tienes razón. Yo estoy hastiado y tú eres... inocente.
Noto el calor del rubor en mis mejillas y lo odio. Oigo otra risa queda y me aparto, volviendo a levantar esa barrera prudente entre nosotros. Pero Mick me atrae con suavidad hacia su cuerpo firme.
—No, somos iguales en lo que importa, Faren.
Entrelaza sus dedos con los míos y eleva nuestras manos unidas hasta su corazón. Trago saliva, sofocada por el calor de mi deseo y la desesperación que me provocan mis circunstancias.
Noto el calor de nuestras manos a través de la fina tela de mi camisola y cierro los ojos, tan perdida en la sensación que no puedo pensar. Sus palabras se deslizan dentro de mí como agua fresca sobre mi mente reseca, reconfortantes... plenas.
Peligrosamente asfixiantes.
—Aquí —Mick presiona mi mano sana con más fuerza contra su pecho. Su latido palpita contra mi piel.
No añade nada más. No hace falta. Nuestros corazones laten al unísono como si siempre hubieran sido uno, y de repente lo comprendo. Él quiere que el sexo signifique algo.
Y yo quiero más.